2 de diciembre de 2022

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Tubará: pintada en lienzo de roca

Un rincón del Atlántico que guarda en su regazo la identidad indígena 

Por Salma Saad, Ma. Victoria Niebles y Denis Mejia

Desde la ventanilla, los edificios parecen desvanecerse a lo lejos y aumenta la vegetación. Cuarenta minutos después, una vía en medio de la colina asciende hacia nuestro destino – dejando a un lado uno que otro precipicio – pero, que al final, sostiene una gran valla de bienvenida que ilustra la flora y fauna del segundo municipio más alto del departamento del Atlántico: Tubará.

Un pueblo de no más de 13 mil habitantes, con casas coloridas que brillan incandescentes bajo el sol de las 9 de la mañana. Al llegar al único semáforo del municipio, es ahí, cuando cambia de rojo a verde, que aquello que a simple vista parece ser un pueblo tranquilo y silencioso, poco a poco se va despertando con el pasar del día.

La tierra ancestral que mira hacia el mar está impregnada en sus habitantes, quienes conservan los rasgos físicos y culturales de sus ancestros, la etnia Mokaná. La gente, amable y sonriente, vive entre las costumbres del pasado y las modas del presente en un equilibrio que impregna de cultura a todo el que lo visita. Con casi 500 años de historia, es un gran atractivo para los amantes de la arqueología y los petroglifos.

El municipio se asienta sobre una pequeña elevación que hace que el clima sea más fresco por la tarde y permite contemplar la inmensidad del Caribe esfumarse en la playa. Como Usiacurí, Tubará es de los pocos territorios que hacen parte de la ruta verde del Atlántico y que se destaca por sus actividades ecoturísticas. 

En el corazón del pequeño pueblo, se encuentra La Plaza de las Madres, un homenaje moderno a la cultura ancestral. Hecho de colores vivos y presentando las piezas más significativas de su tradición, este monumento cobra vida al toparse con el sol, cuando su reflejo danza por el suelo como si fueran los espíritus de aquellos que hace muchos años forjaron las tierras. Este es un punto de encuentro que sirve como recordatorio de un legado que permanece escrito en las rocas o en murales, la huella de los nativos está presente en cada uno de sus habitantes.

En medio de la abundante vegetación, en lo alto de una colina, se encuentra la Iglesia de San José de Tubará, que, según la tradición oral del municipio, fue donada por el Conde de Pestagua. El imponente y llamativo templo da la cara a la mega plaza del pueblo y, en las faldas de la colina, los árboles y algunas bancas de madera y cemento la rodean, invitando a los habitantes a posarse bajo la sombra para contemplar el campanario de estilo barroco que se impone en lo alto.

Entre cemento y palma

La arquitectura moderna e indigena hace contraste en la línea de casas coloridas que intercalan en sus techos el zinc y la palma, dándole carácter y un sentimiento nostálgico a las calles de Tubará, que aparte de sus colores, resaltan por su orden y limpieza. Las nomenclaturas y señalizaciones se vuelven inútiles cuando la amabilidad de la gente te permite preguntar cómo llegar a cualquier punto.

En comparación con otros municipios del departamento, donde se vive al millón, en Tubará reina la tranquilidad. Pero, a partir de las 10 de la mañana, se empiezan a mezclar los sonidos de los pájaros con destellos de géneros caribeños como el vallenato y la salsa,  que escuchan sus habitantes sentados en las puertas de su casa mientras ven pasar a los visitantes. Tal como lo hace Veruzca Algarín y su hija María, quienes con el sol en lo alto, se sientan  en una banca del parque que se ubica a los pies de la iglesia, simplemente a tomar aire.

– Aquí no pasa mayor cosa, lo que se presenta más seguido son los accidentes viales en los fines de semana –. Esta tubareña de ojos rasgados y cabello color ónix trabaja en el área administrativa del único hospital. Confiesa que allí todos se conocen y la inseguridad dentro del pueblo es casi inexistente.

María, con gotas de sudor en la cara, vistiendo uniforme deportivo un sábado en la mañana, acababa de terminar su clase de fútbol en el Centro de Juventudes de Tubará, un edificio moderno de casi 4 mil metros cuadrados que cuenta con cancha múltiple, auditorio y diversos salones. En ese lugar los niños y adolescentes se integran para practicar toda clase de deportes, danzas y música.

Orgullosamente Mokaná

Este pueblo de calles estrechas y arquitectura colorida, tiene un camino lleno de lomas que conducen a Mokaná. Un mirador rodeado de hojas verdes que caen de los árboles de bonga, los cuales se elevan pintados con figuras ancestrales y representativas de la cultura de este lugar. Un espacio para respirar tranquilidad y conectarse con el canto de las aves, mientras se observa a lo lejos la diversidad geográfica del departamento del Atlántico.

Luz Divina y Jairo González, son un par de artesanos que junto a otros tejen y venden sus productos en el mirador. Bolsos,  accesorios, organizadores, entre otros, son el producto final que las manos artesanas elaboran con palma de iraca, la cual proviene del interior del país y llega hasta ellos para convertirse en arte.

– Se saca el cogollo biche de la palma y cuando lo cortan le sacan la orilla, y ahí se deja tres días para que llegue al color natural que lucen los productos – afirma Luz, quien desde los cinco años aprendió diferentes técnicas que hoy hacen parte de su trabajo.

A raíz de sus saberes empíricos que corre por la sangre de los tubareños, nació el Festival y Reinado Intermunicipal de la Yuca y el Totumo, el cual se celebra cada año en los primeros días del mes de febrero. En este, reina la gastronomía y se comercializan alimentos derivados de la yuca como el bollo, arepas y enyucado, junto a las artesanías realizadas a base de totumo por las manos prodigiosas de sus nativos, las cuales son exhibidas por las candidatas del reinado frente a  locales y visitantes.

La artesanía, gastronomía y agricultura son las principales fuentes de sustento para los tubareños, las personas viven de la tierra y su cultivo. Así mismo, el turismo sostiene gran parte de la actividad económica del municipio, por su gran historia cultural, diversas playas y balnearios naturales, Tubará destaca entre los turistas.

Mientras recorres las colinas y senderos rocosos de este rincón de Colombia, que guarda en su regazo la identidad indigena, sin darte cuenta apareces en una calle y luego en otra, como si sus senderos guardaran una especie de magia que te acerca a tu destino. Al mismo tiempo, los diferentes tonos verdes se funden con el cielo azul despejado, creando nuevas tonalidades formando un paisaje digno de postal.

Esta tierra primitiva compone una obra que huele a armonía y sabe a bollo ‘esmigao’, su sol ardiente envidia la primavera que cubre su suelo, la brisa de vez en cuando toca una gaita por sus calles y la fiebre de sus colinas la guarda su gente cálida. Tubará, aunque pequeño, es un municipio rico en cultura, paisajes, gente y sobre todo en pasión. Pasión por lo que hacen, por quienes son y por mostrar al mundo que un pequeño rincón del Atlántico tiene el poder de sumergirte en un viaje ancestral.

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