ANÁLISIS DE ANUAR SAAD / HORA EN PUNTO 🔴
La decisión del diario El Heraldo de anunciar editorialmente su respaldo a la candidatura presidencial de Abelardo de la Espriella no solo agitó el debate político en Colombia. También reabrió una discusión histórica sobre el papel de los medios de comunicación en democracia: ¿un periódico pierde credibilidad cuando respalda públicamente a un candidato?, ¿o precisamente ejerce su libertad editorial y su derecho a fijar posición frente al país?
La polémica estalló de inmediato. En redes sociales hubo acusaciones de parcialidad, llamados a cancelar suscripciones y señalamientos de que el diario “renunció a la objetividad”. Del otro lado, defensores de la decisión argumentaron que un editorial representa la posición institucional del medio —no necesariamente la de sus periodistas— y que esconder las preferencias ideológicas también puede convertirse en una forma de hipocresía editorial.
La controversia, en realidad, no es nueva. Y Colombia tampoco es la excepción. La tradición mundial de los periódicos que apoyan candidatos
En Estados Unidos, los grandes diarios históricamente han respaldado candidatos presidenciales desde sus páginas editoriales. El caso más emblemático es The New York Times, que lleva más de siglo y medio haciendo endorsements presidenciales. Desde Abraham Lincoln hasta Kamala Harris, el periódico ha apoyado oficialmente aspirantes a la Casa Blanca en casi todas las elecciones modernas.
Incluso el respaldo editorial se convirtió durante décadas en una especie de tradición institucional en la prensa norteamericana. The Washington Post respaldó candidatos presidenciales desde 1976 hasta 2020, principalmente demócratas. Sin embargo, en 2024 sorprendió al anunciar que dejaría de hacerlo, decisión que generó una tormenta interna y externa. Columnistas renunciaron, lectores cancelaron suscripciones y veteranos periodistas acusaron al medio de ceder ante presiones políticas y empresariales.
Lo mismo ocurrió con Los Angeles Times, cuya decisión de no respaldar a ningún candidato presidencial en 2024 provocó protestas dentro de la propia redacción.
La experiencia internacional muestra que el debate no gira únicamente alrededor de “si apoyar o no” a un candidato. El verdadero punto crítico suele ser otro: si la línea editorial termina contaminando la cobertura informativa.
Ahí aparece una distinción fundamental del periodismo moderno: una cosa es la opinión institucional del medio y otra el trabajo noticioso de sus reporteros.
Editorial no es noticia
En las grandes democracias occidentales, la separación entre “opinión” e “información” ha sido uno de los pilares del periodismo profesional. Los editoriales representan la postura ideológica o política de la empresa periodística; las noticias, en teoría, deben seguir estándares de verificación, contraste y pluralidad.
La Asociación de Noticias Online (ONA Ethics), una de las referencias internacionales sobre ética periodística, explica que existen modelos de prensa “objetivos” y otros “de punto de vista”, y que ambos pueden coexistir siempre que exista transparencia frente a la audiencia.
El veterano exdirector de The Washington Post, Marty Baron, defendió históricamente la idea de que un endorsement no elimina la independencia periodística, siempre que las redacciones mantengan autonomía frente a las juntas editoriales. Tras la polémica de 2024 en Estados Unidos, Baron sostuvo que un respaldo editorial “no significa renunciar a la independencia; significa expresar valores institucionales”.
Ese punto es clave para entender lo ocurrido con El Heraldo.
El caso colombiano: una tradición menos explícita, pero histórica.
Aunque en Colombia los respaldos editoriales han sido menos formales que en Estados Unidos, históricamente los grandes periódicos sí han tenido alineamientos políticos visibles.
Durante buena parte del siglo XX, la prensa colombiana estuvo prácticamente ligada a los partidos tradicionales. El Tiempo fue identificado durante décadas con el liberalismo; El Siglo representó al conservatismo laureanista; y medios regionales también construyeron afinidades políticas alrededor de clanes económicos o estructuras partidistas.
En épocas del Frente Nacional era casi imposible separar completamente periodismo y militancia política. Muchos periódicos nacían precisamente para defender proyectos ideológicos concretos.
La diferencia es que el periodismo contemporáneo colombiano, especialmente desde la Constitución de 1991, empezó a vender una imagen de mayor independencia editorial. Por eso, cuando un medio hace explícito su respaldo presidencial, el impacto hoy resulta más fuerte que hace cincuenta años.
En otras palabras: antes los lectores asumían naturalmente que cada periódico tenía color político. Hoy las audiencias esperan —o al menos exigen— una apariencia de neutralidad.
¿Pero pierde credibilidad un medio cuando toma partido? La respuesta no es automática.
En democracias maduras, muchos medios respaldan candidatos sin que eso destruya necesariamente su reputación informativa. El New York Times sigue siendo referencia global pese a sus históricas posiciones editoriales.
Sin embargo, el problema aparece cuando el lector percibe que la cobertura diaria se convierte en propaganda o que las noticias comienzan a ocultar, minimizar o exagerar información según conveniencias políticas.
Ahí es donde el respaldo editorial puede convertirse en un arma de doble filo.
En Colombia, donde la confianza en los medios ya atraviesa una etapa compleja por polarización política y desinformación digital, el anuncio de El Heraldo ocurre en un contexto especialmente sensible. Para una parte de la audiencia, el respaldo a De la Espriella confirma sospechas ideológicas previas; para otra, representa un acto de transparencia que evita la simulación de neutralidad.
La discusión también revela un cambio cultural: las nuevas generaciones consumen información en redes sociales donde la opinión abierta y militante domina el ecosistema digital. Paradójicamente, algunos medios tradicionales parecen estar migrando hacia modelos más explícitos de posicionamiento para sobrevivir en entornos altamente polarizados.
Entre la transparencia y la polarización
El respaldo de El Heraldo probablemente no modificará de manera decisiva el resultado electoral de 2026. La influencia de los periódicos ya no es la misma de hace tres o cuatro décadas. Las redes sociales fragmentaron la autoridad informativa y redujeron el monopolio narrativo de la prensa tradicional.
Pero sí tiene un enorme peso simbólico porque pone sobre la mesa una pregunta incómoda para el periodismo colombiano: ¿es más honesto admitir públicamente una posición política o fingir neutralidad mientras se ejerce influencia editorial silenciosa?
La respuesta dependerá menos del editorial en sí y más de lo que ocurra después.
Si la cobertura periodística de El Heraldo mantiene equilibrio, rigor y capacidad crítica incluso frente al candidato que respalda, muchos lectores aceptarán que opinión y noticia pueden convivir separadamente. Pero si la línea informativa se percibe subordinada al proyecto político apoyado, el costo reputacional puede ser alto.
En tiempos de polarización extrema, la credibilidad se volvió el activo más frágil del periodismo. Y una vez perdida, ningún editorial logra recuperarla fácilmente.
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