30 de junio de 2022

Hora en Punto

No es la noticia: es la forma de contarla

Chelo de Castro, el grande

Edilsa, la señora de los tintos, ya había llegado a su puesto de trabajo cuando yo hacía mi ingreso a la sala de redacción. No eran aun las siete de la mañana y se escuchaba el fuerte repicar de teclas sobre el papel.

Edilsa, sonriente, llenó mi taza de café con la que recorrí  el pasillo de la redacción y me planté frente a la puerta donde, concentrado e inmutable, German Vargas, escribía su columna. Recuerdo que me hablaba entonces de que estaba revisando un manuscrito de García Márquez sobre Bolívar y se sentía emocionado porque se reuniría con Gabo en ciudad de México.

Con lentitud se levantó de su escritorio, planchó con sus manos suaves como de violinista su impoluta guayabera, aseguró su infaltable paquete de «Piel Roja» y mirando su grueso reloj plateado anunció, como quien anuncia un hecho irrevocable: – En diez minutos llega Chelo de Castro —

Depronto una voz escandalosa al fondo de la redacción, desvío mi atención. Allí estaba Guillotín, Guillermo Salcedo Castañeda, leyendo todos los diarios exhibidos en la redacción de El Heraldo y comentándose a gritos, para él  mismo, los sucesos del día anterior. Al mirarme me preguntó con extrañeza: -¿Oye y no ha llegado Chelo?

Y fue cuando la sala de redacción empezó a retomar su caos natural — ir y venir de periodistas, gritos, chistes, peticiones y regaños — que apareció subiendo las escaleras la esbelta figura de ese hombre de intensos ojos azules, nariz fileña, orejas puntiagudas y con pecas surcando su rostro, reflejo de su edad.

José Víctor de Castro Carroll era discreto. Llegaba sigiloso. Saludaba a los que se encontraba, y solo cuando alguien le comentaba algo sobre el mundo del deporte o un apunte sobre sus escritos, solía responder con esa picaresca que lo acompañaría hasta su muerte.

Sentido mensaje de su hijo Chelito de Castro hecho público en twitter.

A veces hacía un comentario sutil sobre la redacción de una noticia por parte de algún colega de la Redacción y el aludido se rascaba la cabeza: – No joda- se quejaba entre risas nerviosas – No sé si don Chelo me está alabando o insultando…-

Chelo de Castro Se enfrascaba en silenciosas lecturas y de repente soltaba una de sus frases célebres: – Y ahora esos tipos dicen que son dirigentes honestos. ¡Cógeme ese trompo en la uña!

En un santiamén introducía su amarillenta cuartilla en el rodillo de la verde Remington –esa máquina de escribir tan robusta como un tanque de guerra– y tecleaba con una destreza envidiable hilvanando sus ideas de forma tan clara, que rara vez necesitaba corregir una frase sobre el papel.

La merecida condecoración como el periodista activo mas longevo del mundo.

Si algo sacaba de quicio a Chelo de Castro, era el mal ejercicio del periodismo. Solía ser muy crítico con los periodistas modernos porque según él, faltaban periodistas y sobraban «plumíferos embadurnadores de cuartillas».

Su columna diaria en El Heraldo y su programa radial «Desfile deportivo» hicieron historia en Barranquilla. Sus inicios se remontaron por allá a finales de la década de los años 40 con recorrido en varios medios como La Prensa, La Unidad, El Nacional, Diario del Caribe, El Heraldo y Diario la Libertad, entre otros. Tuvo presencia durante muchos años  en la emisora Uniautonóma Estereo y su libro «La pértiga rota» fue un referente dentro del periodismo deportivo.

Se ufanaba de no tomar taxis. – A veces me monto en uno que otro bus, pero a mí lo que me gusta es caminar- contaba Chelo quien explicaba que se venía de su casa a El Heraldo a pie y de la misma forma, bajando por la carrera 50, llegaba hasta el mercado donde compraba lo necesario para el día siguiente. -El pescado no puede faltar- me contó un día, y recalcó que el mejor lo conseguía precisamente allá, en el mercado.

Durante mi años en El Heraldo no supe jamás que hubiera enfermado ni que en un solo día haya dejado de publicar su columna. Su disciplina y compromiso era a toda prueba y siempre recalcaba, tanto en sus conversaciones en la sala de redacción como en sus escritos, lo valioso de la honestidad.
-Ahora tenemos que aguantarnos a cada pelafustán…- solía decir para referirse a personas de escasos valores.

José Víctor de Castro Carroll debe ser el ejemplo a seguir de las nuevas generaciones que quieren encontrar en el periodismo, su forma de vida. Deben buscar y leer su obra para que entiendan por qué, ademas de escribir, narrar y describir con maestría,  la ética y la honestidad, son dos valores que marcarán por siempre la diferencia en el ejercicio del oficio.
En el 2020 José Víctor de Castro Carroll fue reconocido como «el periodista activo mas longevo del mundo», justo cuando celebraba 75 años de vida periodística.

Su largo paso por esta tierra de mortales en la que vivió durante 102 años, dejó, para los que amamos el periodismo, miles de columnas impresas e incontables horas de grabación que nos harán recordar, siempre, que un periodismo crítico y honesto sí puede ser posible.

Ahora, seguramente estará allá, en el sitio que reserva Dios a los grandes, mirándonos desde arriba y arrugando su nariz fileña cada vez que descubra que pelafustanes y plumíferos embadurnadores de cuartillas, siguen dañando el oficio.
¡Buen viaje, maestro!

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