14 de abril de 2021

Hora en Punto

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Guayabo de Carnaval

POR ANUAR SAAD

Los rayos madrugadores del sol se estaban filtrando por mi ventana en el mismo instante que el estridente despertador del celular, empezó a tronar.

Abrí un ojo buscando a tientas el aparato para desactivar su alarma cuando la voz de mi mujer llegó a mí de improviso: -¿Ajá y qué tantas vueltas das? ¡Levántate que es lunes y hay trabajo!

Por respuesta apagué el celular y me cubrí la cara con la almohada, acurrucándome entre las sábanas porque algo en mi interior se rebelaba a despertarme. Sí, era lunes. Pero aunque el Alcalde Pumarejo había ordenado por prevención la suspensión de las carnestolendas y no se decretaron días cívicos a causa de la pandemia, yo estaba enguayabado: tenía guayabo de carnaval.

Los que me conocen saben que no suelo ir a actos multitudinarios y que mi amor por la tradición no llega a los límites de poner el culo sobre un listón de madera o aluminio (depende el palco) desde las 8 de la mañana para ver desfilar a las dos de la tarde las primeras carrozas y aguantar ahí, estoico, hasta pasadas las seis de la tarde: mi temperamento nervioso e inquieto, no me lo permite. No concurro a verbenas ni casetas desde que tenía 25 años, pero a mi manera, amo el carnaval.

Pero era el guayabo que da la nostalgia por no tener aquello que, tal vez por gozarlo desde que tengo uso de la razón, jamás valoramos suficiente.

Me gusta disfrazarme; ir a las reuniones de amigos; pasear por los bordillos de la vía 40, aún sin ver nada, pero sintiendo el ambiente; la música, la algarabía y el ordenado desorden que es el Carnaval de Barranquilla. Luego, llegar a casa, poner el equipo con vallenatos viejos y, por supuesto, con la música carnavalera de moda que, esta vez, en las calles brilló por su ausencia.

El asunto es que este lunes 15 de febrero, sin haber bebido un solo trago, mi cuerpo padecía de guayabo. Pero era el guayabo que da la nostalgia por no tener aquello que, tal vez por gozarlo desde que tengo uso de la razón, jamás valoramos suficiente. Aunque hasta el sábado pasado el Distrito anunció que apagó más de 130 fiestas, el barranquillero, en general, acató la orden y se quedó en casa… a vivir a su manera, y en familia, un Carnaval que no había.

El viernes a las 5 de la tarde fui a una supertienda en Miramar y vi que, inusualmente, la tienda estaba llena. No había ni un carrito de mercar en la puerta y al entrar me topé con una escena que se me ha hecho familiar en los últimos 40 años: la gente ataviada con prendas carnavaleras; camisas estrafalarias; máscaras; perritos disfrazados; jovialidad extrema y los carritos, sí, los carritos que debían llenarse del mercado, tenía ahora las más originales variedades de licor: desde el viejísimo Black and White –que los jóvenes de hoy llaman “perro con perro” y creen que lo han descubierto a pesar de que en los setenta y los ochenta, se vendía como pan caliente–, cervezas importadas en oferta; aguardiente de tamaño familiar que alcanzaría para emborrachar a un batallón y por ahí, infiltrada, una que otra botella de tequila porque, ajá, ¡nunca se sabe!

Salchichas; papitas de distintos sabores y colores; pasabocas varios y una que otra botella de agua o gaseosa, completaban el contenido del carrito. No faltó el que preguntara a voz en cuello, si alguien sabía dónde estaba el estante de la maicena.

Presentí lo peor, y pensé que el maldito coronavirus se iba a ir de farra cuatro días y que en una quincena, en los hospitales, no iba a haber cama para tanta gente. Pero no fue así. Los productos de los carritos de supermercado terminaron en las alacenas de las casas de familia y la gente disfrutó con su estricto núcleo familiar la programación virtual del carnaval y puso a sonar música mientras que entre los balcones se filtraban los juepajés y vivas a Joselito.

En el Facebook y el Instagram, los amigos, familiares y el millón de desconocidos, compartían su estado carnavalero dentro del hogar: con disfraces improvisados; con bailes de marimonda sobre una caminadora; con la vieja careta de gorila tomándose una selfie y, otros, subiendo imágenes hermosas y nostálgicas de los carnavales idos.

Mi vecino del segundo piso duró dos días sin oír la música para planchar que solía poner, y, en cambio, sacó el repertorio de salsa brava; música tropical y los infaltables Juan Piña, Checo Acosta, Dolcey Gutiérrez y el grupo Bananas, en los que él trataba infructuoso de hacer los coros llevando un ritmo que jamás tendría.

En la calle no veía un alma, pero la música en las casas, se filtraba tímida por las ventanas. Tal vez todos encontraron la excusa para  olvidar por un momento el dolor de una pandemia que nos ha quitado a más de sesenta mil paisanos y que nos llena de temor e incertidumbre. Y, por qué no, haciéndole, a nuestro modo, un homenaje a un carnaval que estuvo de cuerpo ausente, pero presente en nuestros corazones.

Un carnaval que tal vez, si el virus lo permite, podamos volver a tener en uno… o dos años, pero que seguirá vivo dentro de nosotros.

Fue entonces que me levanté para meterme directo a la ducha y poder quitarme de encima esta resaca que me consumía y que al fin pude descifrar qué era: el guayabo por el carnaval que no fue.

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