16 de junio de 2021

Hora en Punto

No es la noticia: es la forma de contarla

Bomberos de Barranquilla: historias de heroísmo y amistad a toda prueba

Dentro del Cuerpo de Bomberos de Barranquilla se esconden impresionantes historias que hablan de la valentía, el heroísmo y, lo más importante, el valor de la amistad.

Por William Ahumada Maury, Especial para HORA EN PUNTO.

El rumor de la tragedia había atraído a mucha gente esa mañana del 31 de mayo de 1999. Los curiosos -apiñándose sin conocerse, apoyándose unos sobre otros- trataban de mirar el cuerpo que escondía su tragedia entre las hojas verdes.

– ¡Está vivo…está vivo! Está moviendo un brazo- gritó una estudiante de medicina que había escapado de su rutina en una clínica cercana. Cinco misioneros cristianos se reunieron a pocos metros del árbol y oraron tan fuerte que consiguieron que otros curiosos replicaran la oración pidiendo por la vida del desconocido.  

– ¡Está vivo! ¡Que lo bajen enseguida! Eyy ¿porqué no llegan los bomberos? – Se extendió el rumor obligando a los curiosos a fundir sus pieles sudorosas alrededor del inmenso árbol.

Una descomunal máquina roja, apareció con el lustre de su pintura nueva en la bocacalle de la carrera 49C con la calle 80. La sirena -que poco antes ululaba súplicas con su lenguaje universal que eriza la piel- se silenció con la orden que imprimió el imponente sonido del freno de aire. Los gritos de los curiosos, estallaron frente a la posibilidad de que el jardinero estaba aún con vida. Cuatro bomberos saltaron al pavimento atendiendo palabras en clave que sumadas…motivaban a esos héroes anónimos a exponerse por la vida de un desconocido.

 El comandante de esa unidad, teniente Rogelio Serna -un sujeto delgado, alto, cabello abundante y rostro de padre severo- tomó el radio de su máquina y -utilizando un canal común con la Policía- solicitó a que la empresa de energía cortara el suministro para proteger a sus hombres en la peligrosa misión.

– ¡Era impresionante! La gente nos rodeó y sin entender que debíamos cumplir el protocolo de cortar primero la energía, nos obligaron a subir al árbol- recuerda ahora Luis Miguel De la Cruz Arroyo, sobreviviente de esa misión.

Los bomberos Yesid Jiménez Jaimes y Lorenzo Rueda Meza, hicieron una prueba de tacto con el enorme tronco del árbol, que se partía en dos a un metro 80 centímetros sobre una maceta redonda de cemento en la que estaba plantado.

-No percibieron señal de corriente eléctrica y subieron lentamente delante mío. Ellos izaban una camilla de rescate de madera con correas de seguridad rojas. Estando arriba, coordinaron el tiempo y asumieron que el circuito de energía había sido suspendido para facilitar el rescate de ese pobre cristiano. Yo iba subiendo tras ellos. Mi casco de seguridad tropezó varias veces con los zapatos de Lorenzo Rueda, a quien yo animaba desde abajo -recuerda Luis Miguel.

Los tres bomberos escalaron por el enramado de horquetas y el follaje denso hasta quedar debajo del cuerpo del jardinero Jorge Antonio Cabarcas, de 35 años, quien había pagado con su vida el infortunio de tropezar con su machete un cable que movilizaba 13.200 voltios de corriente eléctrica. Los tres bomberos no comentaron nada, pero -a primera vista- entendieron que el desdichado hombre estaba muerto. ¡salía humo su ropa. ¡Olía a quemado!

A las 9:12 minutos de la mañana los tres rescatistas decidieron -con su dialogo en baja voz- la forma de colocar el cuerpo sobre la camilla y asegurarlo con las correas, y luego bajarlo de ese peligroso sitio.

-El hombre muerto era un moreno, alto, delgado. No recuerdo como estaba vestido. Quedó acostado sobre el final de unas ramas que subían y bajaban peligrosamente sosteniendo el peso del muchacho. ¡Y ahora el de mis dos compañeros! Recuerdo que más arriba vi el transformador gris cubierto por las hojas del árbol – precisa el valiente bombero.

El brazo derecho del jardinero quedó enredado entre una rama que pasaba sobre el cable de alta tensión.

Lorenzo tomó el cuerpo del jardinero por un hombro y lo levantó con delicadeza, tratando de meter la tabla de madera por debajo. En ese instante se desencadenó la tragedia.

-Primero sentí una explosión. Como cuando explota un matasuegras. ¡Enseguida, el árbol comenzó a estremecerse…a vibrar! Escuchaba un zumbido oscuro como si el árbol de mango fuera un inmenso paraco de abejas africanizadas. Yo no podía hacer nada. ¡Estaba paralizado! ¡Los zapatos de Lorencito echaban candela, y me quemaban la cara! Yo sentía que volaba. Afuera escuchaba a la gente gritar, pero sentía como si yo estuviera en otro sitio, aislado. No sé cuánto tiempo pasó, pero fue muchísimo para una corriente tan mortal. De un momento a otro dejaron de vibrar y yo pude abrir los ojos. ¡Mire hacia arriba y mis dos compañeros estaban tirados sobre el cadáver del jardinero y echaban humo por las ropas! Pero yo no podía moverme porque podría estar energizado mi alrededor -relata Luis Miguel De la Cruz.

El bombero hace una pausa, se levanta, camina en círculos, se rasca la cabeza, vuelve a sentarse y continúa:

-Yo estaba aturdido. Abajo del árbol la gente me gritaba mil cosas que no entendía. Quise constatar que mis compañeros tenían corriente todavía y, le di un golpe seco con mi mano derecha en la pierna de Lorencito. Por seguridad debe ser un golpe seco y con la mano cerrada ¡Enseguida otra explosión! No recuerdo más. Cuando recuperé la conciencia estaba en una clínica en la que permanecí dieciocho días- indica en medio de un llanto incontrolable.

Luis Miguel De la Cruz Arroyo -quien para la época tenía 28 años – muestra sus manos. La poderosa corriente eléctrica volvió girones el dedo pulgar de la mano derecha, se extendió por el brazo, atravesó el tórax, se tomó el brazo izquierdo, volvió flecos el dedo índice. Y salió.

El impacto lanzó al bombero desde esos siete metros y medio de altura.

-Caí sentado sobre el borde de la matera. El borde de cemento me destrozó la pelvis y el fémur de la pierna derecha. Tengo ocho tornillos todavía asegurando mi pelvis. Me han hecho once cirugías y quedé con una dificultad permanente para caminar- relata.

Yesid Jiménez Jaimes, de 29 años y Lorenzo Rueda Meza, de 34, murieron abrazados al humilde jardinero. La poderosa corriente los destrozó por dentro. La investigación posterior determinó que ese circuito alimenta una red de clínicas -en la que a esa hora se realizaban procedimientos médicos- y por tanto el servicio de energía no podía suspenderse sin previa consulta de alto nivel.

-Sólo cuando ocurre la tragedia mayor suspenden la corriente, pero ya mis dos amigos estaban muertos- revela con la cara contra el pecho
Luis Miguel De la Cruz Arroyo se convirtió entonces en visitante permanente de los quirófanos en Barranquilla. Veintidós años después sigue peleando contra el Estado por una indemnización.
Cuatro años antes, una lluviosa mañana de inicios de agosto, el bombero sobreviviente Luis Miguel De la Cruz Arroyo, había sellado -con su valentía, entrega y abnegación- un pacto de hermandad sin límites con sus compañeros de trabajo en el cuerpo de bomberos de Barranquilla.

-Por razones de los riesgos de nuestro trabajo, hicimos un pacto de hermandad entre los bomberos que entrábamos en el año 84. Por ser voluntario yo no tenía sueldo y, los que estaban fijos se ganaban 16 mil pesos. Ellos me depositaban cada mes, en una cajita de cartón de a 500 pesos por cabeza y yo…yo salía ganando mas que ellos. Nos hacemos hermanos en la tranquilidad de la base y nos demostramos el aprecio y valoramos a un hermano cuando estamos en peligro- dice ahora Alfonso Machado Sotomayor, un bombero que se salvó de morir gracias a la valentía de sus compañeros, entre ellos Luis Miguel De la Cruz Arroyo.

Esa mañana de agosto, Barranquilla había amanecido aplastada por una inmensa nube lluviosa que desató la furia de los monstruos asesinos que han llenado de luto y dolor a decenas de hogares de La Arenosa…los arroyos.
Los barranquilleros titiritaban arropados por un frio sobrecogedor y permanecieron encerrados en medio de terrorífica tormenta eléctrica. El aguacero se extendió hasta el mediodía.

-Esa mañana enloquecieron los conmutadores de la Central Roja. Promediando las once nos llamaron para un caso de una familia que estaba siendo arrastrada dentro de un automóvil en el barrio El Recreo. La central me envió en la máquina número 17. Fue una rutina que cumplimos con prontitud y nos regresamos a la base roja. Pero en la carrera 43 con la calle 56, la máquina se nos apagó en medio de un arroyo peligroso.

El tenebroso arroyo de la Universidad del Atlántico se había salido de madre y -unido con el arroyo de la carrera 43 (Veinte de Julio) y otras vertientes – habían inundado con fuertes corrientes varias cuadras en los alrededores. Los bordillos estaban cubiertos por las corrientes incontrolables de agua sucia.  El comandante de la máquina era Luis De la Cruz Arroyo, los tripulantes eran Carlos Cárdenas, Néstor Alfonso Pérez, Milton Ramírez y Wilhen Valdez. Todos estábamos sobre la unidad -no podíamos abandonarla-  y sentíamos como la fuerza del arroyo hacia arrastrar las llantas en el pavimento. Piedras, troncos de árboles y enseres viejos golpeaban la máquina y se represaban bajo ella, rodando la máquina sobre sus llantas. – relata el veterano bombero Alfonso Machado Sotomayor.

Para evitar que la máquina 17 fuera arrastrada hasta el grueso del arroyo de la carrera 43 con la calle 51 (Universidad del Atlántico) la central envió a la máquina 00, un enorme y pesado camión con el motor sellado, que podía enfrentar la corriente sin apagarse.

-Ya la máquina 17 estaba con la cabina de mando en la mitad del arroyo de la carrera 43, faltaba poco para que fuese arrastrada carrera abajo. La máquina 00 se colocó frente a la 17 hasta quedar prácticamente unidas. La idea era atar una pesada cadena entre las dos y la 00 -con su inmenso poder de arrastre- podía sacarla a flote y nosotros encenderla de nuevo- recuerda Luis De la Cruz.
 
El valiente bombero Alfonso Machado Sotomayor fue el encargado de subir al capó de la máquina 17 llevando consigo la pesada cadena de hierro. Con el agua escurriendo por su uniforme y tiritando por el frio descendió hasta la defensa de la enorme unidad y se descolgó hasta la cintura entre los dos vehículos, uniendo las dos enormes máquinas con los eslabones.

-Abajo el agua rugía a pocos centímetros de mi cara. Uní a las dos máquinas. Me levanté y puse una pierna en cada defensa para agacharme y terminar de asegurar la cadena. Pero la máquina 17 se movió golpeada por la corriente y desató la cadena. Yo caí al violento torrente de aguas. Cuando estaba siendo arrastrado alcancé a agarrar la cadena y comenzó mi calvario. La poderosa corriente me golpeaba el rostro. Piedras, troncos, desechos me golpeaban. Un pantalón jean se me enredó en la cara y me estaba ahogando. Lo peor estaba por venir, justo en la bocacalle, debajo del sitio en el que yo me debatía agarrado de la cadena -entre los dos camiones-  la corriente voló la tapa de una alcantarilla y el agua comenzó a entrar por la boca con violencia, succionándome  con una fuerza increíble. ¡La alcantarilla alcanzó a tragarme hasta la cintura y me amenazaba con un ruido de volcán! Mi cuerpo vibraba de un lado a otro con el paso del agua, golpeando mis piernas y la pelvis contra la boca del ducto. Levanté la cabeza y vi a mis compañeros en la defensa del camión quienes me gritaban. Mis amigos del alma estaban desesperados. Luis De la Cruz, se agachó agarrado de la defensa y me extendió la vara escombriadora (vara con un gancho de hierro en una punta para remover escombros) pero yo no podía tomarla, porque el agua sucia irritó mis ojos. Ya casi perdía las fuerzas hasta que sentí que agarré la vara y me impulsé fuera de la alcantarilla. Lo que recuerdo después es que la corriente me arrastraba hacia el cruce de los dos arroyos, en donde seguramente jamás me iban a encontrar. No sé cuánto fui arrastrado por la corriente, mis compañeros dicen que fue más de una cuadra – detalla el bombero Machado.

Ahora a merced de la corriente Machado descendía carrera abajo. El cruce de la carrera 43 con la calle 51, tiene para los barranquilleros negros recuerdos. Allí los dos arroyos se chocan y muestran -después de cada aguacero- las impresionantes imágenes de vehículos destruidos y apilados frente a la Universidad del Atlántico.

Alfonso Machado no puede evitar el llanto y detiene la entrevista. Nos muestra unos registros de prensa en los que reseñan su odisea y prosigue:

-Todavía recuerdo los rostros de mis compañeros. Desesperados, impotentes, cuando la corriente me llevaba hacia una muerte segura y ellos sin poder abandonar la seguridad de la defensa de la máquina. También recuerdo el llanto de las familias que veían mi tragedia. Veían pasar mi cuerpo desde las terrazas de sus casas. Los ciudadanos que me tiraban cabuyas y, en especial, a una niña de colegio que corría a la par de la corriente tratando de que yo me agarrara de su morral de estudiante.

Faltando 100 metros para llegar al cruce de la carrera 43 con la calle 51, Machado alcanzó a observar que Jesús le extendió una mano. Y se agarró de ella con todas las fuerzas. Era un inmenso tronco que bajaba arrastrado por la corriente. El tronco quedó enganchado en el “viento” de un poste de energía eléctrica. Hasta allá llegaron sus compañeros a abrazarlo. A pocos metros la corriente rugía -frente a un muro protector de la universidad del Atlántico y el centro comercial que funciona en la esquina del frente- en donde las corrientes chocan produciendo una enorme montaña de espuma, y la gente se reúne horrorizada para ver desaparecer entre la mole de agua, carros, escaparates, muebles, y personas que parecen maniquíes impotentes entre el inmenso poder de las aguas.

Alfonso Machado fue hospitalizado y -veinte días después- se calzó nuevamente su uniforme de Bomberos. Todavía pertenece al organismo de socorro del que no piensa salir nunca más en su vida, porque allí aprendió a valorar la vida entre gente que realmente valora la suya…

Compartir
Compartir