La televisión colombiana, ese espejo cotidiano donde millones de ciudadanos buscan información y entretenimiento, atraviesa hoy una de sus crisis más incómodas: la que no se mide en rating, sino en credibilidad, ética y confianza.
Crónica | Hora en Punto
La escena se repite —una y otra vez— en los pasillos que no aparecen en pantalla. Voces que susurran, chats que circulan en silencio, testimonios que tardan años en salir. Esta vez, el foco se posa sobre Caracol Televisión, uno de los gigantes mediáticos del país.
Todo comenzó con denuncias por presunto acoso sexual que involucran a dos periodistas de la cadena. La reacción institucional no se hizo esperar: el canal confirmó la apertura de una investigación interna, en un intento por contener una crisis que rápidamente desbordó los estudios y se instaló en la conversación pública.
Pero la historia no quedó ahí.
El propio Gobierno entró en escena. El ministro de Trabajo, Antonio Sanguino, anunció inspecciones para verificar las condiciones laborales dentro del canal, recordando que ningún proceso interno sustituye la obligación de garantizar entornos libres de violencia, en línea con el Convenio 190 de la OIT.
Y entonces ocurrió lo inevitable en la era digital: las redes sociales hicieron su propio juicio.
Miles de usuarios no solo reaccionaron a las denuncias en el canal privado, sino que ampliaron el foco hacia otro escenario aún más sensible: el sistema de medios públicos. En esa conversación emergió con fuerza el nombre de Hollman Morris, actual gerente de RTVC, quien desde hace años enfrenta múltiples señalamientos por presunto acoso y violencia de género.
No se trata de acusaciones recientes. Los antecedentes se remontan al menos a 2019, cuando varias mujeres denunciaron comportamientos indebidos, incluyendo acoso sexual y maltrato psicológico.
Más recientemente, nuevas controversias han reavivado el debate: denuncias de intimidación a una mujer que lo acusó, cuestionamientos sobre el ambiente laboral en la entidad y polémicas por contratos al interior del sistema público que hoy dirige.
Morris, por su parte, ha rechazado las acusaciones, asegurando que hacen parte de campañas en su contra y defendiendo su derecho al debido proceso.
Dos mundos, un mismo problema
El contraste es inevitable.
Por un lado, un canal privado que activa protocolos y enfrenta vigilancia estatal. Por el otro, un sistema público donde las denuncias llevan años orbitando sin resolverse del todo, en medio de silencios institucionales y debates políticos.
La discusión, sin embargo, va más allá de nombres propios.
Lo que está en juego es la cultura laboral dentro de los medios: estructuras de poder cerradas, jerarquías rígidas y, según denuncian víctimas y analistas, una normalización histórica de conductas que hoy empiezan a ser cuestionadas con más fuerza.
Incluso dentro del propio debate digital, muchos ciudadanos han planteado una pregunta incómoda: ¿por qué la reacción institucional parece más rápida en unos casos que en otros?
El eco de un país que cambia
Colombia no es ajena a esta conversación. En los últimos años, múltiples sectores —desde la política hasta la cultura— han sido sacudidos por denuncias similares, en lo que algunos ya describen como un “Me Too” criollo.
Mientras tanto, las redes explotan especulando con los nombres de quienes serian las presuntas «vacas sagradas» que habriían sido ya separados preventivamente de sus cargos mientras avanza la investigación para aclarar el asunto.
Pero el caso de los medios tiene un peso simbólico adicional, porque son precisamente esos medios los encargados de contar las historias, de denunciar abusos, de amplificar voces. Cuando el problema surge dentro de sus propias estructuras, el impacto es doble: institucional y moral.
Hoy, mientras avanzan las investigaciones en Caracol Televisión y persisten las controversias en RTVC, el país observa.
Pero, sobre todo, observa si esta vez —a diferencia de otras— las denuncias no quedarán en el ruido pasajero de la indignación digital, sino que marcarán un punto de quiebre real en la forma en que se ejerce el poder detrás de cámaras.
Porque al final, la credibilidad no solo se construye frente a una cámara.
También —y sobre todo— en lo que ocurre cuando esta se apaga.

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