17 de agosto de 2026

El primer milagro: cuando Colombia decidió levantarse junta

Hay momentos en los que un país deja de mirarse en el espejo de sus diferencias y empieza a reconocerse en el rostro de quienes lo han perdido todo.

Colombia está viviendo uno de esos momentos.

Todavía hay familias buscando a sus desaparecidos. Todavía hay casas abiertas en dos, hospitales golpeados, escuelas convertidas en ruinas y comunidades enteras esperando que alguien llegue con agua, comida, medicamentos, un techo o simplemente con una mano sobre el hombro.

Pero mientras en las zonas devastadas todavía se escucha el ruido de las máquinas buscando sobrevivientes entre los escombros, en el resto del país comenzó a escucharse otro sonido: el de las puertas que se abren, las cuentas que empiezan a recibir dinero, los camiones que cargan alimentos, las empresas que ofrecen materiales y los empresarios que preguntan qué pueden hacer.

Y en esa escena hay una protagonista que merece ser contada: la solidaridad empresarial colombiana.

Dos días después del terremoto, cuando el país todavía intentaba dimensionar la tragedia, el Gobierno de Abelardo de la Espriella hizo un llamado al sector privado. La primera dama, Ana Lucía Pineda, asumió junto con la esposa del vicepresidente, Tatiana Céspedes, la coordinación de una campaña nacional de ayuda. El mensaje fue sencillo: Colombia necesitaba convertir la solidaridad en hechos.

La respuesta comenzó a llegar.

Y llegó con una velocidad que sorprendió hasta a quienes hicieron el llamado.

En Cartagena estaba reunido el empresariado colombiano para el Congreso Empresarial de la ANDI. Pero el terremoto cambió la agenda. Lo que debía ser un encuentro de negocios terminó convertido, en buena parte, en una gigantesca jornada de solidaridad.

Bruce Mac Master puso la primera ficha sobre la mesa: $2.000 millones, equivalentes a la mitad de los recursos obtenidos por las inscripciones al Congreso Empresarial Colombiano. En la primera hora ya eran más de $4.500 millones.

Al terminar la primera jornada, la cifra había llegado a unos $9.100 millones.

Y cuando terminó el Congreso, la campaña Empresas Unidas por Colombia había alcanzado $201.637 millones. Más de cien empresas habían comprometido recursos que serían administrados mediante una fiducia para atender la emergencia y posteriormente apoyar la reconstrucción.

Eso no fue una fotografía. Fue una avalancha. Porque mientras la ANDI hacía crecer esa bolsa de solidaridad, comenzaron a aparecer nombres propios.

Primero llegaron las grandes compañías. Alquería anunció $500 millones para la atención inmediata y la recuperación de las zonas críticas.

Ecopetrol anunció otros $5.000 millones para kits humanitarios, alimentos, elementos de aseo y cocina, carpas, colchonetas, agua potable y transporte aéreo.

Desde Barranquilla, Christian Daes volvió a ponerle rostro caribeño a la solidaridad. Tecnoglass anunció una contribución de $6.000 millones: $1.000 millones en efectivo y otros $5.000 millones en ventanas destinadas a la recuperación de viviendas y edificaciones averiadas.

Grupo Argos, acompañado por el artista Nicky Jam, anunció una primera inversión de $13.000 millones para reconstrucción de viviendas, dentro de una estrategia que busca alcanzar $26.000 millones.

Y mientras las empresas grandes hacían cuentas de miles de millones, otras compañías ponían a disposición lo que tenían: alimentos, agua, medicamentos, transporte, bodegas, aviones, vehículos y capacidad logística.

La lista empezó a parecerse a un inventario de la economía colombiana: Grupo Aval, Bancolombia, Grupo Éxito, Grupo Olímpica, Nutresa, Ultracem, Avianca, Bavaria, la Organización Ardila Lülle, Coca-Cola, McDonald’s, Tecnoglass y muchas otras compañías se sumaron a las diferentes iniciativas de ayuda.

Y aquí aparece algo todavía más significativo: la solidaridad no se quedó en las salas de juntas sino que bajó a las góndolas de los supermercados.

El Grupo Olímpica, de la familia Char, se incorporó a la caravana Colombia, un Solo Corazón, que llevó ayuda hacia Quibdó. La empresa reportó mercados para 8.000 familias, 10 toneladas de arroz, 4,5 toneladas de proteína aportadas por Acondesa y 6.260 unidades de insumos médicos. Ísimo, también vinculado al grupo, aportó 1.000 mercados con alimentos y elementos de aseo.

Tiendas D1, por su parte, anunció la entrega de 1.000 toneladas de productos de primera necesidad, mientras abrió mecanismos para que los propios consumidores pudieran comprar kits solidarios. Pero entonces ocurrió algo que cambió la dimensión de la historia.

El teléfono del presidente comenzó a sonar.

Y del otro lado estaban algunos de los empresarios más poderosos de Colombia. Primero apareció Jaime Gilinski. El domingo, Abelardo de la Espriella informó que había hablado telefónicamente con Gilinski y con su esposa, Raquel Kardonski, quienes decidieron aportar $150.000 millones para la reconstrucción de hospitales y escuelas en Cali. Los recursos serán canalizados mediante los mecanismos de reconstrucción dispuestos por el Gobierno.

Después llegó otro anuncio gigantesco: David Vélez, fundador y CEO de Nubank, comunicó al presidente su decisión de aportar $100.000 millones para ayudar a los damnificados del terremoto. El propio mandatario hizo público el anuncio y agradeció al empresario por lo que calificó como un gesto de solidaridad y amor por Colombia.

Y faltaba otro apellido; Santo Domingo.

La familia Santo Domingo confirmó una donación de $100.000 millones, canalizada a través de la Fundación Santo Domingo, Valorem y empresas vinculadas, para atender a las víctimas y apoyar la reconstrucción.

De esta manera, solamente esos tres anuncios posteriores —Gilinski, Vélez y Santo Domingo— representan $350.000 millones en compromisos privados adicionales a la campaña empresarial que ya había superado los $201.000 millones.

Son cifras que hace apenas una semana parecían imposibles de imaginar en medio de una tragedia.Pero hay algo más interesante que el número: es el momento en que esos números aparecieron, porque no ocurrieron en el vacío.

Ocurrieron después de que el Gobierno nacional hizo un llamado directo al sector privado, después de que el presidente tomó personalmente contacto con algunos de los principales empresarios del país y después de que la primera dama convirtió la solidaridad en una operación nacional de recolección y distribución de ayudas.

Ahí es donde empieza una discusión que va más allá del terremoto. ¿Puede la confianza entre el Gobierno y el sector privado acelerar la respuesta de un país ante una tragedia?

La respuesta no puede reducirse a una cifra ni demostrarse únicamente con una donación. Sería simplista afirmar que cada empresario entregó dinero exclusivamente porque confía en Abelardo de la Espriella.

Pero tampoco sería serio desconocer la coincidencia temporal.

El Gobierno pidió y los empresarios respondieron.

El presidente llamó y llegaron anuncios de cientos de miles de millones.

La primera dama convocó y se multiplicaron los centros de acopio, las caravanas, los mercados, los medicamentos y los suministros.

Y mientras tanto, la ANDI logró convertir su Congreso empresarial en una especie de sala nacional de solidaridad. Tal vez esa sea una de las primeras lecciones de esta tragedia.

Un Estado no reconstruye solo ni una empresa tampoco.

Una familia, por poderosa que sea, tampoco.

Pero cuando el Estado convoca, cuando el sector privado siente que sus recursos serán administrados con transparencia y cuando existe confianza suficiente para poner capacidades privadas al servicio de una causa pública, la velocidad de respuesta puede multiplicarse.

Eso es lo que está comenzando a ocurrir.

No significa que el Gobierno pueda descansar sobre la caridad privada. Tampoco que la reconstrucción pueda convertirse en una gigantesca colecta. El Estado conserva la responsabilidad fundamental de garantizar derechos, atender a las víctimas y dirigir técnicamente la recuperación.

Pero hay una diferencia enorme entre un empresariado que mira al Gobierno con desconfianza y uno que está dispuesto a levantar el teléfono y preguntar: “¿Dónde hago falta?”.

Colombia parece haber encontrado, al menos por ahora, ese segundo escenario.

Y eso tiene una importancia política que trasciende la tragedia.

Abelardo de la Espriella llegó a la Presidencia hablando de una “Patria Milagro”.

El terremoto le puso delante, apenas días después de su posesión, la peor prueba imaginable para un Gobierno que acababa de comenzar.

No tuvo tiempo de acomodarse en el Palacio. No tuvo luna de miel.

No hubo cien días de gracia.

Hubo muertos, heridos, desaparecidos, ciudades destruidas y miles de colombianos esperando respuestas.

Y entonces el Gobierno tuvo que demostrar qué significaba aquella promesa de campaña. El primer milagro, si se quiere llamarlo así, no está en una cifra. Está en una fotografía: Un empresario que llama. Una familia poderosa que dona. Una compañía que entrega sus productos.

Un supermercado que llena camiones.

Un trabajador que compra un mercado.

Una primera dama que coordina una caravana.

Un presidente que levanta el teléfono.

Y un país que, por encima de sus discusiones políticas, empieza a entender que hay momentos en los que la patria no puede dividirse entre izquierdas y derechas, ricos y pobres, Gobierno y oposición.

Hay momentos en que solamente existe Colombia.

La Colombia de los escombros.

La Colombia de los que lloran.

Pero también la Colombia que da. La que pone $2.000 millones, $5.000 millones, $13.000 millones, $100.000 millones o $150.000 millones. La Colombia que no pregunta primero quién votó por quién, sino dónde está el que necesita ayuda.

Quizá ese sea el verdadero milagro que estaba buscando el presidente cuando habló de una Patria Milagro. No un milagro sobrenatural. Es uno mucho más difícil: conseguir que un país golpeado vuelva a creer que puede levantarse.

Y para eso hacía falta algo que no se decreta ni se compra: confianza.

El terremoto derrumbó edificios.

Pero, paradójicamente, también parece haber derribado algunas de las barreras que durante años separaron al poder público, a los empresarios y a buena parte de la sociedad.

Ahora habrá que demostrar que esa solidaridad no dura lo que dura una noticia. Porque el rescate termina porque los reflectores se apagan y las cámaras se van. Las donaciones dejan de ser titulares.

Es entonces cuando omienza la parte verdaderamente difícil: reconstruir casas, escuelas, hospitales, carreteras, negocios y vidas.

Allí se sabrá si este primer impulso fue solamente una conmovedora reacción ante la tragedia o si realmente Colombia encontró una nueva manera de trabajar junta.

Por ahora, sin embargo, hay algo que nadie puede negar.

En medio de una de las horas más oscuras de nuestra historia reciente, Colombia está poniendo dinero, trabajo, empresas, alimentos, materiales y corazón para levantarse.

Y ese, antes que cualquier discurso, puede ser el primer milagro

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