10 de marzo de 2026

Análisis// El arte de escoger vicepresidente: técnica, simbolismo y poder en la carrera presidencial de 2026

ANÁLISIS / ANUAR SAAD

En la política colombiana hay decisiones que no solo completan un tarjetón sino que revelan la verdadera arquitectura de una campaña. La elección de la fórmula vicepresidencial es una de ellas. En las últimas horas, dos de los aspirantes que marcan el ritmo de la contienda presidencial —Abelardo de la Espriella y Iván Cepeda Castro— movieron ficha casi al mismo tiempo, pero con apuestas que responden a lógicas muy distintas de poder.

De un lado, el abogado costeño anunció como su compañero de fórmula al economista, académico y exministro José Manuel Restrepo Abondano. Del otro, el líder del progresismo confirmó a la senadora indígena Aída Quilcué.

Dos perfiles que, más que competir, parecen representar dos visiones distintas sobre qué debe ser un vicepresidente: el técnico que garantiza gobernabilidad o la figura simbólica que amplía la base social de un proyecto político.

La apuesta técnica de De la Espriella

Para la campaña de Abelardo de la Espriella, la designación de José Manuel Restrepo tiene un mensaje evidente: construir un equilibrio entre el discurso político fuerte del candidato y la solvencia técnica en el manejo del Estado.

Restrepo llega con una hoja de vida robusta: economista de la Universidad del Rosario, con maestría en la London School of Economics y doctorado en el Reino Unido. Fue rector del CESA, rector de la Universidad del Rosario y posteriormente ministro de Comercio y ministro de Hacienda durante el gobierno de Iván Duque.

Su perfil se ha movido históricamente entre la academia, la política económica y la administración pública. Precisamente por eso, dentro de la campaña del llamado “Tigre” su nombre se lee como una pieza de contrapeso.

De la Espriella representa el liderazgo disruptivo, confrontacional y populista de derecha; Restrepo, en cambio, encarna el establishment económico y la racionalidad tecnocrática.

En términos de gobernabilidad, la lectura es simple: si algún día el vicepresidente tuviera que asumir la Presidencia, Restrepo sería probablemente el perfil con más experiencia directa administrando el Estado entre todas las fórmulas anunciadas hasta ahora.

En redes sociales, el anuncio generó reacciones divididas. Algunos seguidores del candidato celebraron el equilibrio entre política y técnica, mientras otros interpretaron la decisión como un intento de “moderarse” frente a los sectores empresariales.

En X, un comentario recurrente entre simpatizantes fue:
“Abelardo pone el liderazgo y Restrepo la cabeza económica del gobierno”.

Cepeda y el peso del simbolismo político

Pero, contrario a De la Espriella, la decisión de Iván Cepeda camina por otra ruta.

Su fórmula vicepresidencial es Aída Quilcué, una de las lideresas indígenas más visibles del país, con más de dos décadas de trayectoria en la defensa de los derechos territoriales y las comunidades indígenas del Cauca.

Quilcué fue consejera del Consejo Regional Indígena del Cauca (CRIC) y hoy es senadora de la República. Su historia está marcada por el conflicto armado: en 2008 su esposo fue asesinado en medio de una operación militar, un episodio que convirtió su liderazgo en un símbolo de resistencia indígena.

Con esta elección, Cepeda envía tres mensajes simultáneos:

Consolidar la alianza con movimientos sociales e indígenas que han sido columna vertebral del progresismo.

Profundizar la narrativa de inclusión étnica en el poder.

Reforzar la identidad ideológica de su campaña.

Lo de Cepeda claramente no es una fórmula técnica sino política, desoyendo tal vez la quejas de un grueso de la población sobre el pobre papel que como vicepresidenta (también priorizando simbolismos) por el desempeño de Francia Marquez en ese cargo por el que pasó con mas pena que gloria.

Pero en el universo del petrismo la reacción fue inmediata: se celebró como un paso hacia la representación histórica de las comunidades indígenas en la cúspide del poder aunque segun muchos post de redes, también se cuestionó por la eleccion de uaa fórmula que no suma y que eventualmente puede dividir más.

Y en sectores de centro y derecha surgió otra lectura: si el vicepresidente debe gobernar en ausencia del presidente, la experiencia administrativa de Quilcué es menor que la de otros perfiles en la contienda.

Dos modelos de vicepresidente

En términos comparativos, las dos fórmulas revelan dos modelos distintos de concebir el poder:

Modelo técnico (De la Espriella – Restrepo)

Prioriza experiencia económica y administrativa.

Apunta a tranquilizar mercados y sectores empresariales.

Fortalece la idea de un gobierno con “expertos”.

Modelo político-social (Cepeda – Quilcué)

Amplía la base social del proyecto político.

Refuerza la identidad ideológica.

Representa sectores históricamente excluidos.

La pregunta inevitable es cuál modelo resulta más funcional para gobernar.

Si el criterio fuera exclusivamente la preparación para asumir el poder presidencial en caso de ausencia, Restrepo aparece como el perfil más experimentado en gestión del Estado.

Pero si la vicepresidencia se entiende como un puente político hacia sectores sociales, la apuesta de Cepeda es mucho más potente simbólicamente.

La incógnita de Paloma Valencia
Mientras estas dos campañas ya movieron sus fichas, en la derecha aún queda una carta sin revelar: la fórmula de Paloma Valencia.

En los círculos políticos de Bogotá se habla de dos rutas posibles.

La primera sería una fórmula ideológica, cercana al uribismo duro, que consolide la base electoral de la derecha.

La segunda —y quizás la más comentada— es un movimiento hacia el centro político, donde aparece con fuerza el nombre de Juan Daniel Oviedo, exdirector del DANE.

Un eventual tiquete Valencia–Oviedo tendría lógica estratégica:
ella representa la base uribista y él podría atraer votantes moderados.

Sería, en otras palabras, una fórmula diseñada no para entusiasmar a las bases sino para ganar segunda vuelta.

La vicepresidencia como ensayo de poder

En la política colombiana la vicepresidencia ha pasado de ser un cargo protocolario a convertirse en una especie de “presidencia en espera”.

Por eso las decisiones de esta semana dicen mucho más de lo que parece.

De la Espriella eligió gobernabilidad técnica.
Cepeda escogió representación política.
Y Paloma Valencia todavía busca la fórmula que conecte con el centro.

En esa trilogía de apuestas se esconde, quizás, la verdadera batalla por la Casa de Nariño: no solo quién lidera el país, sino quién estaría listo para hacerlo si el poder cambia de manos en cualquier momento

About Author

Compartir
Compartir