13 de abril de 2021

Hora en Punto

No es la noticia: es la forma de contarla

1.200 semáforos al día

Un grupo de jóvenes repite, cada día, sus rutinas artísticas frente a decenas de autos que se detienen ante el semáforo en rojo. Quieren que se les reconozca como artistas y claman por ayuda del Distrito.

Por Carlos A. Sourdis Pinedo, Especial para Hora en Punto

Para quienes no lo sabían: el semáforo es también una unidad de tiempo.Es el intervalo entre dos luces verdes. El tiempo que dura encendida la luz roja. 50 segundos.

Es también el tiempo que dura cada una de las rutinas coreografiadas por una pequeña tropa de artistas del baile acrobático callejero para el disfrute, la indiferencia o el fastidio de los ocupantes de los automóviles detenidos ante esa luz roja.

Los últimos diez segundos son para recoger las donaciones, yendo de automóvil en automóvil, hasta donde alcancen.

–Vemos pasar de todo– dice Mateo. “De lo mejorcito y de lo peorcito de la especie humana”, remata.

Hay conductores y pasajeros que fingen no verlos. Otros, que de verdad ni siquiera los ven. Unos que los miran con horror y revisan alarmados que los seguros de las puertas del automóvil estén puestos y los vidrios arriba. Y también están aquellos que no ocultan su desprecio o su desaprobación, pero que de todos modos abren el vidrio el mínimo posible para dejar caer una moneda sobre la palma de sus manos.

Algunos los ven con admiración, los felicitan, pero no sueltan un peso. Y otros los felicitan, les demuestran su admiración, y además les dan dinero.

No falta aquél que les dice que busquen trabajo, que vayan “a buscar oficio”.

–Piensan que esto es un hobby, que pedimos plata para comprar droga–. Daniel Fonseca nació en el 97, en el barrio La Manga de Barranquilla. Le pregunto cómo se ve él a sí mismo y cómo cree que lo ve la sociedad.

CÓMO SE VEN Y CÓMO LOS VEN

La imagen que Daniel tiene de Daniel, es la de un artista. Independiente, adaptable, aprendiz, disciplinado. Lleno de sueños, de proyectos.

¿Y cómo cree que lo ve la sociedad?

–Me ven como un vago, creen que somos adictos– dice.

Y le parece irónico. Su estilo de vida no es compatible con el consumo de drogas ni con la vagancia. Se impone la disciplina. La auto- disciplina. “Aquí hay que mantener la mente y el cuerpo en buen estado o si no, pailas”, sentencia pasándose el canto de la mano por la garganta cuando dice “pailas”, imitando así el movimiento de una hoja afilada, gesto universal de que algo tiene posibilidades de salir mal, muy mal.

Y a sus 24 años, por cierto, ¿qué probabilidades existen de que sus sueños se cumplan? O sea, viajar a Estados Unidos, a Europa…  “A Japón”, recalca.

Viajar para aprender, “para practicar con los mejores”, dice. Y para ganarse la vida ante semáforos de otros países, pero con la esperanza de ascender, de formar parte de una compañía, de presentarse en escenarios, de firmar contratos, de alcanzar el estrellato, el prestigio.

Por lo pronto, no ha ido muy lejos. Santa Marta y Valledupar. Y esto ha sido posible porque existe cierta confraternidad o hermandad entre estos integrantes de la tribu acrobática del semáforo de Barranquilla y los miembros de las tribus de otras ciudades, de otros semáforos, y brindar alojamiento es una práctica común entre distintas tribus.

NO ES UN HOBBY

–Esto no es un hobby. Entrenamos todo el tiempo–, confirma Nelson Mejía, de 22 años, su compañero en esta tarde, mientras ambos se resguardan a la sombra “durante un par de semáforos”, descansando del baile, del calor y del sol en la esquina de la carrera 53 con calle 79.

Hoy están nada más ellos dos. A veces vienen con otros dos o tres bailarines más.

Las sesiones de entrenamiento de las que habla Nelson suelen tener lugar en el Centro Social del barrio La Paz fundado por el sacerdote Cyrillus Swine (más conocido como Padre Cirilo), en donde todavía el fútbol no ha conseguido desplazar del todo a otras manifestaciones lúdicas colectivas.

Es una de las críticas que Nelson hace del modelo urbanístico imperante en la Barranquilla de hoy: “hay muchos estadios para el deporte, pero poco espacio para las artes escénicas”. Está seguro de que otra sería su suerte si en Barranquilla “se le pusiera un poco de ladrillo al talento artístico” y no sólo al deportivo.

Al igual que Daniel Fonseca, intentó incursionar en el fútbol y otros deportes. “Pero eso no era lo mismo. Me gusta la adrenalina. Y soy un artista, no un deportista”. Además de la danza, también practica y ha estudiado el dibujo, la pintura.

También ha sido mimo, zanquero, y desembocó en el ‘breakdance’ cuando tenía 15 años. “Aquí encontré lo que había estado buscando durante tanto tiempo”, dice, e insiste: “La adrenalina”.

CLAMAN POR APOYO

Aunque Daniel y Nelson, y otros miembros de grupos de bailarines que uno suele ver en las esquinas semaforizadas, ganan cada mes el doble o el triple del suelo mínimo oficial en Colombia, sienten que la falta de apoyo gubernamental, la falta de escenarios y de presupuesto, es una enorme barrera.

Mientras que Daniel le ha tocado aprender los trucos de su oficio gracias a videos de Youtube y de lo que le han enseñado personas que llevan más tiempo practicando este oficio, Nelson tuvo la oportunidad de asistir a la academia ‘Arte y cuerpo’ en el barrio Santo Domingo, donde creció.

No es un ambiente fácil. “Vivir en un barrio en donde se respeta más al más violento ha sido un reto”. Porque Nelson escogió otro camino. ¿Qué le espera a lo largo o al final de ese camino?

–Por lo pronto, me ha mantenido apartado de la violencia, de la droga, de las pandillas. Eso ya es, de por sí, un triunfo.

Es menos optimista en cuanto a las posibilidades de buscar suerte en el extranjero. Piensa que hay más futuro, o lo habría, si los artistas de su gremio se unieran y exigieran que se les dé oportunidad de cultivar sus habilidades y su talento con buenas escuelas, con profesores

Se ve que ha investigado sobre el tema. Recuerda que en países como Japón o Corea del Sur más de un 90 por ciento del Producto Interno Bruto proviene de las industrias creativas, artísticas, o del terreno de la innovación y las patentes. “Sólo es cuestión de invertir en el talento humano, y talento es lo que sobra… Lo que hace falta es apoyo”.

“QUE VENGAN A PASAR UN DÍA AQUÍ”

Tanto Daniel como Nelson insistieron en que escribiera estas líneas cuando vieron que me había detenido a hacerles fotografías. Tras interrogarme y enterarse de que ejerzo el periodismo, sugirieron que redactara esta breve crónica.

Esperan que sirva no solo para estimular la ayuda gubernamental que necesitan, sino que piensan que será útil para que, a la gente que la lea, le quede clara una cosa: “no somos drogadictos, somos personas muy disciplinadas, este trabajo es nuestra vida, es nuestro medio de subsistencia”.

–Y a aquellos que nos dicen que busquemos oficio– remata con sorna Daniel –los invito a que vengan a pasar un día entero aquí, a pleno sol, haciendo más de 1.200 semáforos al día. Ahí los quiero ver.

Lanza estas últimas palabras mientras la luz roja hace que se detenga una nueva oleada de automóviles con espectadores a bordo, justo antes de poner a sonar, en el cruce entre la calle 79 con la carrera 53, el pequeño equipo de sonido al ritmo del cual comienzan, una vez más, a interpretar su rutina.

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