Con el 97,3 % de los votos contabilizados, el bloque del primer ministro israelí obtiene 54 escaños, siete menos de los necesarios para gobernar. La oposición suma 48 y los partidos árabes alcanzan 18, mientras el escrutinio de los votos especiales mantiene abierto el resultado.
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La elección parlamentaria celebrada el martes 27 de octubre dejó a Israel ante un escenario de incertidumbre política. Benjamin Netanyahu conserva la primera posición de su bloque, pero los resultados parciales no le garantizan la continuidad al frente del Gobierno.
El recuento publicado el jueves 29 de octubre, con aproximadamente el 97,3 % de los votos contabilizados, sitúa al bloque favorable al primer ministro en 54 escaños, frente a los 48 de la alianza opositora encabezada por el exgeneral Gadi Eisenkot. Las dos listas árabes, por su parte, reúnen 18 escaños en esta actualización.
La mayoría absoluta de la Knéset, el Parlamento israelí, es de 61 diputados sobre un total de 120. Esa diferencia de siete escaños es la que convierte el resultado en un problema de negociación más que en una victoria parlamentaria definitiva.
Las cifras todavía pueden cambiar con el escrutinio de los votos especiales, incluidos los emitidos por militares, pacientes hospitalizados, presos y otros electores habilitados para votar fuera de su mesa habitual. Por eso, el reparto actual debe entenderse como provisional y no como la composición definitiva del próximo Parlamento.
Likud gana, pero Netanyahu no tiene asegurado el Gobierno
El Likud, partido de Netanyahu, se mantiene como la principal fuerza individual, con 27 escaños en el recuento más reciente. Sin embargo, el tamaño de un partido no equivale a la capacidad de formar Gobierno: en el sistema parlamentario israelí, esa posibilidad depende de los apoyos que consiga reunir el candidato a primer ministro.
El bloque de Netanyahu está integrado por el Likud y sus aliados religiosos y nacionalistas: Shas, Judaísmo Unido de la Torá, Poder Judío y Sionismo Religioso.
La distribución provisional les concede siete escaños a Shas, siete a Judaísmo Unido de la Torá, siete a Poder Judío y seis a Sionismo Religioso. Sumados al Likud, conforman los 54 diputados que actualmente se atribuyen al bloque.
El resultado representa una reducción considerable frente a los 68 escaños que reunía esta alianza en la Knéset saliente, según los balances publicados durante el escrutinio. La pérdida de respaldo limita el margen de maniobra del primer ministro y aumenta la importancia de los partidos que no están comprometidos con ninguno de los dos bloques.
Eisenkot y la oposición: una mayoría que también exige acuerdos difíciles
La alianza opositora encabezada por Gadi Eisenkot, exjefe del Estado Mayor israelí, reúne 48 escaños en el recuento provisional.
Su coalición parlamentaria incluye a Yashar!, la formación de Eisenkot; Juntos, vinculada a Naftali Bennett y Yair Lapid; Los Demócratas e Israel Beitenu.

La oposición no alcanza por sí sola la mayoría absoluta. Necesita 13 diputados adicionales para llegar a 61, lo que la obliga a explorar entendimientos con fuerzas que mantienen diferencias políticas importantes.
Los partidos árabes, que representan mayoritariamente a ciudadanos palestinos de Israel, constituyen el grupo decisivo en términos aritméticos. La Lista Conjunta y Ra’am suman alrededor de 18 o 19 escaños, dependiendo de la actualización del escrutinio y de la asignación del último asiento.
Sin embargo, sumar sus votos no es una operación política automática. Existen diferencias sobre la relación entre las fuerzas árabes y los partidos sionistas, y algunas formaciones opositoras han descartado cooperar con ellas.
La Lista Conjunta ha expresado su disposición a contribuir a la salida de Netanyahu, incluso mediante un eventual respaldo externo, sin incorporarse formalmente a un Gobierno. La posibilidad de un acuerdo de ese tipo deberá superar tanto las diferencias ideológicas como las objeciones de otros partidos opositores.
¿Cómo puede Netanyahu volver a gobernar?
Con los resultados disponibles, se abren tres caminos principales.
- Mantener su alianza y conseguir nuevos apoyos.
Netanyahu necesitaría atraer a diputados o partidos que no forman parte de su coalición actual. Con 54 escaños, le faltan siete para la mayoría. La dificultad consiste en que esos apoyos tendrían que ser suficientes y políticamente compatibles con sus actuales socios religiosos y nacionalistas.
- Negociar un Gobierno de unidad nacional.
Una fórmula de unidad con sectores de la oposición podría permitir la formación de una mayoría más amplia. No obstante, obligaría a negociar la distribución de ministerios, las prioridades de seguridad, la política frente a los palestinos, el servicio militar obligatorio y las exenciones que benefician a sectores ultraortodoxos.
Para Netanyahu, esta alternativa implicaría aceptar compromisos que podrían generar tensiones con sus aliados más cercanos. Para Eisenkot y otros dirigentes opositores, supondría decidir si están dispuestos a compartir el poder con el primer ministro al que han cuestionado políticamente.
- Que la oposición intente formar un Gobierno alternativo.
Los 48 escaños de la alianza opositora, sumados a los de los partidos árabes, podrían superar matemáticamente los 61 necesarios. Pero la viabilidad de esa opción depende de que las fuerzas implicadas acuerden un mecanismo de cooperación y de que los partidos que rechazan esa alianza no bloqueen la fórmula.
Por eso, una mayoría aritmética no debe confundirse con una coalición política ya acordada.
Los partidos árabes, protagonistas inesperados de la negociación
La votación ha elevado el peso parlamentario de las formaciones árabes hasta una cifra histórica, cercana a los 19 escaños según algunos cortes del recuento.
Este resultado aumenta su capacidad para influir en la formación del próximo Gobierno, aunque no garantiza que vayan a participar en él. Su posición puede ser determinante en una negociación parlamentaria, en la eventual investidura de un candidato alternativo o en la decisión de facilitar un Gobierno desde fuera de la coalición.
La cuestión es especialmente delicada porque la relación entre los partidos árabes y las fuerzas sionistas sigue siendo uno de los puntos de mayor fricción en la política israelí.
El Likud, por su parte, ha denunciado presuntas irregularidades en algunas circunscripciones árabes y ha anunciado que trasladará sus señalamientos a las autoridades. Esas acusaciones deben tratarse como denuncias partidistas mientras no exista una determinación de los organismos competentes que las confirme.
La seguridad y las tensiones internas, detrás de las urnas
La elección también estuvo marcada por el debate sobre la gestión de los ataques del 7 de octubre de 2023, la conducción de la guerra y la responsabilidad política por los fallos de seguridad.
A ello se suma la discusión sobre las exenciones del servicio militar para los ultraortodoxos, un asunto que divide a los partidos religiosos y a sectores que reclaman una distribución más amplia de las obligaciones militares.
Estas diferencias no desaparecen con el cierre de las urnas. Por el contrario, se convierten en obstáculos concretos para cualquier acuerdo de coalición: un socio puede estar dispuesto a respaldar a Netanyahu en materia de seguridad, pero rechazar sus compromisos con los partidos ultraortodoxos; otro puede coincidir con la oposición en la necesidad de un cambio de Gobierno, pero no aceptar su relación con las formaciones árabes.
La composición del próximo Ejecutivo determinará, por tanto, no solo quién ocupa la oficina del primer ministro, sino también qué margen tendrá para tomar decisiones sobre seguridad, defensa, política territorial y asuntos internos.
¿Qué viene ahora?
Netanyahu permanece como primer ministro en funciones mientras se completa el proceso electoral y se negocia la formación de un nuevo Ejecutivo.
Una vez publicados los resultados oficiales, el presidente Isaac Herzog deberá consultar a las fuerzas políticas y encargar la formación del Gobierno al candidato que considere con mayores posibilidades de conseguir el respaldo parlamentario necesario.
Ese proceso puede tomar semanas. Si las negociaciones fracasan, Israel podría afrontar un nuevo bloqueo político y, eventualmente, otra convocatoria electoral.
Por ahora, el dato central es que Netanyahu conserva la primera posición de su bloque, pero no dispone de una mayoría propia. La oposición tampoco tiene asegurado el control del Parlamento y necesita resolver sus diferencias con las fuerzas árabes y entre sus propios integrantes.
La elección no ha definido todavía quién gobernará Israel. Ha trasladado la decisión a una negociación en la que cada escaño puede ser determinante. El resultado final del escrutinio y la capacidad de los dirigentes para alcanzar acuerdos serán los factores que permitan establecer si Netanyahu continúa en el poder, si se forma un Gobierno alternativo o si el país entra en una nueva etapa de bloqueo político
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