La radio tiene una particularidad: convierte las voces en parte de la vida de la gente. Hay locutores a quienes nunca se les estrechó la mano, pero acompañaron madrugadas, trancones, celebraciones, nostalgias y hasta duelos familiares. Por eso, cuando una de esas voces se apaga, el silencio pesa distinto.
La partida de Andy Pérez, con mas de 50 años detrás de los micrófonos impulsando exitos musicales, deja de luto a la radio y a quienes alguna vez compartieron con él un estudio, una cabina o simplemente el dial de un radio encendido. Director, programador musical, locutor y, sobre todo, apasionado por ese oficio que consiste en hablarle a miles de personas como si se les conociera de toda la vida, Andy hizo de la radio mucho más que un trabajo: la convirtió en su manera de habitar el mundo.
Andy Pérez quien tras el micrófono impulsó y pegó centenares de canciones en la radio de la ciudad murió hacia las 7:00 p.m. de este viernes en la Clínica Iberoamericana.
En su paso por Olímpica Estéreo, Pérez fue la mano derecha de Mike Char «con quien compartía muchos conceptos sobre los temas que debían predominar en la programación en especial aquellos tropicales», según cita el diario El Heraldo.
Siempre se apegó a la vieja forma de hacer radio, y sostenía que “prefiero escribir en una hoja de papel cada canción que sonará, eso para mí es la garantía de que los programadores cumplirán al pie de la letra el orden establecido”.
En las últimas horas las redes sociales se llenaron de mensajes que tienen un hilo común. No hablan únicamente de un profesional competente. Hablan de un hombre generoso con los nuevos talentos, de un compañero dispuesto a enseñar, de alguien que entendía la música como un puente entre las personas y no como una simple lista de canciones.
Quienes trabajaron con él recuerdan su obsesión por encontrar el tema indicado para el momento preciso. Sabía que una programación musical no se construye solo con éxitos, sino con emociones. Detrás de cada canción había una historia y detrás de cada turno al aire había horas de preparación que casi nadie veía.
En un tiempo en el que los algoritmos parecen decidir qué escuchamos, Andy seguía creyendo en el criterio humano. En ese oído entrenado que sabía cuándo una canción debía regresar, cuándo una voz necesitaba hacer una pausa o cuándo el silencio también podía comunicar.
Los homenajes publicados por colegas y amigos no están llenos de grandes discursos. Están llenos de recuerdos sencillos: una risa en cabina, un consejo antes de salir al aire, una llamada para recomendar un artista, un café compartido mientras la ciudad apenas despertaba. Son esos pequeños momentos los que terminan construyendo el verdadero legado de quienes trabajan detrás del micrófono.
Porque la radio tiene esa magia. El oyente suele recordar la voz, pero quienes hacen radio recuerdan, además, a la persona que estaba detrás de ella. Y es esa persona la que hoy extrañan.
Con la muerte de Andy Pérez no solo se despide un locutor. Se marcha uno de esos hombres que entendieron que la radio no consiste únicamente en llenar el aire de palabras o de música, sino en acompañar vidas. En estar presente sin ser visto. En convertirse, sin proponérselo, en parte de la rutina de miles de personas.
Hoy las cabinas seguirán encendiendo sus luces rojas. Los micrófonos volverán a abrirse. Las canciones continuarán sonando. Así funciona la radio: nunca se detiene. Pero quienes conocieron a Andy saben que habrá un espacio imposible de reemplazar. Porque algunas voces dejan de escucharse, pero nunca abandonan del todo la memoria de quienes aprendieron a reconocerlas.
Y quizá ese sea el mejor homenaje para un hombre de radio: que, aun cuando el micrófono se apaga para siempre, su voz siga encontrando un lugar en los recuerdos de la gente.
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