El presidente dice que fue a Manta a escribir su libro. Las investigaciones periodísticas ecuatorianas han reconstruido movimientos que siguen sin una explicación pública satisfactoria. Ahora, una fotografía que circula en redes vuelve a poner el episodio bajo sospecha. Si se demuestra que es auténtica y que corresponde al encuentro denunciado, la discusión dejará de ser una simple controversia mediática.
ANUAR SAAD 🔴Hora En Punto
Hay fotografías que duran unos segundos en las pantallas y otras que se quedan dando vueltas en la conciencia de un país. No necesariamente porque lo que muestran esté demostrado, sino porque plantean preguntas que el poder no puede despachar con un trino, una descalificación o una declaración de inocencia.
La fotografía que circula en redes sociales y que supuestamente muestra al presidente Gustavo Petro junto a José Adolfo Macías Villamar, alias Fito, pertenece, por ahora, a esa segunda categoría. Su autenticidad, su fecha y el contexto en que habría sido tomada necesitan una verificación independiente. Pero su aparición vuelve a poner sobre la mesa un episodio que nunca terminó de despejarse: la visita del mandatario colombiano a Manta, Ecuador, en mayo de 2025.
Petro sostuvo entonces que no había viajado a reunirse con un narcotraficante. Su explicación fue otra: había aprovechado la estadía frente al mar para escribir unas treinta páginas de su libro sobre la relación entre la acumulación de capital y la crisis climática.
Una escena casi literaria: el presidente, el océano Pacífico, la soledad y un manuscrito en construcción.
El problema es que alrededor de aquel retiro presidencial quedaron demasiadas preguntas sin resolver.
Manta: tres días que no han terminado
La controversia comenzó después de la posesión de Daniel Noboa, cuando se conoció que Petro había permanecido en Manta entre el 24 y el 26 de mayo de 2025. La visita a esa ciudad no aparecía en los mismos términos en la comunicación enviada al Congreso sobre el desplazamiento oficial. Desde entonces, el motivo del viaje y las circunstancias de su estadía han sido objeto de controversia.
El Gobierno colombiano negó categóricamente que el presidente se hubiera reunido con Fito o con emisarios suyos. Petro también rechazó esa versión y aseguró que había viajado a escribir.
Pero las preguntas no desaparecieron. En julio de 2025, el diario El Colombiano publicó detalles de la visita y recogió declaraciones del entonces ministro del Interior ecuatoriano, John Reimberg, quien confirmó la presencia del mandatario en Manta, aunque aclaró que no podía asegurar con quién se había reunido. El periódico también informó sobre una carta atribuida a Fito que había llegado a la Cancillería colombiana y en la que el narcotraficante solicitaba intermediación y garantías para entregarse.
Meses después, las publicaciones de los medios ecuatorianos Código Vidrio y Vistazo, retomadas por El Espectador en abril de 2026, volvieron sobre los movimientos registrados durante la estadía presidencial y sobre presuntos contactos entre personas vinculadas a la seguridad colombiana y representantes del entorno del capo.
Son reportes periodísticos que deben examinarse con rigor. No constituyen, por sí mismos, una demostración de que Petro se haya sentado frente a Fito.

Y aquí está el punto esencial: una cosa es acreditar que el presidente estuvo en Manta; otra, determinar qué ocurrió dentro de la residencia en la que se alojó. La primera cuestión está documentada. La segunda continúa siendo el centro de la disputa.
La nueva fotografía, si supera una verificación técnica y contextual seria, podría aportar una pieza importante. Pero no basta con que una imagen parezca convincente en una pantalla.
¿Quién es Fito y por qué importa?
Para entender la dimensión del escándalo hay que saber quién es el hombre que aparece en el centro de esta historia.
José Adolfo Macías Villamar fue el jefe de Los Choneros, una de las organizaciones criminales más violentas de Ecuador. Su estructura estuvo vinculada al narcotráfico internacional, al tráfico de armas y a redes de violencia que extendieron su influencia dentro y fuera de las cárceles ecuatorianas.
En febrero de 2024, el Departamento del Tesoro de Estados Unidos sancionó a Fito y a Los Choneros por su relación con el narcotráfico. En abril de 2025, la Fiscalía federal estadounidense anunció una acusación contra Macías por presuntos delitos de tráfico internacional de cocaína y armas, entre otros cargos. Las autoridades estadounidenses describieron a Los Choneros como una organización criminal transnacional con conexiones con el cartel de Sinaloa.
Fito se fugó de prisión en enero de 2024, un episodio que agravó la crisis de seguridad ecuatoriana y llevó al Gobierno de Daniel Noboa a declarar un conflicto armado interno contra organizaciones criminales. Fue recapturado en junio de 2025 y extraditado a Estados Unidos en julio de ese año.
Es decir, no estamos hablando de un personaje secundario del bajo mundo, ni de un empresario cuya fotografía con un gobernante pueda explicarse como un encuentro social sin mayores implicaciones. Estamos hablando de un hombre que encabezó una estructura criminal de alcance transnacional y que terminó en manos de la justicia estadounidense.
Por eso, cualquier evidencia verificable de un encuentro suyo con un presidente en ejercicio tendría que examinarse con la máxima seriedad.
La fotografía y el examen de la verdad
En la era de la inteligencia artificial, una imagen puede ser una prueba, una manipulación o una mezcla de ambas cosas. Los programas de análisis visual pueden señalar inconsistencias, pero también pueden equivocarse. No reemplazan el examen del archivo original, los metadatos disponibles, la procedencia de la fotografía, la identificación de los participantes ni la corroboración mediante fuentes independientes.
Que Grok u otra inteligencia artificial considere que una imagen tiene características compatibles con una fotografía auténtica no equivale a certificar su autenticidad. Tampoco permite establecer por sí solo la fecha, el lugar o las circunstancias en que fue captada.
Por eso, la pregunta periodística no consiste simplemente en determinar si la imagen parece real. Consiste en establecer quién la tomó, cuándo, dónde, quién la publicó inicialmente y si existen otros registros que corroboren lo que muestra.
Si el material resulta auténtico y corresponde al encuentro que se denuncia, el presidente tendría que explicar una contradicción de enorme importancia entre su versión pública y la evidencia disponible.
Si, por el contrario, la fotografía es falsa, está manipulada o corresponde a otro contexto, también habrá que decirlo con la misma claridad. La credibilidad del periodismo depende de no convertir una sospecha en sentencia.
Pero hay algo que ninguna de esas dos posibilidades elimina: la obligación de esclarecer una visita presidencial que ya había generado interrogantes antes de que esta imagen volviera a circular.
¿Qué significaría para Colombia?
La eventual comprobación de un encuentro entre Petro y Fito abriría interrogantes políticos, institucionales y judiciales. Su alcance dependería de las circunstancias, del propósito de la reunión y de las pruebas que pudieran establecerse.
¿Hubo algún tipo de intermediación? ¿Se habló de seguridad, de una eventual entrega a las autoridades o de asuntos relacionados con organizaciones armadas? ¿Participaron funcionarios o intermediarios colombianos? ¿Existieron comunicaciones oficiales o registros de seguridad que permitieran reconstruir lo ocurrido?
Son preguntas, no conclusiones. Y deben responderse con documentos, testimonios corroborados y actuaciones de las autoridades competentes, no mediante especulaciones en redes sociales.
En Colombia, además, la controversia tiene una dimensión institucional. El presidente no es un ciudadano que pueda explicar todos sus desplazamientos como asuntos estrictamente privados. Sus viajes al exterior involucran protocolos diplomáticos, esquemas de seguridad y responsabilidades de información ante los órganos competentes.
La discusión sobre la visita a Manta ya había planteado dudas sobre la transparencia del desplazamiento. Si apareciera evidencia sólida de un contacto con un jefe criminal, sería necesario establecer si ese encuentro ocurrió, por qué se produjo y si tuvo alguna relación con decisiones o gestiones del Estado colombiano.
No sería legítimo deducir automáticamente un delito de una fotografía. Pero tampoco sería razonable tratar una evidencia auténtica de semejante naturaleza como si careciera de importancia política.
La diferencia entre una crisis de imagen y una crisis institucional estaría en lo que las pruebas permitieran demostrar.
La paz, el narcotráfico y la responsabilidad presidencial
Petro ha defendido su política de paz como una apuesta para reducir la violencia y buscar salidas negociadas a conflictos que llevan décadas golpeando al país. Ese propósito, sin embargo, no elimina la obligación de establecer límites claros entre una política pública de diálogo y cualquier eventual contacto con estructuras criminales.
Si un mandatario busca interlocución con actores armados dentro de un marco institucional, debe existir una explicación verificable sobre el propósito, los canales y las condiciones de esa gestión. Si se tratara de una conversación informal o clandestina con un jefe del narcotráfico, la discusión sería sustancialmente distinta.
Por eso, el eventual encuentro con Fito no puede analizarse únicamente desde la confrontación entre partidarios y detractores del presidente. La pregunta de fondo es si se respetaron las obligaciones del cargo y si existió alguna gestión relacionada con intereses criminales.
La respuesta no puede anticiparse. Pero tampoco puede reemplazarse por un acto de fe, ni a favor ni en contra del mandatario.
El costo de las explicaciones incompletas
El Gobierno colombiano ha negado la reunión. Petro ha sostenido que estuvo en Manta escribiendo su libro. Esas son las versiones oficiales conocidas. Los reportes periodísticos ecuatorianos han planteado interrogantes adicionales, y la fotografía que ahora circula requiere una comprobación que permita establecer su valor probatorio.
El país necesita algo más que una sucesión de negaciones, desmentidos y acusaciones cruzadas. Necesita una reconstrucción verificable de lo ocurrido durante aquellos días de mayo de 2025.
Si la fotografía no es auténtica, corresponde demostrarlo con elementos técnicos y explicar su origen. Si es auténtica, corresponde establecer qué muestra realmente y qué relación guarda con la visita presidencial. Y si hay elementos que sugieran una conducta irregular, serán las autoridades competentes las que deban investigarlos con independencia y respeto por el debido proceso.
En política, la confianza se deteriora cuando las preguntas legítimas se responden con evasivas o cuando las acusaciones se lanzan sin pruebas. El remedio no es escoger de antemano a quién creerle. Es exigir evidencia.
La historia de Manta sigue abierta en la opinión pública. Y una fotografía, por sí sola, no puede cerrarla ni resolverla.
Pero si esa imagen llega a ser autenticada, contextualizada y corroborada por fuentes independientes, el Gobierno ya no estaría ante un simple rumor de redes. Estaría obligado a responder preguntas concretas sobre una visita que, desde el comienzo, necesitaba explicaciones.
Porque escribir un libro frente al mar no tiene nada de extraordinario. Lo extraordinario sería que, después de tantos meses, Colombia todavía no pudiera conocer con claridad qué ocurrió durante una visita presidencial que terminó convertida en un asunto de interés público.
Y esa es, al final, la pregunta que Manta sigue dejando sobre la mesa: ¿qué pasó realmente durante aquellos tres días y qué pruebas permitirán saberlo?
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