Madrid amaneció este sábado hablando de Shakira. Pero durante unas horas, la capital española también habló de Barranquilla. Y no lo hizo en voz baja. Lo hizo con tambores, cumbia, marimondas, Congo, color y esa alegría desbordada que los barranquilleros llevan como una segunda piel.
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La noche del viernes 18 de septiembre no fue simplemente el comienzo de una serie de conciertos. Fue, de alguna manera, el viaje de regreso a casa de una mujer que salió de Barranquilla para conquistar el mundo y que ahora decidió llevar un pedazo de su tierra hasta el corazón de Europa.
Más de 50.000 personas llegaron al recinto Iberdrola Music para la primera de las doce presentaciones que Shakira ofrecerá en Madrid como parte de su gira Las Mujeres Ya No Lloran. El escenario, construido especialmente para esta residencia y convertido en una suerte de ciudad cultural bajo el nombre de Macondo Park, terminó siendo mucho más que el lugar de un concierto.
Fue una noche de esas en las que la música deja de ser solamente música.
Porque cuando Shakira apareció en escena, Madrid recibió a la artista internacional. Pero cuando comenzaron a sentirse los sonidos del Caribe, apareció también la niña barranquillera que alguna vez soñó con cantar más allá de las fronteras de su ciudad.
Y entonces Barranquilla se metió en el espectáculo.
Más de 130 hacedores del Carnaval llevaron hasta Macondo Park una muestra de esa fiesta que cada año convierte a la ciudad en una explosión de música, danza y tradición. Congo Grande, cumbiambas, marimondas y otras expresiones patrimoniales acompañaron la jornada y transformaron por momentos aquel espacio madrileño en una prolongación de la Carrera 44.
Era difícil no imaginar que, por un instante, Madrid se había equivocado de calendario. No era febrero. No había Vía 40.No estaba la Batalla de Flores.
Pero estaban los disfraces, los tambores, la cumbia, el movimiento de las polleras y esa manera tan nuestra de entender la fiesta: celebrarla como si la alegría fuera un asunto serio.
Y quizás eso fue lo más emocionante. Porque Shakira no necesitaba demostrarle al mundo que era colombiana. Hace décadas que lo sabe el mundo. Lo que hizo en Madrid fue algo distinto: mostrar de dónde viene esa colombiana que conquistó escenarios en los cinco continentes.
Su recorrido musical fue también un recorrido por su propia historia. Desde las canciones de sus primeros años hasta los grandes éxitos que la convirtieron en una figura planetaria, la barranquillera atravesó más de tres décadas de carrera frente a un público que cantó, bailó y acompañó prácticamente cada estación de su vida artística.
Hubo rock, pop, reguetón, baladas y cumbia. Hubo recuerdos y hubo presente.
Y hubo, sobre todo, una Shakira que parece haber entendido que su mayor fortaleza no está solamente en sus canciones, sino en la capacidad de convertir su propia historia en una historia colectiva.
Madrid respondió.
Decenas de miles de voces acompañaron sus canciones y terminaron convirtiendo el recinto en una gigantesca pista de baile. Los éxitos más recientes convivieron con aquellos que marcaron generaciones enteras. Y cuando llegaron canciones como Waka Waka y otros de sus himnos internacionales, la frontera entre Madrid y Latinoamérica prácticamente desapareció.
Pero había algo más.
En medio de aquel espectáculo monumental, de las pantallas, las luces, las coreografías y los cambios de vestuario, estaba ese hilo invisible que conecta a Shakira con Barranquilla.
Porque detrás de la estrella mundial sigue estando aquella muchacha que creció escuchando los sonidos del Caribe.
La misma que entendió desde temprano que la música podía ser un pasaporte.
Y ahora, tantos años después, ese pasaporte tiene una dirección de regreso: Barranquilla.
La presencia del Carnaval en Madrid no fue un simple adorno para acompañar la residencia. La propuesta fue concebida como un pequeño Carnaval itinerante dentro de Macondo Park, con música de caña de millo y gaita, porros, bullerengue, fandangos y otros sonidos del Caribe colombiano. Incluso Te Olvidé, el himno del Carnaval de Barranquilla, tuvo su lugar en esta celebración.
Eso explica por qué la primera noche tuvo una emoción diferente.
Shakira estaba en Madrid, sí.
Pero Barranquilla también estaba allí.
Estaba en los tambores.
En los colores.
En las danzas.
En los cuerpos que bailaban.
En la sonrisa de quienes llegaron desde Colombia para acompañar esta fiesta.
Y en ese orgullo difícil de explicar que siente un barranquillero cuando descubre que, a miles de kilómetros de casa, alguien está pronunciando el nombre de su ciudad sin necesidad de decirlo.
Shakira lo lleva puesto.
Lo lleva en su música, en sus movimientos, en su manera de entender el espectáculo y, ahora, literalmente, en el Carnaval que decidió llevarse consigo hasta España.
La primera noche terminó, pero Madrid apenas comienza a vivir la experiencia. Quedan once presentaciones más, repartidas hasta el 11 de octubre, en una residencia que convirtió el regreso de Shakira a España en un acontecimiento musical y cultural.
Y mientras Madrid seguirá cantando Loba, Antología, Hips Don’t Lie, Waka Waka, Chantaje y sus canciones más recientes, en Barranquilla seguramente habrá quienes miren las imágenes que llegan desde España y sonrían con una certeza sencilla: esa mujer que está haciendo vibrar a Madrid es de aquí.
Nació en Barranquilla.
Creció entre el Caribe y sus sonidos.
Aprendió a bailar con el ritmo de esta tierra.
Y ahora, convertida en una de las artistas más reconocidas del planeta, volvió a hacer lo que mejor sabe hacer:
llevar a Barranquilla con ella.
Esta vez hasta Madrid.
Y Madrid, por una noche, también se dejó contagiar de Carnaval
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