A las 7:34 de la mañana Colombia dejó de ser la misma por unos minutos.
En las casas, en las oficinas, en los hospitales, en los colegios, en los restaurantes que apenas comenzaban a levantar sus persianas y en las calles que empezaban a llenarse con el movimiento habitual de un lunes, algo que venía desde lo profundo de la tierra comenzó a moverlo todo. Primero fueron las ventanas. Después las paredes. Luego los edificios completos. Y finalmente apareció ese ruido que quienes lo vivieron difícilmente podrán olvidar: el sonido seco de una ciudad que se rompe.
El terremoto tuvo una magnitud de 7,4 y su epicentro fue localizado cerca de San José del Palmar, en Chocó. El Servicio Geológico Colombiano estableció inicialmente una profundidad cercana a los 96 kilómetros, mientras otras mediciones la han situado algo más abajo. La sacudida se sintió en buena parte del país y también alcanzó a Ecuador y Panamá.
Pero los números, por impresionantes que sean, apenas consiguen explicar lo que ocurrió.
La tierra se movió durante varios minutos y para miles de colombianos pareció no terminar nunca. Algunos testimonios hablan de una sensación de movimiento prolongado, casi interminable. El País reportó una duración aproximada de cuatro minutos, aunque la percepción varió considerablemente de acuerdo con la distancia al epicentro y las características de cada lugar.
Cuatro minutos pueden parecer poca cosa cuando se miran en el reloj. Bajo un techo que se está viniendo abajo son una eternidad.
El primer balance llegó acompañado de silencio
Doce horas después, el país ya conocía la dimensión de una tragedia que durante los primeros minutos parecía imposible de medir.
El Gobierno reportaba 111 personas fallecidas y 87 heridas, pero advertía que el número podía aumentar porque continuaban las labores de búsqueda en edificios colapsados. Al menos 61 edificaciones habían quedado completamente destruidas y unas 1.575 viviendas presentaban daños, además de afectaciones en centros de salud, instituciones educativas, vías y aeropuertos.
El drama se concentró especialmente en el Eje Cafetero y el suroccidente.
Pereira y Dosquebradas se convirtieron en uno de los rostros más dolorosos de la emergencia. Más de la mitad de los fallecidos se concentraban en esa zona, mientras las autoridades hablaban de más de un centenar de personas desaparecidas.
En Cali hubo edificios parcialmente colapsados, personas atrapadas y escenas que rápidamente comenzaron a circular por teléfonos celulares. En Manizales se reportaron estructuras destruidas o seriamente afectadas y daños en una de las torres de la catedral. Quibdó y diferentes municipios de Chocó enfrentaron además un problema que suele ser menos visible en las grandes tragedias: la dificultad para comunicarse y llegar hasta las comunidades rurales.

En total, los primeros reportes hablaban de 18 centros de salud afectados, 52 establecimientos educativos averiados, 17 centros comunitarios con daños, 18 vías comprometidas y seis aeropuertos afectados en su infraestructura, además de un aeropuerto con daños en la pista.
El país que había amanecido con una rutina de lunes terminó la mañana mirando fotografías de fachadas desprendidas, calles cubiertas de polvo, vidrios rotos, carros golpeados y familias enteras sentadas en andenes porque ya no se atrevían a entrar a sus casas.
En Cali, una silla se convirtió en refugio
Entre las historias que comenzaron a aparecer en las redes sociales está la de Carlos Alberto Patiño, un habitante de Cali que quedó atrapado junto con su esposa y su hijo cuando la estructura de su vivienda comenzó a desplomarse.
Patiño contó que escuchó primero un ruido muy fuerte. Después vio cómo la construcción empezaba a desbaratarse. En medio de la desesperación alcanzó a mirar una silla.
No era una estructura antisísmica ni un equipo de rescate. Era simplemente una silla.
La utilizó como escudo y pidió a su esposa y a su hijo que protegieran la cabeza debajo de ella. Poco después quedaron atrapados entre los escombros y el polvo.
La familia permaneció allí hasta que apareció un pequeño espacio por el cual pudieron salir arrastrándose.
Los tres sobrevivieron.
La historia tiene algo de absurdo y de milagro, como tantas historias que aparecen después de una catástrofe. Una silla cualquiera, de esas que uno no mira dos veces durante el día, terminó protegiendo a una familia cuando el techo de su casa comenzó a caer.
No todos tuvieron esa suerte.
En Cali también fueron registrados rescates de personas atrapadas en estructuras parcialmente colapsadas, entre ellas un paciente que se encontraba dentro de un hospital afectado por el movimiento. Bomberos, organismos de socorro y ciudadanos terminaron trabajando juntos en medio de los escombros.
Y esa fue otra de las imágenes que dejó este lunes: la de los ciudadanos ayudando a los ciudadanos.
Hombres con cascos, bomberos cubiertos de polvo, policías, miembros de la Defensa Civil, voluntarios y vecinos buscando con las manos, apartando pedazos de concreto, llamando a quienes podían estar debajo. En algunos lugares la tecnología ayudó. En otros, el silencio fue la herramienta más importante.
Porque cuando hay alguien atrapado debajo de una estructura, a veces lo único que necesitan los rescatistas es que nadie grite.

Pereira, una ciudad que aprendió nuevamente el miedo
Pereira recibió uno de los golpes más fuertes.
El aeropuerto sufrió daños y numerosas edificaciones presentaron afectaciones estructurales. La ciudad y su vecina Dosquebradas concentraron una parte considerable de las víctimas y de las personas que permanecían desaparecidas.
La escena se repitió durante horas: familias buscando nombres, teléfonos que no contestaban, hospitales recibiendo heridos y ciudadanos intentando saber si sus padres, hijos, hermanos o amigos estaban vivos.
En las tragedias de esta magnitud la incertidumbre tiene una forma particular de tortura. Saber que alguien puede estar atrapado es doloroso. No saber dónde está es todavía peor.
En las redes comenzaron a aparecer fotografías de edificios dañados, videos grabados segundos después del movimiento y llamados desesperados para localizar familiares.
La tecnología, que tantas veces sirve para distraernos, se convirtió hoy en una especie de tablero nacional de supervivencia.
WhatsApp sirvió para preguntar quién estaba vivo. Las redes sirvieron para ubicar personas. Los videos mostraron dónde había edificios caídos. Y también, como suele ocurrir en las grandes emergencias, aparecieron rumores, fotografías antiguas y datos falsos que obligaron a las autoridades a pedir prudencia.
Manizales también quedó herida
En Manizales, el alcalde Jorge Eduardo Rojas describió una situación crítica, con más de una docena de edificios parcial o totalmente destruidos y más de veinte viviendas afectadas. También informó de fugas de gas y problemas eléctricos, mientras los organismos de socorro trabajaban para evacuar sectores considerados peligrosos.
La imagen de la ciudad con la arquitectura golpeada recordó inmediatamente que el Eje Cafetero conoce demasiado bien el lenguaje de los terremotos.

En 1999 fue Armenia.
Hoy el miedo volvió a caminar por las mismas montañas.
La diferencia es que esta vez el movimiento tuvo su origen mucho más al occidente, en el Chocó, pero las ondas encontraron una región densamente poblada y extendieron sus efectos por ciudades separadas por decenas y cientos de kilómetros.
Y en el Chocó, donde comenzó todo
San José del Palmar, un municipio pequeño y montañoso, quedó en el centro del mapa sísmico nacional.
Es una paradoja cruel: el epicentro se ubicó en una zona de menor densidad poblacional, pero el movimiento encontró en otras ciudades construcciones, hospitales, viviendas y edificios que terminaron pagando el precio de la energía liberada bajo la tierra.
En Quibdó y otros municipios chocoanos se reportaron daños y víctimas, mientras la conectividad con zonas rurales se convirtió en uno de los grandes problemas de las primeras horas.
Allí, la emergencia no se mide únicamente por el número de edificios que se derrumbaron. También se mide por la distancia, por las carreteras difíciles, por las comunidades apartadas y por la posibilidad de que todavía existan lugares de los que, doce horas después, las autoridades no tengan un diagnóstico completo.
Abelardo, tres días después de llegar al poder
Hay una circunstancia política que convierte esta tragedia en algo todavía más particular.
Abelardo de la Espriella llevaba apenas tres días en la Presidencia cuando tuvo que enfrentar su primera gran emergencia nacional.
La agenda que había comenzado con la posesión, los anuncios de gobierno, las discusiones políticas y las expectativas sobre su administración quedó suspendida de golpe. El nuevo Gobierno tuvo que pasar de los discursos a los escombros.
El presidente asumió personalmente la coordinación de la emergencia, convocó el Puesto de Mando Unificado y ordenó la movilización de las capacidades nacionales de respuesta. Posteriormente, el Gobierno declaró el desastre de carácter nacional, una decisión destinada a facilitar la coordinación institucional y la utilización de recursos para atender la emergencia.
De la Espriella anunció además su desplazamiento hacia las zonas más afectadas y recibió reportes permanentes sobre las operaciones de búsqueda y rescate.
La primera prueba de un gobierno suele llegar mucho antes de lo que cualquiera imagina.
Para este Gobierno llegó al tercer día.
Y no llegó en un debate del Congreso ni en una crisis política, sino bajo toneladas de concreto.
La pregunta que empieza a hacerse el país no es todavía qué tan bueno o malo será el nuevo Gobierno. Eso vendrá después. Por ahora la pregunta es mucho más elemental: qué tan rápido puede responder el Estado cuando la vida de miles de personas depende de que una máquina llegue, un médico esté disponible, una carretera sea despejada o un rescatista pueda entrar a un edificio que amenaza con venirse abajo.
Colombia volvió a descubrirse solidaria
En medio de las imágenes más duras también aparecieron otras que explican por qué las tragedias terminan revelando una parte distinta de los países.
Vecinos ayudando a vecinos. Personas sacando agua de sus casas para repartirla. Voluntarios cargando alimentos. Ciudadanos buscando herramientas para ayudar a remover escombros. Familias que ofrecieron sus viviendas a quienes no querían regresar a edificios afectados.
Y futbolistas colombianos, muchos de ellos nacidos precisamente en el Chocó, utilizaron sus redes para enviar mensajes de solidaridad.
Jhon Arias, Carlos Andrés Gómez, Jhon Córdoba y Luis Díaz expresaron públicamente su respaldo a las comunidades afectadas. Arias habló de su preocupación por Quibdó y por las comunidades del Chocó, Valle del Cauca y Eje Cafetero.
El fútbol, que tantas veces divide al país en noventa minutos, hoy terminó sirviendo para recordar que detrás de cada camiseta hay una ciudad, una familia y una historia.
También llegaron ofrecimientos de ayuda internacional. Ecuador puso a disposición un equipo especializado de búsqueda y rescate con 47 rescatistas, perros entrenados y equipos para operar durante varios días. Otros gobiernos, organismos internacionales y Naciones Unidas expresaron su disposición a colaborar.
El peligro todavía no terminó
El terremoto terminó.
La emergencia, no.
Durante las horas posteriores se registraron réplicas, incluida una de magnitud 4,8 cerca de San José del Palmar. Los organismos de socorro mantienen la advertencia de no regresar a edificaciones que presenten daños estructurales hasta que sean revisadas por especialistas.
Y hay otra razón para mantener la prudencia: muchas estructuras que sobrevivieron al primer movimiento pueden haber quedado debilitadas.
Por eso, esta noche miles de colombianos dormirán en parques, calles, coliseos, albergues o casas de familiares. No porque hayan perdido necesariamente sus viviendas, sino porque después de sentir cómo una ciudad entera se mueve debajo de los pies, volver a dormir bajo un techo requiere algo que hoy muchos todavía no tienen: confianza.
Las autoridades han habilitado albergues temporales y comenzaron a organizar centros de acopio. Agua, alimentos, cobijas, colchonetas, elementos de higiene y primeros auxilios empiezan a convertirse en las palabras más repetidas en las zonas afectadas.
Doce horas después
A las siete y treinta y cuatro de la mañana Colombia sintió cómo la tierra le recordaba que debajo de las carreteras, los edificios, las iglesias y las casas existe un país que se mueve.
Doce horas después hay 111 nombres que ya no volverán a casa, aunque esa cifra probablemente todavía cambie.
Hay 87 personas heridas.
Hay familias buscando desaparecidos.
Hay viviendas que ya no existen, hospitales que deben ser revisados, escuelas que no podrán recibir estudiantes y aeropuertos que tendrán que esperar hasta que los ingenieros determinen que volver a operar es seguro.
Hay ciudades enteras tratando de entender qué pasó.
Y hay también una silla que salvó a una familia en Cali, un paciente que fue sacado de un hospital parcialmente colapsado, rescatistas trabajando junto a ciudadanos y personas que esta noche todavía remueven piedras con la esperanza de escuchar una voz debajo de ellas.
Eso es quizás lo más importante de estas primeras doce horas.
Que debajo de los escombros todavía puede haber vida.
Por eso las máquinas no se detienen.
Los perros siguen buscando.
Los rescatistas siguen escuchando.
Y las familias siguen esperando.
Colombia amaneció hoy pensando en un lunes cualquiera y terminará la noche contando muertos, revisando grietas y abrazando a los que logró encontrar.
La tierra se movió durante unos minutos.
El miedo, en cambio, va a durar mucho más.
Pero también va a durar la esperanza de quienes todavía esperan que, entre el concreto roto y el polvo, aparezca una mano
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