4 de junio de 2026

Desmitificando la mentira repetida: ¿por ser de derecha tiene que ser fascista?

Por ANUAR SAAD | Hora En Punto 🔴

En el debate político contemporáneo, y especialmente en los últimos cuatro años en Colombia, se ha vuelto frecuente que sectores de izquierda dura califiquen a sus adversarios de «fascistas». La palabra fascismo se ha convertido así en un arma retórica para asustar electores, más que en un concepto de análisis.

Sin embargo, una mirada filosófica más profunda obliga a preguntarse si el fascismo es únicamente una ideología de derecha o si, por el contrario, representa una forma de ejercicio del poder que puede manifestarse en cualquier extremo político.

El filósofo italiano Umberto Eco, quien vivió durante el régimen de Benito Mussolini, sostenía que el fascismo no debe entenderse solamente «como un conjunto rígido de doctrinas económicas o políticas, sino como una cultura política caracterizada por el autoritarismo, el culto al líder, la intolerancia hacia el pensamiento crítico y la pretensión de imponer una verdad única».

En su célebre ensayo «Ur-Fascismo», Eco advertía que el fascismo puede reaparecer bajo nuevas formas y con distintos disfraces ideológicos.

Desde esta perspectiva, el fascismo no sería exclusivamente una cuestión de derecha o izquierda, sino una patología del poder.

La historia ofrece ejemplos reveladores. Los regímenes comunistas de la Unión Soviética bajo Joseph Stalin, de China durante la Revolución Cultural de Mao Zedong o de Camboya bajo Pol Pot fueron oficialmente de izquierda. Sin embargo, concentraron enormes cuotas de poder estatal, reprimieron la disidencia, controlaron la prensa, persiguieron opositores y sometieron la vida social a los objetivos ideológicos del partido gobernante.

La filósofa política Hannah Arendt, en «Los orígenes del totalitarismo», planteó precisamente que el nazismo y el estalinismo compartían elementos estructurales fundamentales. Aunque procedían de doctrinas distintas, ambos desarrollaron mecanismos semejantes de control social, propaganda, vigilancia y subordinación del individuo al Estado.

Arendt no equiparó moralmente todas las ideologías, pero sí mostró que los extremos políticos pueden converger en formas similares de dominación.

Esta observación resulta especialmente relevante en las democracias contemporáneas. El riesgo no surge únicamente cuando un gobierno se declara fascista, sino cuando cualquier gobierno, sea de derecha o de izquierda, comienza a asumir que representa la única verdad legítima y que deslegitimiza las voces contrarias a sus intereses.

El filósofo liberal Karl Popper llamó a este fenómeno «la sociedad cerrada». Según Popper, el principal peligro para la democracia aparece cuando un movimiento político cree poseer una verdad histórica absoluta y considera que las instituciones democráticas son obstáculos para imponerla, incluyendo ahí a «proyectos revolucionarios» de extrema izquierda.

La estatización excesiva de la sociedad constituye otro punto de reflexión. Cuando el Estado pretende controlar todos los aspectos de la vida económica, cultural y social, el ciudadano corre el riesgo de convertirse en un simple instrumento del proyecto político dominante.

Benito Mussolini resumía esta visión en una frase célebre: «Todo dentro del Estado, nada fuera del Estado, nada contra el Estado». Aunque pronunciada por un líder fascista, la lógica subyacente puede reaparecer en sistemas políticos de distintos signos ideológicos cuando el poder público invade progresivamente espacios de autonomía individual.

Asimismo, el uso partidista de los medios públicos representa una preocupación recurrente para los teóricos de la democracia. Un medio estatal existe para servir a toda la ciudadanía, no para convertirse en plataforma de propaganda de un gobierno específico, cosa que hace y sigue haciendo el gobierno de Gustavo Petro, a través de la televisión y radio públicas, y que ademas, le caben otros atributos que están encasillados en lo que se reconoce como fascismo: el culto al líder, la intolerancia hacia el pensamiento crítico y la pretensión de imponer una verdad única y un único discurso verdadero, como lo señalé anteriormente.

Cuando los recursos públicos se utilizan para promover una visión política única o para desacreditar sistemáticamente a la oposición, se debilita el pluralismo que constituye la esencia de la democracia liberal.

El economista y filósofo Friedrich Hayek advertía que la concentración creciente de poder estatal, incluso cuando nace de objetivos nobles, puede terminar erosionando las libertades individuales. Su preocupación estaba dirigida  contra cualquier forma de centralización excesiva del poder.

Por ello, quizá el error más frecuente en el debate actual consiste en identificar el fascismo únicamente con una etiqueta ideológica. Más importante que preguntarse si un gobierno es de derecha o de izquierda es examinar cómo ejerce el poder.

¿Respeta la separación de poderes? ¿Tolera la crítica? ¿Garantiza la libertad de prensa? ¿Permite la competencia política en igualdad de condiciones? ¿Reconoce la legitimidad de sus opositores? ¿Reconoce la derrota electoral?¿No incendia el país cuando los resultados no le son favorables?

Estas preguntas ofrecen un criterio más útil que los eslóganes partidistas y las alegres acusaciones de fascismo a quien no piensa como ellos.

Lo cierto es que la verdadera amenaza para una sociedad libre no proviene exclusivamente de una ideología determinada, sino de la tentación permanente de convertir el poder político en una verdad absoluta. Cuando un gobierno, cualquiera que sea su orientación doctrinal, pretende monopolizar la verdad, (cosas frecuente en el gobierno Petro) controlar las instituciones, colonizar los medios de comunicación publicos y reducir el espacio para la discrepancia, comienza a transitar por una senda que la historia ha enseñado a reconocer.

El fascismo, entendido como culto al poder y negación del pluralismo, no pertenece exclusivamente a la derecha ni a la izquierda. Pertenece al terreno más peligroso de la política: aquel en el que el gobernante deja de verse como administrador temporal de una democracia y empieza a considerarse intérprete exclusivo del destino de una nación y quiere, explícita o soterradamente, mantenerse a como dé lugar en el poder…

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