20 de junio de 2026

Colombia decide: llegó la hora de la verdad

A las ocho de la mañana de este domingo, más de cuarenta millones de colombianos tendrán en sus manos una responsabilidad que trasciende a los candidatos, a los partidos y a las ideologías. Será la hora de decidir quién conducirá los destinos del país durante los próximos cuatro años, pero también será la hora de demostrar que nuestra democracia es más fuerte que la polarización que hoy divide a la nación.

La campaña que termina ha sido, quizás, una de las más intensas y confrontacionales de las últimas décadas. De un lado, Abelardo de la Espriella ha construido su propuesta alrededor de la seguridad, la autoridad del Estado, la lucha contra el narcotráfico y el terrorismo, sin olvidar la inversión social, conectando con un amplio sector ciudadano que considera que Colombia necesita recuperar el control territorial y fortalecer las instituciones.

Del otro, Iván Cepeda representa la continuidad de buena parte de las políticas impulsadas por el presidente Gustavo Petro, con énfasis en la agenda social, la implementación de acuerdos de paz y una visión progresista del Estado. Ambos encarnan proyectos profundamente distintos para el país.

Los análisis nacionales e internacionales coinciden en que esta segunda vuelta ha terminado convirtiéndose en una elección de contrastes, donde los colombianos parecen debatirse entre dos visiones opuestas sobre cómo enfrentar los desafíos de seguridad, desarrollo económico, justicia social y gobernabilidad.

Pero mañana no debería ser recordado únicamente como el día en que ganó la derecha o la izquierda. Tampoco como la victoria de una corriente política sobre otra. Lo verdaderamente importante es que Colombia tenga la madurez suficiente para demostrar que las diferencias ideológicas pueden resolverse en las urnas y no en las calles.

La democracia no termina cuando depositamos el voto. En realidad, comienza allí. Votar es un derecho; aceptar los resultados es una obligación democrática. Ningún candidato está por encima de las instituciones. Ninguna causa política justifica la violencia. Ninguna diferencia ideológica puede convertirse en excusa para desconocer la voluntad popular expresada en las urnas.

Por eso resultan oportunos los llamados que, desde distintos sectores, se han hecho durante las últimas horas para mantener la calma, respetar el proceso electoral y actuar con serenidad una vez se conozcan los resultados.

Colombia ha atravesado demasiados episodios de violencia política a lo largo de su historia como para permitir que las pasiones del momento nos hagan olvidar las lecciones del pasado. La grandeza de una democracia no se mide cuando todos están de acuerdo; se mide cuando quienes pierden aceptan el resultado y quienes ganan entienden que deben gobernar para todos.

Las campañas han denunciado irregularidades como la participación en política del presidente Petro a favor del candidato de su partido y las denuncias de los seguidores del movimiento Firmes por la Patria que ha denunciado constrelimientondel voto en áreas rojas del país y contra de votos en distintos departamentos.

Pero más allá de los fines y diretes, mañana cada ciudadano tendrá una cita con la historia. Algunos votarán por la seguridad. Otros por la continuidad de las reformas sociales. Algunos lo harán con esperanza; otros con preocupación. Todos, sin excepción, deben hacerlo con respeto.

Que la jornada transcurra en paz. Que la participación sea masiva. Que hablen las urnas. Y que, cuando llegue la noche y se conozca el veredicto popular, Colombia entera recuerde que la democracia no consiste en que gane nuestro candidato, sino en respetar la decisión de la mayoría, que ojalá, sea la que el país necesita para enderezar el rumbo.

Ese será el verdadero triunfo del país

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