Por ANUAR SAAD
Quibdó amaneció este lunes convertida, por unas horas, en el centro de las miradas del país. No era solamente el terremoto del pasado 10 de agosto lo que había llevado al presidente Abelardo De la Espriella hasta las orillas del Atrato. Esta vez el mandatario llegó acompañado de una parte del poder económico de Colombia.
En el Chocó aterrizaron Luis Carlos Sarmiento, los hermanos Jaime y Gabriel Gilinski, Alejandro Santo Domingo, David Vélez, Juan Carlos Mora, Fuad Char, César Caicedo, Christian Daes, Miguel Cortés Kotal y representantes de la Organización Ardila Lülle. Empresarios que, juntos, representan algunos de los grupos económicos más poderosos del país y que aceptaron la invitación presidencial para mirar directamente un territorio que durante décadas ha aparecido en las estadísticas de pobreza, exclusión y abandono.
La escena tenía una carga simbólica difícil de ignorar: los llamados grandes cacaos, reunidos en uno de los departamentos más pobres de Colombia, frente a un presidente que decidió convertir la tragedia provocada por el terremoto en el punto de partida de una apuesta mucho más ambiciosa.
De la Espriella lo resumió en una frase que rápidamente se convirtió en el titular de la jornada: “El Chocó no nació para ser pobre”. Y detrás de esa frase apareció el concepto que el Gobierno quiere convertir en la marca de su intervención: el Plan Marshall para el Chocó.
El nombre no es casual. La intención presidencial es que la respuesta no se limite a levantar las viviendas destruidas ni a reparar las estructuras golpeadas por el sismo. El Gobierno habla de reconstrucción, pero también de transformación. De inversión privada, empleo, infraestructura, educación, turismo, energía, minería y conectividad.
La gobernadora Nubia Carolina Córdoba había planteado algo parecido antes de que comenzara la reunión: no reconstruir el Chocó para dejarlo exactamente como estaba, sino reconstruirlo para dignificar la vida de sus habitantes y avanzar. Y esa idea terminó convertida en el hilo conductor de la jornada.
El presidente anunció que no quiere una colección de programas aislados ni decenas de pequeñas iniciativas desperdigadas entre ministerios. Su apuesta, dijo, es establecer grandes prioridades, garantizar los recursos y concentrar la capacidad del Estado para ejecutarlas.

Y entonces comenzaron a aparecer los números. Y uno de los anuncios más visibles fue la construcción del Malecón de Quibdó, proyecto que, según el Gobierno, ya cuenta con respaldo para convertirse en una de las grandes intervenciones urbanas de la capital chocoana. La idea es recuperar el frente del río Atrato, abrir espacio para el turismo, el comercio y la gastronomía y convertir la ribera en un nuevo escenario de desarrollo económico.
Pero quizá el anuncio de mayor alcance estratégico fue otro. De la Espriella ordenó estudiar nuevamente la posibilidad de construir un canal interoceánico que conecte el Atlántico con el Pacífico. La propuesta contempla también analizar una alternativa ferroviaria entre el Urabá antioqueño y un puerto de aguas profundas en el litoral chocoano.
No se trata, por ahora, de una obra contratada ni de una construcción que vaya a comenzar mañana. Es un estudio y una posibilidad que el Gobierno considera estratégica y que vuelve a poner sobre la mesa una vieja discusión colombiana: cómo aprovechar la privilegiada geografía del Chocó para conectar los dos océanos.
La infraestructura tiene además una cifra que llamó especialmente la atención: un billón de pesos para un paquete que incluye cinco grandes vías y el aeropuerto de Bahía Solano. Según lo anunciado, la financiación tendría una fórmula mitad con recursos empresariales y mitad mediante obras por impuestos.
El mensaje presidencial fue directo hacia los empresarios: que miren al Chocó no solamente como territorio de ayuda humanitaria, sino como un lugar donde también se puede invertir, producir y generar empleo. De la Espriella les ofreció seguridad física y jurídica y los invitó a convertirse, en sus propias palabras, en “socios y padrinos del Chocó”.
Y allí apareció uno de los puntos más sensibles: la minería. El Gobierno anunció un régimen especial minero y de transformación de minerales, con la intención de formalizar la actividad, atraer inversión y procurar que una mayor parte de la riqueza generada por los recursos del territorio permanezca en la región. También se planteó un régimen especial para estimular la inversión privada.
En materia energética, la hoja de ruta contempla modernización de las redes de transmisión, participación privada y soluciones para garantizar electricidad a precios razonables. Mientras llegan las grandes obras, el Gobierno anunció soluciones solares y plantas para atender necesidades de comunidades y hospitales.
Pero el plan no se quedó en las grandes obras.
Uno de los anuncios más concretos fue la creación de un fondo de $5.000 millones en capital semilla para 1.000 emprendedores afectados por el terremoto, mediante una alianza entre el Gobierno, Colombina, Bancolombia y Tecnoglass. La idea es entregar $5 millones a cada beneficiario para ayudar a reactivar negocios golpeados por la tragedia.
También aparecieron los jóvenes en la fotografía de los anuncios: 100 becas, 50 financiadas por Nutresa y otras 50 por Nubank. Una señal de que la reconstrucción que pretende vender el Gobierno no quiere quedarse únicamente en cemento, carreteras y edificios.
Y hay más: el turismo tendrá dos vitrinas especiales: Nuquí y Bahía Solano, escogidos para convertirse en lo que el Gobierno y la Fundación Santo Domingo han denominado “pueblos milagros turísticos”. La apuesta es aprovechar la enorme riqueza natural del litoral Pacífico chocoano para convertirla en una fuente permanente de empleo y desarrollo.
A esto se suma una estrategia de bancarización e inclusión financiera para jóvenes, pequeños comerciantes, productores y comunidades con poca cobertura bancaria. Nubank anunció su participación en esa tarea.
Incluso productos tradicionales del departamento entraron en la agenda empresarial: se pactó la compra de producción de viche de emprendedores chocoanos a través de la Central Mayorista de Antioquia.

La dimensión empresarial de la jornada también resulta significativa.
Según lo expresado por el propio presidente, los empresarios que lo acompañaron han aportado más de $2 billones para apoyar la recuperación de las familias afectadas por el terremoto. Más allá de la cifra y de cómo se distribuya finalmente ese esfuerzo, el mensaje político es evidente: el Gobierno quiere que la reconstrucción del Chocó sea una sociedad entre Estado y empresa privada.
Para garantizar que la larga lista de compromisos no termine convertida en otro archivo de promesas gubernamentales, el presidente anunció además un gerente especial para el Chocó: el chocoano José Leonidas Tobón, quien tendrá interlocución directa con el Gobierno nacional y trabajará de la mano con la gobernadora.
Ese detalle puede terminar siendo más importante de lo que parece.
Porque el verdadero desafío comienza cuando las cámaras se apaguen, los empresarios regresen a Bogotá, Medellín, Barranquilla o sus oficinas y Quibdó vuelva a su ritmo habitual. Allí comenzará la prueba definitiva del llamado Plan Marshall.
El Chocó conoce demasiado bien el lenguaje de los anuncios. Ha escuchado durante décadas promesas de carreteras, minería formal, turismo, energía, conectividad y desarrollo. Lo novedoso esta vez es la mezcla: un presidente que ha decidido poner al departamento en el centro de su agenda, un terremoto que aceleró las decisiones y una concentración de capital privado pocas veces vista en ese territorio.
La pregunta, por eso, ya no es solamente cuánto dinero se anunció este lunes. La verdadera pregunta es qué parte de todo esto llegará realmente a las comunidades.
Porque entre el Atrato, las selvas, las minas, los pueblos costeros y las casas destruidas por el terremoto existe un Chocó que no vive de titulares. Es el de los emprendedores que necesitan volver a abrir sus negocios, el de las familias que esperan reconstruir sus viviendas, el de los jóvenes que buscan una oportunidad para no tener que marcharse, el de los agricultores que necesitan sacar sus productos y el de las comunidades que todavía esperan que la riqueza de su territorio deje de pasar de largo.
El presidente dijo que no quiere irse del Chocó dejando solamente un programa de reconstrucción.
Queda ahora por demostrar si este día, que reunió en Quibdó al poder político y al poder económico del país, será recordado como el comienzo de una transformación histórica o como otra fotografía poderosa de Colombia prometiendo que esta vez sí será distinto.
Por ahora, el Atrato tiene nuevos planos sobre la mesa.
Y el país entero está mirando
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