Por Anuar Saad | Hora en Punto
Colombia amaneció este 8 de agosto con un presidente nuevo y con una pregunta vieja: ¿será capaz el país de dejar atrás la pelea y empezar, por fin, a resolver sus problemas?
La llegada de Abelardo de la Espriella a la Casa de Nariño representa mucho más que el relevo de un presidente. Es el cierre de un ciclo político marcado por la confrontación, la incertidumbre y una profunda fractura nacional, y el comienzo de otro que llega con un discurso completamente distinto.
De la Espriella no ganó prometiendo continuidad. Ganó prometiendo ruptura. Y ahora tendrá que demostrar que una cosa es prometer el cambio y otra, mucho más complicada, hacerlo realidad.
Las expectativas son enormes. Hay ciudadanos que esperan recuperar la sensación de seguridad que sienten perdida. Comerciantes cansados de la extorsión. Empresarios que reclaman confianza y reglas claras. Familias preocupadas por la delincuencia. Militares y policías que esperan volver a sentir que tienen detrás a un Gobierno dispuesto a respaldarlos. Y hay también millones de colombianos que no votaron por él y que, aunque no compartan su proyecto político, esperan que gobierne respetando sus derechos.
Ese será uno de los primeros grandes exámenes del nuevo presidente.
Su discurso ha sido claro: defensa de la Constitución, autoridad, seguridad, lucha frontal contra el terrorismo, las estructuras del narcotráfico y la delincuencia organizada. Después de cuatro años de una política de seguridad alrededor de la llamada Paz Total, el mensaje no podía ser más diferente.
De la Espriella quiere que el criminal vuelva a sentir que el Estado lo persigue. Y en un país donde el narcotráfico sigue teniendo dinero, armas, territorios y capacidad para intimidar comunidades enteras, donde la extorsión se ha convertido en una amenaza cotidiana y donde algunas organizaciones criminales pretenden sustituir al Estado en regiones completas, recuperar la autoridad no es una obsesión ideológica. Es una necesidad.
De la Espriella ha hecho de la defensa del orden constitucional una de sus banderas. Ahora tendrá que demostrar que esa defensa funciona también cuando la Constitución protege a quien piensa diferente, a quien protesta y a quien cuestiona al Gobierno.
Porque así como protestar no es delinquir, vandalizar tampoco es protestar.
El derecho a la protesta es sagrado en una democracia. También lo es el derecho de los demás ciudadanos a trabajar, estudiar, movilizarse y vivir sin que una protesta termine convertida en destrucción de bienes públicos, ataques contra la Policía o bloqueos indefinidos.
El Estado tiene que garantizar ambos derechos. Y ahí estará uno de los puntos más delicados de este Gobierno: saber cuándo ejercer autoridad y cuándo escuchar; cuándo actuar con firmeza y cuándo evitar que la fuerza termine convirtiéndose en abuso. Ese equilibrio será mucho más importante que cualquier discurso.
También hay grandes expectativas alrededor de la economía.
De la Espriella llega con la promesa de recortar burocracia, adelgazar el Estado y ponerle freno al gasto público. En un país donde durante años se ha hablado de entidades innecesarias, contratos cuestionables, burocracia excesiva y recursos públicos que no siempre terminan donde deberían, la propuesta tiene un enorme atractivo.
El reto no consiste simplemente en gastar menos. Consiste en gastar mejor y de manera mucho más eficiente que el gobierno anterior que a pesar de un gasto desbocado, la inversión en el país y especialmente en las regiones fue completamente nula.
Colombia necesita un Estado más pequeño allí donde sea innecesariamente grande, pero mucho más fuerte allí donde su presencia resulta indispensable: seguridad, justicia, educación, salud, infraestructura y atención social.
La verdadera eficiencia es hacer más con menos. Y si el nuevo Gobierno logra demostrarlo, habrá dado uno de los golpes más importantes contra una enfermedad que durante décadas ha acompañado al Estado colombiano: la burocracia convertida en fin y no en instrumento.
Lo mismo ocurre con el gasto público. El país necesita disciplina fiscal. Eso no admite discusión. Pero reducir el gasto no puede convertirse en una obsesión contable que termine sacrificando inversión, infraestructura o programas que realmente funcionan.
El desafío será quirúrgico: eliminar el despilfarro sin frenar el desarrollo. En política exterior también habrá un cambio de rumbo.
La decisión de reconstruir la relación con Israel es quizás uno de los símbolos más claros de la ruptura con la política exterior de Gustavo Petro. De la Espriella ha planteado recuperar esa relación como una alianza estratégica en seguridad, tecnología, agricultura, manejo del agua, innovación y comercio.
Pero tampoco hay que convertir la política internacional en una nueva guerra ideológica. Colombia puede tener buenas relaciones con Israel y, al mismo tiempo, mantener relaciones con Estados Unidos, Europa, América Latina y los países árabes. Puede defender sus intereses sin convertirse en satélite de nadie.
Una política exterior seria no se construye a punta de simpatías personales ni de enemistades políticas. Se construye alrededor de intereses nacionales. Y en eso también tendrá que madurar Colombia.
Otro de los grandes cambios estará en el gabinete.
De la Espriella ha apostado por perfiles profesionales, técnicos y con experiencia. Y, a primera vista, la diferencia con buena parte de la lógica de nombramientos que acompañó al gobierno Petro resulta evidente. Pero tampoco hay que emocionarse demasiado rápido. Un gabinete no se juzga por las hojas de vida: se juzga por lo que hace.
Colombia no necesita ministros que sepan hablar bonito. Necesita ministros que sepan administrar. No necesita funcionarios convertidos en protagonistas de las redes sociales. Necesita funcionarios que resuelvan problemas. Y sobre todo, necesita un presidente que los deje gobernar.
Si De la Espriella consigue construir un equipo profesional, eficiente y coordinado, habrá dado un paso importante. Si termina llenando los ministerios de cuotas políticas, amigos o figuras cuya principal virtud sea la lealtad personal, habrá desperdiciado una de sus principales promesas de campaña.
Pero quizá el desafío más grande no está en los ministerios, ni en el Congreso, ni siquiera en la economía. Está en la Colombia que recibe; Un país dividido. Una sociedad donde demasiadas veces el adversario político dejó de ser un adversario para convertirse en un enemigo.
El nuevo presidente tendrá que gobernar para quienes lo respaldaron y para quienes hicieron campaña contra él. La oposición tendrá que entender que perdió una elección y no la democracia. .
Y la gente mantiene sus expectativas. El ciudadano de a pie no está pendiente de quién ganó la discusión en X, al estilo Petro. Quiere saber si puede regresar a su casa sin que lo atraquen. El comerciante quiere poder cerrar su negocio sin pagar una vacuna. El empresario quiere invertir sin preguntarse qué regla cambiará mañana.El joven quiere encontrar empleo digno y los colombianos desean una atención en salud que garantice su vida.
Y a partir de ahora, la responsabilidad de los resultados del gobierno será de De la Espriella, sin mirar el retrovisor de lo que hizo o no Peteo.
Si mejora la seguridad, será mérito suyo. Si crece la economía, será mérito suyo.
Si consigue reducir el gasto innecesario, será mérito suyo. Si genera empleo y recupera la confianza empresarial, será mérito suyo. Pero si aparecen ineficiencias, incumplimientos y escándalos de corrupción, será también responsabilidad suya.
Eso es gobernar. Y esa es la diferencia entre ser candidato y ser presidente.
El mundo también está mirando.
Washington espera un aliado más cercano. Israel espera recuperar un socio. Los empresarios esperan reglas claras. Los mercados esperan responsabilidad. Los militares esperan respaldo. La oposición espera garantías.
Y millones de colombianos, hayan votado por él o no, esperan algo que parece elemental, pero que en Colombia se ha vuelto extraordinariamente difícil: que el Gobierno funcione.
No se le está pidiendo a De la Espriella que convierta a Colombia en otro país en cuatro meses. Se le está pidiendo que empiece a recuperar algo que se perdió durante demasiado tiempo: la confianza.
Confianza en las instituciones. Confianza en la autoridad. Confianza en la economía. Confianza en que las reglas se cumplen. Confianza en que el Estado puede proteger al ciudadano.
Abelardo tiene 4 años para demostrar que su victoria no fue solamente el resultado del cansancio de una parte del país con Petro, sino el comienzo de un proyecto capaz de construir algo mejor.
La posesión fue apenas el primer día. Ahora empieza lo difícil: habrá delincuencia que combatir, cuentas que pagar, hospitales que atender, empresarios que convencer, regiones que escuchar, funcionarios que controlar y ciudadanos que exigirán resultados.
Los casi 13 millones de colombianos que votaron por un cambio ahora quieren saber si ese cambio era una promesa de campaña o una verdadera decisión de Gobierno. Porque ahora que se apagaron las luces de la posesión y desaparezcan las fotografías oficiales, solo queda una ruta hacia el éxito: no solo gobernar para todos, sino hacerlo cumpliendo las promesas de campaña y con resultados que demuestren que esa «,Patria Milagro» que se anuncio en campaña, puede convertirse en realidad.
Y la respuesta no estará en lo que diga: estará en lo que haga.
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