22 de julio de 2026

La rebelión de los grandes: el fútbol colombiano entra en tiempo de descuento por derechos de televisión

Hay un viejo dicho en el fútbol que asegura que los partidos se ganan con goles. En Colombia, sin embargo, los campeonatos también se juegan con calculadora. Y el más importante de todos acaba de comenzar lejos de las canchas, en una oficina donde los protagonistas ya no usan guayos sino contratos.

Ocho de los clubes con mayor historia, hinchada y poder de convocatoria decidieron plantarse frente a la Dimayor y decir una palabra que hasta hace poco parecía prohibida: no.

Atlético Nacional, Millonarios, América de Cali, Junior, Deportivo Cali, Independiente Santa Fe, Independiente Medellín y Once Caldas anunciaron que no cederán sus derechos de imagen para una nueva negociación de televisión mientras no se redefinan las reglas del reparto económico. Es, quizá, el mayor pulso institucional que vive el fútbol colombiano desde la creación de la televisión por suscripción como principal fuente de ingresos del campeonato.

La inconformidad no nació ayer. Lleva años cocinándose a fuego lento.

Los llamados «equipos grandes» sostienen que el modelo actual terminó convirtiendo la igualdad en una injusticia. Mientras unos invierten millones para contratar figuras, modernizar sus sedes, llenar estadios y sostener plantillas competitivas, el dinero proveniente de los derechos de televisión llega prácticamente en la misma proporción a clubes con una realidad deportiva y comercial muy distinta.

Dicho de otra manera: para el actual sistema vale lo mismo un clásico entre Nacional y Millonarios que un partido disputado ante tribunas semivacías y con escasa audiencia televisiva. Y ahí comenzó la grieta.

Los ocho clubes argumentan que el modelo vigente desconoce variables que en cualquier industria serían determinantes: el tamaño del mercado, la cantidad de aficionados, el rendimiento deportivo, la inversión realizada y el atractivo del producto que cada institución aporta al campeonato.

No deja de ser paradójico que el fútbol, que vive precisamente de las emociones que generan sus grandes rivalidades, termine repartiendo los ingresos como si todos produjeran el mismo espectáculo.

Está discusión que está poniendo en jaque la transmisión de los partidos de la liga profesional de fútbol es una discusión que tampoco es exclusiva de Colombia: pasa en el mundo.

Las principales ligas del mundo entendieron hace años que la solidaridad económica es necesaria, pero también que el mercado premia a quienes generan mayor valor. La Premier League, LaLiga, la Serie A italiana e incluso otras ligas sudamericanas combinan un porcentaje fijo para todos los clubes con incentivos relacionados con la audiencia, los títulos, la posición en la tabla y el peso comercial de cada institución.

Aquí, en cambio, la fórmula sigue siendo prácticamente plana.

Eso ha permitido que muchos clubes pequeños sobrevivan financieramente, un argumento que también tiene peso. Sin esos recursos, varios equipos tendrían enormes dificultades para competir e incluso para mantenerse activos. Ese es precisamente el dilema.

Los grandes aseguran que el modelo actual castiga al que invierte y desestimula el crecimiento del espectáculo. Los pequeños responden que modificar las reglas podría convertir la Liga en un torneo todavía más desigual, donde unos pocos concentren la riqueza mientras los demás apenas sobreviven.

Ambos tienen razones. Pero hay un hecho imposible de ignorar: cuando Junior llena el Metropolitano, cuando Nacional convierte el Atanasio en un carnaval verde, cuando Millonarios pinta de azul El Campín o cuando América hace vibrar el Pascual Guerrero, no solo gana el club local. También gana la televisión, ganan los patrocinadores, gana la publicidad y gana la Liga entera.

Ese poder de convocatoria es justamente el activo que ahora los ocho equipos decidieron poner sobre la mesa.

Por eso anunciaron que no entregarán sus derechos intangibles para un nuevo contrato mientras no exista claridad sobre cómo se distribuirán los recursos.

No amenazan con paralizar el campeonato ni con romper la institucionalidad de la Dimayor. Lo que hicieron fue algo quizá más efectivo: detener la firma del negocio más importante del fútbol colombiano hasta que todos acepten discutir sus reglas.

Y esa discusión promete ser intensa.

Porque detrás de los millones de la televisión se esconde una pregunta incómoda que el fútbol colombiano ha evitado responder durante décadas: ¿la igualdad consiste en repartir exactamente lo mismo a todos… o en reconocer el verdadero valor que cada uno aporta al espectáculo?

La pelota quedó en la cancha de la Dimayor.

Y, por primera vez en mucho tiempo, el partido más importante de la Liga no se decidirá con un gol en el minuto 90, sino alrededor de una mesa donde ocho gigantes dejaron claro que ya no están dispuestos a seguir jugando con las reglas de siempre.

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