Antes soñó con escuchar el rugido de los motores de la Fórmula 1. Hoy, Barranquilla entendió que, en el automovilismo como en la vida, no siempre gana el que toma la curva más rápida, sino quien sabe escoger la trazada correcta.
Y esa nueva línea de carrera tiene un nombre: IndyCar.
No se trata de un premio de consolación. Todo lo contrario. Es una apuesta con posibilidades reales, con conversaciones avanzadas y con un proyecto que, poco a poco, deja de ser una ilusión para convertirse en una ingeniería urbana, deportiva y económica.
El alcalde Alejandro Char volvió a prender el motor de esa esperanza al revelar que la ciudad trabaja para recibir una válida antes de 2028. Si lo consigue, Colombia escribiría una página inédita: sería el primer país fuera de Norteamérica en albergar una carrera oficial del campeonato estadounidense y eso no es poca cosa.
Hace apenas unas semanas, Mark Miles, presidente y CEO de IndyCar, se sentó con la delegación barranquillera. Después llegaron técnicos de la organización para recorrer la ciudad, mirar calles, medir distancias, calcular radios de giro y comprobar si la capital del Atlántico puede convertirse, durante un fin de semana, en un gigantesco circuito urbano.
Las visitas dejaron de ser diplomáticas. Ahora son técnicas. Y cuando los ingenieros comienzan a sacar cintas métricas es porque el sueño ya salió del papel.
Barranquilla incluso tiene casi dibujado el escenario de la carrera. Un circuito de aproximadamente 4,3 kilómetros que uniría dos de sus grandes vitrinas urbanas: el Gran Malecón y la tradicional Vía 40. Una mezcla curiosa entre la ciudad moderna que mira al río y la avenida donde cada año desfilan las carrozas del Carnaval.
Quizás ningún otro circuito del mundo tendría semejante contraste. Donde en febrero bailan comparsas, algún día podrían frenar monoplazas a más de 300 kilómetros por hora.
Claro, todavía falta mucho. Habrá que construir curvas, modificar peraltes, intervenir algunos predios y adaptar varios tramos para cumplir con las exigencias de seguridad de una categoría que no improvisa.
Pero el hecho de que ya se hable de geometría vial y no solamente de intenciones políticas demuestra que el proyecto comienza a ganar profundidad.
La apuesta tampoco es únicamente deportiva.Char calcula que cada carrera podría atraer entre 40.000 y 100.000 visitantes. Eso significa hoteles llenos. Restaurantes trabajando a toda máquina.
Taxis, plataformas, comercio, bares, operadores turísticos y cientos de pequeños negocios beneficiándose de un espectáculo que apenas duraría tres días, pero cuyos efectos económicos podrían sentirse durante semanas.
Por eso el Distrito no quiere una carrera aislada.Busca un contrato de cinco o incluso diez años.No pretende un evento para la fotografía. Quiere construir una tradición.
En esa carrera silenciosa también aparece Juan Pablo Montoya, un piloto que conoce perfectamente el camino hacia la gloria. El colombiano que conquistó dos veces las míticas 500 Millas de Indianápolis hoy aporta algo más valioso que la velocidad: credibilidad.
Su presencia alrededor del proyecto abre puertas, genera confianza y habla el mismo idioma que los directivos de IndyCar.
Mientras tanto, la Fórmula 1 permanece en el horizonte. No desapareció. Simplemente quedó estacionada.
El alcalde Alejandro Char admite que las posibilidades siguen vivas, aunque reconoce que el escenario internacional hace mucho más complejo ese objetivo.
La IndyCar, en cambio, parece una meta alcanzable. Quizás Barranquilla comprendió que las grandes transformaciones nunca empiezan con el trofeo más grande.
Primero se construyen reputación, experiencia e infraestructura. Después llegan los desafíos mayores.
Así ha ocurrido con el turismo.
Con el urbanismo.
Con la recuperación del río.
Y ahora podría suceder con el deporte motor.
Si hace veinte años alguien hubiera dicho que Barranquilla sería sede de foros mundiales, recibiría millones de turistas al año, tendría playas recuperadas, un Gran Malecón reconocido internacionalmente y aspiraría a organizar una carrera de una de las categorías más importantes del automovilismo, probablemente muchos habrían sonreído con incredulidad.
Hoy ya nadie se ríe.
Porque esta ciudad ha demostrado una costumbre poco común: convertir los sueños en proyectos y los proyectos en realidad. Todavía no ondea la bandera verde.Aún no se escucha el rugido de los motores. Ni siquiera existe una fecha oficial.
Pero en Barranquilla ya comenzó la vuelta más importante: La que no se corre contra otros pilotos sino la que se disputa contra el tiempo, la burocracia y el escepticismo.
Y si algo ha enseñado esta ciudad durante las últimas dos décadas, es que las carreras más difíciles son precisamente las que más disfruta ganar.
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