28 de junio de 2026

Es la hora: del rugido del tigre, a los resultados

«Después de la tempestad viene la calma», dice el viejo refrán y Colombia necesita que esta vez sea cierto.

Pocas veces una campaña presidencial había dejado tantas heridas abiertas como la que acaba de terminar. No fue una contienda entre adversarios políticos; fue una batalla emocional que dividió familias, rompió amistades, incendió las redes sociales y llevó la polarización a un nivel pocas veces visto.

Al final, poco más de trece millones de colombianos apostaron por Abelardo de la Espriella. No eligieron únicamente un presidente. Votaron por la esperanza de cambiar un rumbo que muchos consideraban equivocado.

Hoy, cuando falta poco más de un mes para que asuma el poder, la euforia electoral comienza a dar paso a una pregunta mucho más importante: ¿qué viene ahora? Porque las campañas se ganan con discursos: los gobiernos, con resultados. Y eso lo sabe perfectamente el presidente electo.

Su lema de «La Patria Milagro» emocionó a millones durante la campaña. Ahora deberá demostrar que no fue solamente una frase poderosa, sino una hoja de ruta para reconstruir un país que llega exhausto después de cuatro años marcados por la incertidumbre, la confrontación política y una sensación creciente de pérdida del control institucional.

Y la herencia que recibe, no es sencilla.

Petro deja un país profundamente dividido; unas finanzas públicas bajo presión; regiones enteras esperando obras prometidas durante décadas y una seguridad deteriorada que volvió a convertir extensas zonas del territorio nacional en escenarios donde mandan más los fusiles de los criminales que la autoridad del Estado.

Y como si el cierre del gobierno necesitara un capítulo aún más escandaloso, las revelaciones periodísticas famosas ya como «Los Congelados» terminaron por golpear la credibilidad de la llamada política de paz total.

Según la investigación revelada por Noticias Caracol, existirían acuerdos que habrían limitado la capacidad operacional de la Fuerza Pública frente al Clan del Golfo mientras esa organización criminal fortalecía su presencia territorial. Si los hechos denunciados terminan plenamente corroborados, el país estaría frente a uno de los episodios más graves de debilitamiento institucional de las últimas décadas.

Más allá de las responsabilidades políticas que deberán establecerse, queda una realidad inocultable: Colombia llega a un cambio de gobierno con unas Fuerzas Militares y de Policía golpeadas en su moral, disminuidas en su capacidad de maniobra y enfrentando organizaciones criminales que hoy poseen mayor poder económico, militar y territorial que hace cuatro años.

El anuncio de De la Espriella de conceder apenas un mes para el sometimiento de las estructuras criminales al imperio de la ley será, probablemente, una de las primeras pruebas de fuego de su administración.

Pero para ello no bastarán los discursos de autoridad. Será indispensable reconstruir la inteligencia militar, fortalecer la cooperación internacional —especialmente con Estados Unidos—, devolver capacidad operativa a la Fuerza Pública y recuperar territorios donde el Estado prácticamente desapareció.

Pero la seguridad, siendo fundamental, no puede convertirse en el único termómetro del nuevo gobierno porque los colombianos también esperan algo mucho más cotidiano y, quizá por eso mismo, mucho más importante: quieren que el Estado vuelva a funcionar; dejar de escuchar anuncios y comenzar a ver obras.

Quieren que La Guajira deje de ser el eterno símbolo del abandono y tenga, por fin, agua potable. Quieren que el Chocó deje de sentirse un territorio olvidado y empiece a ser tratado como parte integral de Colombia. Quieren una solución definitiva para Cara e’ Gato y para los miles de campesinos de La Mojana que cada invierno vuelven a perderlo todo mientras el Estado responde con remiendos temporales.

Quieren que Santa Marta deje de padecer una crisis histórica de agua potable y alcantarillado.

Y quieren que la Costa Caribe deje de pagar las tarifas de energía más altas del país, una injusticia que durante años ha castigado a millones de familias y ha restado competitividad a toda una región. En ese punto, el nuevo presidente tiene una ventaja política evidente: Conoce, entiende y siente el Caribe.

Por eso la región espera mucho más que discursos de afecto. Espera inversiones, decisiones y resultados.

Barranquilla, particularmente, aguarda que termine el evidente distanciamiento que vivió con el Gobierno Nacional durante los últimos cuatro años. La ciudad necesita un aliado institucional que impulse proyectos estratégicos y acompañe un modelo de desarrollo que ha convertido a la capital del Atlántico en referente urbano para Colombia y América Latina.

Y no queda duda alguna de que el reto mayor del nuevo presidente será otro: gobernar para quienes no votaron por él. Porque las elecciones terminaron y las trincheras políticas deben terminar.

Colombia no resiste otros cuatro años viviendo entre insultos, etiquetas y confrontaciones permanentes. El país necesita volver a discutir ideas sin convertir cada diferencia en una guerra.

Necesita recuperar la confianza en las instituciones y reconciliarse consigo mismo Abelardo de la Espriella ganó las elecciones con el rugido de un tigre pero ahora tendrá que demostrar que detrás de ese rugido, también existe un estadista.

Uno capaz de combatir la corrupción sin contemplaciones. De escoger ministros por mérito y no por favores políticos. De recuperar la seguridad sin sacrificar el Estado de Derecho. De escuchar a las regiones sin convertirlas en simples escenarios para fotografías.

Y, sobre todo, de entender que el poder no consiste en ganar elecciones, sino en transformar la vida de los ciudadanos. Porque después de la tempestad, Colombia espera que llegue la calma.

Pero no una calma nacida de los discursos. Una construida con obras, autoridad, transparencia y resultados. Porque el país ya no necesita otro gobierno que prometa cambiar la historia.

Necesita, por fin, uno que empiece a escribirla

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