26 de julio de 2026

Los errores de Cepeda: manual para perder unas elecciones

ANUAR SAAD

Las elecciones presidenciales en Colombia suelen definirse menos por los programas de gobierno que por las emociones, las percepciones y la capacidad de los candidatos para representar una esperanza de cambio. Bajo esa lógica, Iván Cepeda enfrentaría una cuesta arriba particularmente compleja frente a Abelardo de la Espriella.

La principal razón es evidente: ningún heredero político puede escapar por completo al balance del gobierno que representa. Cepeda ha sido visto por amplios sectores de la opinión pública como el continuador natural del proyecto político de Gustavo Petro. Lo que inicialmente parecía una ventaja terminó convirtiéndose en una pesada carga.

Durante los primeros años de gobierno, Petro conservó una narrativa de transformación que le permitió mantener movilizada a su base electoral. Sin embargo, con el paso del tiempo, los problemas de ejecución, (la pregunta del millón es ¿qué ha hecho Petro en 4 años?) las constantes controversias políticas y una serie de escándalos, que mezclan su vida personal con lo político, terminaron erosionando la imagen del Gobierno.

Los episodios relacionados con la financiación de campaña, las controversias alrededor de figuras cercanas al presidente, las evidentes ineficiencias de funcionarios y ministros, el abandono de las regiones, las tensiones institucionales con distintos organismos del Estado, los frecuentes enfrentamientos en redes sociales y las polémicas internacionales derivadas de algunas declaraciones presidenciales, contribuyeron a crear una percepción de inestabilidad. Aunque muchos de esos episodios continúan siendo objeto de debate político, el daño en términos de opinión pública ya estaba hecho.

Cepeda nunca logró construir una narrativa claramente diferenciada de ese legado. Por el contrario, optó por reivindicar buena parte de las políticas más cuestionadas del actual gobierno, especialmente aquellas relacionadas con la llamada «paz total», el mayor fracaso del Gobierno, e insistir en la convocatoria de una Asamblea Constituyente que solo aal final, y siendo poco convincente, anunció que desmontaba la idea.

En un país donde la seguridad volvió a convertirse en una de las principales preocupaciones ciudadanas, esa identificación política terminó convirtiéndose en un factor de desgaste. Y no es mentira: las bandas criminales, ataques guerrilleros, delincuencia común, extorsión y sicariato, aumentaron exponencialmente en las principales ciudades del país: los grupos criminales en estos 4 años, han tomado más fuerza.

Pero los problemas de Cepeda no se limitan al peso del petrismo. También tienen que ver con su propio perfil político. Mientras Abelardo de la Espriella se presentó como un candidato disruptivo, emocional y confrontacional, Cepeda proyectó una imagen más académica y tradicional.

La política contemporánea es cada vez más audiovisual. Las campañas se ganan en TikTok, Instagram, YouTube y WhatsApp tanto como en las plazas públicas. En ese terreno, la diferencia fue notoria.

La campaña de De la Espriella entendió desde muy temprano que las emociones son más poderosas que los documentos programáticos. Construyó piezas audiovisuales de alto impacto, desarrolló una estrategia digital agresiva, utilizó influenciadores y generó contenido diseñado para viralizarse. Su mensaje fue simple, repetitivo y fácil de recordar, con un eslogan contundente que exacerba el colombianos no tanto en lo visual, como en lo que dice: «¡Firmes por la Patria!»

Cepeda, en contraste, pareció confiar excesivamente en las fórmulas tradicionales de la izquierda colombiana: discursos largos, plazas públicas y mensajes dirigidos principalmente a los convencidos. Mientras su adversario hablaba el lenguaje de las redes, él continuó hablando el lenguaje de los seminarios políticos, de muy poco impacto mediático.

Uno de los errores más visibles fue permitir que símbolos de identidad nacional terminaran siendo asociados casi exclusivamente con su competidor. En política, las percepciones suelen ser más importantes que las explicaciones posteriores. Cuando una campaña pierde la batalla simbólica, recuperar terreno resulta extremadamente difícil.

Tampoco ayudó la estrategia de confrontación judicial contra De la Espriella. En política, las denuncias producen resultados únicamente cuando vienen acompañadas de pruebas contundentes y generan consenso social. Cuando eso no ocurre, el efecto puede ser exactamente el contrario: la victimización del adversario.

La historia electoral está llena de candidatos que crecieron precisamente porque sus seguidores interpretaron los ataques como una persecución política. Muchos analistas consideran que varias de las ofensivas lanzadas contra De la Espriella terminaron fortaleciendo su narrativa de enfrentamiento contra el establecimiento político.

A ello se sumó otro factor decisivo: el miedo. Las elecciones rara vez se definen únicamente por la esperanza; con frecuencia también se definen por los temores. Durante la campaña, amplios sectores de la sociedad expresaron preocupación por temas como la seguridad, la estabilidad institucional, el respeto a las reglas democráticas y la incertidumbre económica.

Las controversias generadas por las discusiones sobre una eventual constituyente, así como las denuncias de fraude formuladas sin evidencias concluyentes por algunos sectores del oficialismo, terminaron alimentando inquietudes entre votantes moderados. Cepeda intentó tomar distancia de algunas de esas polémicas, pero para entonces, muchos electores ya lo percibían como parte del mismo proyecto político.

La paradoja final es que Petro fue simultáneamente el principal impulsor y el principal obstáculo para la candidatura de Cepeda. Al comienzo le aportó estructura política, reconocimiento y base electoral. Al final le transfirió también el desgaste acumulado de cuatro años de gobierno.

Por eso, más que una posible derrota de Iván Cepeda, una eventual victoria de Abelardo de la Espriella podría interpretarse como el resultado de un fenómeno más amplio: el agotamiento de un ciclo político. Cuando los ciudadanos sienten que un proyecto ya tuvo su oportunidad y no cumplió plenamente las expectativas generadas, suelen buscar una alternativa que represente ruptura antes que continuidad.

Y en esa batalla entre continuidad y cambio, De la Espriella parece haber entendido mejor que nadie cuál era el estado de ánimo predominante en una parte importante del electorado colombiano

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