No fue una elección, fue una paliza. Luiz Inácio Lula da Silva perdió el congreso, el senado, alcaldías grandes y pequeñas. Todo o casi todo. Flávio Bolsonaro, hijo del expresidente Jair, entra a una segunda vuelta como el virtual ganador. Sin objeciones y sin competencia.
Lula creyó que encarcelando a Jair Bolsonaro acabaría con el movimiento. Se equivocó. Lo hizo más fuerte. Mientras el presidente de 80 años se desgastaba políticamente sin solucionar el crimen, la violencia o la economía, el deseo de cambio crecía de forma imparable.
Cuatro miembros de la familia Bolsonaro se alzaron con victorias extraordinarias. Su esposa Michelle, sus hijos Carlos y Jair Renan, así como su hermano Renato Bolsonaro. El pueblo estaba claro que eran perseguidos políticos y esto generó una empatía desbordante.
Las encuestas mintieron. Lula estaba embriagado de poder y convencido de ganar en primera vuelta y en el peor de los casos en un balotaje muy favorable. Los encargados de tomar el pulso social jamás contaron con el hartazgo del pueblo y su grito silencioso por un cambio radical.
Lula agotó todos sus trucos. El populismo de recortar la jornada laboral, apostar al aumento de la bolsa familiar, incrementar salarios, prometer respetar la amazonia, los derechos LGBTI, etcétera. Nada funcionó. Lula no leyó las escrituras en la pared y cuando lo hizo fue muy tarde.
El mayor error de Lula fue subestimar a los brasileños. El pueblo había visto en carne propia la migración venezolana y el daño que el populismo podría causar, incluso al país con las reservas petroleras más grandes del planeta.
Ni Bukele, ni designación de terroristas. Lula y su política de mano suave con el crimen organizado habían fracasado en grande. Su apuesta por dialogar o reinsertar a la sociedad a criminales consumados era vista como una traición a la patria. Proteger al agresor y burlarse de las víctimas.
Y sí, el fenómeno Bukele tuvo su impacto. “Bukele nos inspira porque ha logrado uno de los mayores y más eficaces rescates de soberanía y seguridad pública” dijo Bolsonaro. Al igual que en las últimas 8 elecciones el pulgarcito de Centroamérica impactó otro proceso electoral.
El discurso de soberanía y enemistad con Estados Unidos fracasó. El presidente Lula apostó todo a la lucha de clases y el antimperialismo, el rechazo del dólar y el uso del yuan. Nada más alejado de la tradición brasileña e incluso de muchos de sus seguidores.
Lula era el último dinosaurio del socialismo castrista. El Partido de los Trabajadores nació un año después de la revolución sandinista y Lula siempre fue admirador de Daniel Ortega. La idea del Foro de Sao Paulo nace en Managua durante el primer encuentro de Lula con Fidel Castro.
La derrota de Lula no es casual. Es el resultado de la ola de cambios que vive América Latina. El socialismo no es fuente de esperanza sino de espanto, de catástrofe y no de cambio. La gente quiere seguridad, prosperidad y libertad. Tres cosas que el socialismo no ofrece y jamás podrá dar.
*Con información de Infobae
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