26 de octubre de 2020

Hora en Punto

No es la noticia: es la forma de contarla

Notas de acordeón para Juancho Rois

El niño prodigio a quien le construyeron en la sala de su casa una estatua de tamaño natural.


Por JAIME DE LA HOZ SIMANA
Especial para Hora en Punto
FINAL

Cuando Juancho Rois cumplió los seis meses de edad, Dalia Zúñiga decidió radicarse en Venezuela en busca de un mejor porvenir. El recién nacido, hijo mayor de Dalia, quedó al cuidado de Carmen, su tía materna que convivía con José Eduardo Canova, conocido popularmente como Purito, y quien asumiría el papel, durante muchos años, de padre de crianza. Su abuela Rosa María de Rois y su otra tía, Judy, también influyeron en el desarrollo de aquel niño que cursó sus primeros estudios en el colegio Divina Pastora, de Riohacha, luego en la institución El Carmelo, de su natal San Juan, y posteriormente en Bogotá, donde comenzó a estirar el acordeón con estilo y maestría después de haberlo tecleado a su antojo a los ocho años de edad, cuando le apareció como regalo en medio de un sueño de navidad.
“Recuerdo a Juancho en plena ejecución, como los gallos finos. Se llenaba de inspiración y hacía gala de repentismo e improvisación. Lo recuerdo como amigo y hermano. Evoco su figura, la contextura delgada, sin camisa, tocando su acordeón en el parque Santander, feliz, como si ese día en el que manipulaba su instrumento musical fuera el último de su vida”, me contó el compositor Luis Egurrola.
–¿Alguna anécdota?
–Sí, cuando cursábamos bachillerato en El Carmelo –responde–. En esa época no había energía eléctrica y era necesario alquilar turbinas para presentar los espectáculos musicales y garantizar la amplificación. El último punto del programa fue la actuación de Juancho, quien empezó con un paseo rápido que se extendió más de 45 minutos. Fue un verdadero concierto en el que parecía levitar y para quien no existía el tiempo. Hubo que suplicarle que ya no tocara más porque el motor no resistía. Se estaba agotando el combustible.


Luis Canova, Purito, me atendió en su casa grande, en Valledupar, adornadas con ventanas de hierro en el exterior y un árbol centenario, a dos metros del jardín, lugar de recepción para los visitantes ocasionales. Purito sabía que la dosis de buena fama que sobrellevaba se la debía a Juancho Rois, el gran acordeonero guajiro que vivió ahí durante gran parte de su vida. Purito aceptó de buen gusto –junto a su esposa Carmen Rosa Rois, hermana de Dalia– la adopción de Juancho, después de varias solicitudes.
Así, el futuro músico creció con la orientación de ese padre de crianza que lo estimuló en sus sueños y lo guió por un camino de rectitud y decencia. Recordó que aquel niño de ojos vivarachos permanecía largas horas tocando el acordeón al derecho y al revés. “Era la época en que Alfredo Gutiérrez estaba de moda y aparecía en todas partes con el acordeón y sus canciones se escuchaban en todas las emisoras. Cada vez que sonaba el tema El jilguerito, Juancho lo disfrutaba hasta el final y parecía que se concentraba más en las caídas de las notas. De esa manera comenzó a imitarlo en las mañanas, en las tardes y hasta altas horas de la noche”, explica
–¿Fue muy notoria su pasión temprana por la música?
–Yo diría que fue un niño prodigio –dice–. A los ocho años descubrió los secretos del acordeón de dos teclados que yo le regalé. Siguió tocando en cualquier lugar y a toda hora. Cuando descubrió a Emilianito Zuleta también quiso ser como él.

Purito también recordó la alegría que produjo cuando grabó el primer disco, tal como lo prometió desde niño a sus amigos de La Flotica, de San Juan del Cesar. En efecto, El fuete, grabado con el cantante Juan Piña, fue el premio a un esfuerzo y a una obsesión que rememoró con una emoción que no le cabía en el alma. Su casa en Valledupar, como la de Dalia en San Juan del Cesar, es también un homenaje al desaparecido acordeonero. Algunos vecinos afirmaban que Purito la quería convertir en una especie de museo para la posteridad, pero él señaló que sólo quería prolongar el recuerdo de su hijo mediante la conservación de objetos, acordeones y demás curiosidades que le pertenecieron. Aún no hay nada ordenado, pero al subir las escaleras hacia el segundo piso, usted se topará con un cuadro gigante en el que aparece dibujado el mismísimo Juancho con los brazos cruzados, el cabello derramado en gajos hasta los hombros y una sonrisa en la que lucen los dientes de conejo. Purito Canova me mostró el dibujo y bajó la cabeza.
Dalia Zúñiga, en su casa de San Juan del Cesar, observaba la escultura. Los recuerdos le alcanzaban para decir que Jenny Cecilia Dereix fue el gran amor, la mujer con quien contrajo matrimonio el 16 de octubre de 1994 en una ceremonia que se llevó a cabo en el Club Montería de esa ciudad.
–La fiesta parecía un cuento de hadas –me dijo Dalia–. Estaba elegante, al igual que Jenny. Pero sentí miedo y por eso dije en la entrega de regalos que no iría al matrimonio. Yo lo presentí ese día, Dios mío. El día antes del matrimonio, en un salón de belleza de Montería, me empezó un llanto que continuó durante largas horas. La suegra de él todavía me pregunta por qué lloraba aquel día y yo no sé aún qué decir.

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