23 de octubre de 2020

Hora en Punto

No es la noticia: es la forma de contarla

Miguel Landero: el adiós a una leyenda olvidada

POR ALFONSO HAMBURGER, Especial para HORA EN PUNTO

El acordeón piano quedó colgado en una pared de la sala para siempre. Encima  del arrugado  una hamaca san jacintera y el sombrero Cenù.  Una gripa mala- aún no se sabe si era covid-19- se llevó a Miguel Landero Ortega, el hombre que le vendió el primer acordeón al maestro Andrés Landero, quien era su primo reconocido. Tenía 90 años. Había nacido en San Jacinto el 26 de mayo de 1930. Dejó quince hijos con dos mujeres distintas. Ninguno de ellos músico.

Autor de seis canciones antológicas, todas grabadas por Andrés Landero- entre ellas “Oye corazón”, regrabada por Otto Serge y Rafael Ricardo – Miguel Landero era campesino de abarca, mochila y sombrero,  jamás le prestó atención a su arte, le dio muchas de sus obras a su primo, quien le reconoció las que se saben y se oyen. No se sabe de otras que se supone eran de él. 

Nunca se interesó por esas cosas de oficina, como eran los viejos de ates. La indiferencia de las autoridades y de los periodistas- me incluyo- hoy lo convierten en una leyenda. Solo una entrevista, que debe estar, si acaso está, en los archivos de Telecaribe, y la memoria de sus hijos, pudieran reconstruir su vida. Su hijo Cesar, comerciante, ha sido su vocero.

    EL ACORDEÓN DE TECLADO , LA HAMACA Y EL SOMBRERO DE MIGUEL LANDERO, QUEDARON COLGADAS PARA SIEMPRE.

VIOLENCIA.
Los Landero, una de las familias más enraizadas en la cultura de San Jacinto, también fueron víctimas de la violencia que sacudió los Montes de María. En el año dos mil, en el tiempo más álgido de la refriega, Miguel decidió, como el viejo Miguel Pacheco Blanco, instalarse en Barranquilla, con su mujer, Helia Tapia, y algunos de sus hijos, en Soledad. Helia, que le parió catorce de sus quince hijos, se fue primero para el cementerio, en Barranquilla, hacia el año 2006.

La guerra despiadada los fue engullendo a todos. El primero fue el mono, hijo de Luis, el hijo mayor de Miguel, quien se desplazaba a pie para Casa de Piedra, la finca que quedó abandonada en los lados de Matuya. Aquel aciago día, hombres armados se llevaron a tres conductores en el bario Conejito y los desaparecieron. En el camino hallaron al Mono que caminaba hacia la finca y lo desaparecieron también. Nunca más se supo de él.

Antes de viajar a Barranquilla, la muerte los había vuelto a salpicar. La víctima fue Benjamín Landero, quien era un consagrado atleta de pasos ligeros que derrotaba a todos. Lo mataron en su propia casa de Miraflores.

Otros de los familiares por el lado de Elia Tapia, se instalaron en el Municipio  de Mahates, Bolívar. Hasta allá los fue persiguiendo la violencia. Allá fueron masacrados José y Cesar Tapia, al igual que uno de sus hijos.

A sus noventa años, en Soledad- donde vivía en el hogar de una de sus hijas- Miguel Landero trataba de acomodarse, después de 20 años en el exilio. Se tomaba sus traguitos en familia, porque sus hijos se reunían para celebrar la vida. Un sobrino, recordando sus pasos con Andrés Landero, le regaló un acordeón demasiado sofisticado para sus manos. Le sacaba cositas. La manoseaba, pero no era lo mismo. Ya sus años se habían acostumbrado a las cuatro libras de su vieja Honher de tres hileras y este piano de pecho no se acomodaba a sus fuerzas, por ello permanecía siempre colgada en la pared, donde la vio por última vez la semana pasada, cuando lo cogió la gripa que lo matò. Murió en casa, después de seis días de batalla, lucido y consciente. Cuando fue llevado a la clínica Adela de Char, ya estaba muerto, solo para los protocolos del Gobierno, que tratará de registrarlo como una cifra más de la pandemia, sin saber que Miguel, fue el hombre fundamental para que hoy Colombia tuviera un rey mundial de la cumbia.


EL PAQUETE CHILENO.
Miguel Landero tocó su acordeón hasta 1975. Aquella mañana de un mes perdido en el tiempo, un tipo, quizás aquel depredador de acordeones que les había robado a Cesar Ochoa y a Gilberto Torres en Sincelejo, se presentó a su casa para invitarlo a tomar. Le pidió que se llevaran el acordeón a la plaza de Los Gaiteros de San Jacinto. Miguel lo acompañó, pero no se llevó el instrumento. Cuando estaban en la parranda, el desconocido salió a orinar, pero no regresó. Llegó a casa de Miguel y le dijo a la señora Elia que su marido había mandado a buscar el acordeón. Ella, viendo que se habían tomado un tinto conversado por la mañana, se lo entregó. Hasta el día de hoy, a la muerte de Miguel, se supo la noticia.

Miguel, metido en Casa de Piedra, en el monte, nunca tuvo fuerzas para comprar otro acordeón, hasta que se vino la violencia y como su tocayo el Viejo Miguel, se fue para Barranquilla.

Eran tiempos en que los campesinos salían de sus parcelas apenas con lo necesario para huir. La tierra se volvió huevos de gallina. Casa de Piedra, unas veinte hectáreas al lado de una montaña, que habían bautizado así porque en el charco del arroyo había una inmensa piedra en forma de casa- Aun está allí- quedó en el abandono, viendo como le llovía al sucio.
El negro Landero, uno de los hijos de Miguel, que todavía vive en San Jacinto, se quedó con el pedazo de terreno, pero después se deshizo de èl.

El olvido convirtió a Miguel en una Leyenda y su tema Oye Corazón, grabado por Andrés Landero y Otto Serge con Rafael Ricardo, hoy empezó a despercudir los surcos musicales.

También le hizo un tema a la madre y muchos otros, que muy seguramente hoy sonaran en muchas partes.

*Está crónica fue publicada originalmente en el sitio web Hamburger Channel del periodista Alfonso Hamburger.

Compartir
Compartir