21 de octubre de 2020

Hora en Punto

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Mallorquín: una historia de sobrevivencia

En la ciénaga de Mallorquín, “tesoro” ecosistémico del departamento del Atlántico, una comunidad aún sobrevive sobre palafitos en medio del abandono y la la contaminación. Hora en Punto les cuenta su historia.

Por: Laudith Jiménez y Álvaro Ortiz*

Desde Pital de Megua, corregimiento del municipio de Baranoa en el Atlántico, las aguas de Arroyo Grande, recorren, cuenca abajo, más de 40 kilómetros, extendiéndose hacia el norte hasta desembocar en la margen suroccidental de la Ciénaga de Mallorquín. Allí, en el punto más al norte del departamento, enmedio de mangles y garzas que la custodian, hombres y mujeres también hacen parte de este enclave verde de Barranquilla.

La prolongación de esta cuenca roza conocidos barrios de la capital atlanticense. La Playa y Las Flores son dos de ellos, pero es en este último, en donde una pequeña comunidad se ha asentado sobre rústicos palafitos.

Muy adentro de Las Flores, a un costado del río y no a muchos metros del Mar Caribe, queda la ciénaga de Mallorquín, un cuerpo de agua proveniente de la arteria hidrográfica de Colombia: del río Grande de la Magdalena. Este suburbio es reconocido por su amplia oferta gastronómica en mariscos y pescados en sus incontables restaurantes a orillas del río, sin embargo, cuadras más arriba donde el pavimento deja de existir comienza la otra cara, poco conocida, de Barranquilla.

Son aproximadamente cinco las calles que componen a este “sub-barrio”, como le han denominado quienes lo habitan a este recoveco barranquillero; no se tiene certeza de cuántas familias viven aquí a falta de un censo que determine cuántos son y esto es por una sencilla razón: es una invasión. Desde hace más de diez años estos terrenos han sido obtenidos de forma ilegal al no haber un control por parte del Distrito en este recóndito lugar.

Pero desde febrero del 2019, por lo menos 300 familias que ocupaban de manera ilegal predios de la Ciénaga de Mallorquín, fueron desalojadas por la Policía, el Ejército, la Armada y funcionarios de la Alcaldía de Barranquilla.

En esta zona se han levantado unos palafitos utilizando retazos de madera, plástico, latas y cartones. Aquí habitan, en su gran mayoría, recicladores y pescadores. La Capitanía de Puerto de Barranquilla informó que esta zona de baja mar está siendo ocupada desde hace varios años, y que pese a las advertencias y notificaciones, estas familias siguieron construyendo casas en estos terrenos de uso público.

A pesar de eso, todavía hay familias que viven ahí, apegadas a ese pedazo de agua y tierra sobre el que sobreviven su día a día.

-Nosotros fuimos de los primeros que llegamos aquí –recuerda Evelys Martínez señalando hasta donde llegaba el agua de la ciénaga cuando eran unos recién llegados.

-Nada más había dos casas cuando eso –agrega su esposo José Padilla.

Evelys con sus hijas fueron de los primeros en llegar y “armar rancho” en la ciénega a unos diez metros de la orilla. Este humedal al ser de aguas poco profundas, era perfecto para los Padilla Martínez para construir con retales de madera su hogar.

Esta familia empezó la construcción de su palafito con los mangles que crecen en abundancia a lado y lado de Mallorquín. Por la consistencia y firmeza de esta madera eran ideales para que sirvieran de estacas. José era el encargado de ir en busca de los mangles en su canoa, algo que hoy ya no podrían hacer, porque está prohibido y la policía ronda atenta a cualquiera que pretenda echarle mano a los mangles. En un principio su casa solo constaba de una sala y un cuarto, con el tiempo han ido ampliándola y ya hoy cuentan con otro cuarto y un extenso patio donde solo se divisa agua. No hay límite si de construir se trata, 300 km2 es un infinito para una casa de solo 4 metros de ancho.

“Vivir por aquí es sabroso por el fresco que se siente”, sostiene Evelys aludiendo que no se ha sentido mejor en otro lugar. No es ella si no está en Las Flores. “A veces salgo a Barranquilla o a Soledad y llego con dolor de cabeza”, añade mientras que reproduce un vallenato. El alboroto citadino no es lo suyo, prefiere embarcarse en la canoa y dar uno de esos paseos que de domingo en domingo toman “para distraer el ojo”.

Las pequeñas olas que chocan con los cimentos de mangle y acompañado de los fuertes vientos del rio hacen que su casa tambalee, pareciera que en cualquier momento se podría venir abajo, pero no, es algo “habitual”, todo el tiempo pasa. Solo es mirar al piso y entre retazo y retazo de madera avistar que entre los pies y el agua solo unos centímetros los separa, lo que les confirma lo vulnerable que son ante un eventual desplome. Ya una vez les pasó, parte de su casa se vino al suelo o, mejor dicho, al agua, por eso ya están prevenidos y revisan cuando deben hacer una reparación o cuando definitivamente tienen que cambiar la madera. Ni los pilares de mangle que sostiene la casa color verde claro de Evelys, con toda su firmeza, se doblega ante la fuerza del desgaste que produce el agua.

Siguiendo por los improvisados y angostos puentes carcomidos por la humedad, también hechos en madera, se llega de casa en casa, sorteando los pasos y con la cautela de pisar en algún retablo que a los ojos se vea resistente, o al menos es así para el que llega por primera vez. Aunque, queda en duda esa precaución al andar cuando se ve a niños corriendo de un lado a otro con la habilidad de obviar lo peligroso que puede llegar a ser. –¡No!, eso no se cae – dice Yoleida entre risas.

Yoleida, una niña de 10 años, vive diagonal a la casa de los Padilla Martínez en la “calle canal” o “tambó”; junto a sus padres y sus dos hermanas. Luego de haber llegado hace cinco años y construir su casa justo en la orilla de la Ciénaga, ellos, los Junco Tapia se han adaptado al ambiente que ofrece esta comunidad, que está tan cerca de la periferia de la ciudad, pero a la vez tan lejos que ni siquiera la empresa de recolección de basuras llega.

Visten descomplicados y caminan a pie descalzo, tanto en su casa como por los caminos para informarse sobre qué hay de nuevo en el barrio, saludar a sus vecinos, o comprarle el gas en cilindro a su vecina Zuleima.

Yoleida y su hermana Julieth son la voz de su madre Elizabeth Junco Barragán, una mujer de sonrisa desbordante. Entre señas les pide a sus hijas que le expliquen lo que se dice a su alrededor, pues el ser sordomuda la priva de escuchar, pero no de perderse los detalles.

Como si leyera los labios o la mirada, Elizabeth sabe quién habla con transparencia, su condición la ha hecho que el “leer a las personas” se convierta en una habilidad; en respuesta a las señas de sus hijas asiente con la cabeza y la mirada.

Cada tanto su tranquilidad se ve interrumpida por los vecinos que llegan a comprar ‘hielo’, venta que les permite comprar cosas pequeñas que necesiten en su día a día. “Sí señor, si hay, espere un momento mientras voy al enfriador”, dice Julieth, mientras mira a Boca Negra, su perro.

La vida transcurre con calma y serenidad, Yoleida, Julieth y Linda, la hermana mayor, esperan todos los viernes por su padre, Edison Tapia Peña, quien llega de Santa Marta cargado de ‘guineos verdes’ que trae desde la empresa bananera en la que trabaja, los mismos que consume su familia o los que les sirve para hacer trueque por pescados con sus amigos dedicados al oficio de pescar.

No tienen parques llenos de columpios o juegos didácticos, pero para divertirse tienen a su tío Manuel Junco, que lleva a sus sobrinas a dar un paseo en canoa por la Ciénaga hasta Puerto Mocho, donde ven a los turistas tomarse fotos, caminar por la arena que divide el Río Magdalena y la Ciénega de Mallorquín.


“No me quiero ir de aquí”
La actual administración de la ciudad de Barranquilla lidera un ambicioso proyecto que pretende hacer de este corredor verde del Atlántico un epicentro turístico y comercial. La intención es rescatar este “tesoro natural” –como lo califica el alcalde Jaime Pumarejo– e intervenirlo por medio de la construcción de un eco-parque, eco-hoteles, hostales con restaurantes con la práctica de pesca, con deportes acuáticos, en fin, toda una mega obra infraestructural que catapulte a este pulmón verde del departamento al estrellato turístico. Pero, las familias de este sector solo saben un poco más allá de que “algo van hacer” y nada más.

A pesar de lo que se dice, los habitantes no quieren irse de «su pedazo de agua» que por más de un decenio lo han convertido en su hogar. Su más grande miedo es quedarse en la calle. Su temor se hizo más fuerte cuando se enteraron de que a pocas cuadras, en la calle ‘chipi chipi’, desalojaron a una mujer como indicio del comienzo de la intervención a este sector. A cambio de esto, a la mujer, que se vio obligada a mudarse y de la que nadie sabe a dónde fue a parar, le dieron $500.000 pesos, como “aliciente” para su desalojo, aseguran los Padilla Martínez.
Es tan grande el sentido de pertenencia que los une a la Ciénaga, que es como si estuvieran amarrados a un hilo transparente o clavados en la madera de Mangle que sostiene su casa. “Mi papá no deja que nos saquen de aquí”, afirma Yoleida con tono esperanzador. Al ver el render de lo que será esta obra Yoleida reafirma que “es bonito, pero no me quiero ir de aquí”.

Paraíso en el abandono
Agua y mangle son un paraíso para 15 especies de invertebrados, 9 de peces, 9 de anfibios, 7 de reptiles y de 81 especies de aves; por eso no es raro ver una que otra maría mulata, ese pájaro típico de la región Caribe Colombiana que se mueve al compás del viento. Su color negro resalta entre montones de basura, mientras escarban entre los desechos comida a orillas de la Ciénaga.

Aún con toda la contaminación que Mallorquín alberga, siguen llegando miles de aves que migran de distintos lugares alrededor del mundo y esta ciénaga les sirve como lugar de descanso para sus kilométricas travesías. Nada de esto fuese posible sin los centenares de hectáreas de mangles que se apostan en las orillas. Son cuatro las especies de mangles que se pueden encontrar: mangle amarillo, Rojo, Negro o Salao’, y Zaragoza.

Y es que a pesar de vivir rodeados de desechos que bordean sus casas, tienen la esperanza intacta en que los habitantes de este “sub-barrio” limpien el freten de sus humildes viviendas, el cual en ocasiones se llena de aguas negras o basura acumulada por no llevarlas hasta la tienda a dos calles más arriba donde pasan los carros recolectores de la Triple A.

El mal olor que se inhala no es capaz de nublarles el pensamiento. La fortaleza y el sentido de pertenencia son valores que definen a los pescadores, niños y jóvenes estudiantes, madres de familia, trabajadores, seres humanos que como cualquier otro busca sobrevivir, con una diferencia, son los pobladores del pulmón más importante de la ciudad.

El amarillo, rojo, el ‘salao’, y el Zaragoza, no sobrevivirían sin las manos de Carlos Antonio Martínez Carrillo, uno de los fundadores de AsoPlaya, Asociación de Pescadores De La Playa. Este hombre de 74 años trabaja arduamente, junto con 96 personas más, desde 1969, por el mantenimiento de la Ciénaga, sembrando las plántulas de mangles, para el sostenimiento del hábitat de estas especies, y de los que hoy viven dentro y alrededor de ella.

Junto con la Corporación Autónoma Regional del Atlántico (CRA) o con otra organización que quiera a ayudar a la recuperación de mangles, Martínez Carrillo y sus compañeros de Asoplaya reforestan las áreas en las que haga falta estos árboles. Cosechar y sembrar mangles es una de las formas en las que las 97 familias que hacen parte de esta organización sobreviven, ellos se encargan del sembrado de la plántula en el vivero que construyeron en el barrio La Playa, a orillas de la ciénaga; están al cuidado durante toda la cosecha y por el momento cuentan con 12 mil plántulas listas para comenzar la reforestación.

Náufraga

Como si hubiera llegado con la brisa que arropa la orilla de la Ciénaga o hubiese sido rescatada por un pescador en canoa o en lancha, y traída hasta una de las casas de palafito para que trabajara y reconstruye su vida, Zuleima Hernández, la venezolana y graduada de Educación Comercial en su país, encontró el arte con la que entiende que en la vida las oportunidades llegan como la madera que arrastra la Ciénaga de Mallorquín y el Río Magdalena.

Zuleima, de 33 años, cuida de su inquieto hijo Juan Coraspe, que juega con su vecino en la sala, mientras espera que regrese su hija Zuleibeth Sarmiento, de 14 años de edad, del colegio. Habla con efusividad de su proyecto, “yo hago todo el procedimiento, busco la madera en la orilla de la Ciénaga o el Río, la desinfecto, le hago un estudio para saber qué haré con ella y por último le doy brillo”, sostiene.

Es todo un proceso, desde el rescate de la madera en la Ciénaga y el Río, que se encuentran en el barrio Las Flores, hasta el estudio de la materia prima de la empresa de Zuleima, quien, en su improvisado taller, el cual queda a un lado de su casa, trabaja día y noche en su proyecto artesanal sobre rescate de la madera naufraga.

Hace un año aprendió esta técnica de la línea ecológica que manejan los artesanos de la Región Caribe, “me llamó mucho la atención porque no es un trabajo fácil, no solo hay que saber pintar, se debe seleccionar las piezas perfectas”, afirma Zuleima. Como el trabajo de un minero que se encarga de extraer piedras preciosas, la inmigrante de Valencia estado de Carabobo, hace llamar a este proyecto ´Natural and Handmade´, pues claro es naturalmente hecho a mano.

Solo le basta con echarle ojo a un pedazo de madera y darle forma con su mirada. “Para mí esto es un espejo”, comenta esta artesana, mientras sostiene en sus manos un pedazo de madera cuadrada con un enorme agujero en el centro, que pareciera no tener forma, pero que solo su imaginación es capaz de moldearla.

Aseguran que vivir en Mallorquin no es fácil, pero a la vez sienten la dicha de tener como morada kilómetros de agua. Tal vez llegaron aquí por la facilidad para instalarse y una vez allí sienten que no fue fruto del azar toparse con un cielo que permanece abierto para ellos durante el día, donde se pueden divisar distintas especies de aves y que en la noche aparecen imponente las estrellas. Un claro ejemplo de un selecto grupo de personas adaptados a un lugar pintado en la tierra como La Noche Estrellada de Vincent van Gogh.

Una tierra donde es posible caminar sin zapatos con tranquilidad, donde navegar hace parte de su cotidianidad. Nadie más como ellos para respirar Mallorquín y ser admiradores de su belleza. Poco a poco la fueron habitando, y aunque para algunos el espacio solo costó el traslado, este hogar hoy es el sinónimo de magia escondida en un pedazo del departamento. Un pedazo de agua que ellos, volverían a habitar siempre.

*Los autores son estudiantes de sexto semestre del Programa de Comunicación Social Periodismo de la Universidad Autónoma del Caribe.

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