28 de octubre de 2020

Hora en Punto

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Locos de ira


Anuar Saad/

Estos son los nuevos tiempos. Tiempos en la que una oficina, cabe ahora en la palma de la mano. Donde el papel se reemplazó por archivos digitales y las reuniones ejecutivas se hacen a través de dispositivos móviles. Ya nadie espera una carta: simplemente ojea el mail. Nuevos tiempos en los que se perdió para siempre la intimidad porque la vida la tenemos colgada en un muro del facebook y compartimos en él, y en otras redes ya inimaginables, si estamos tristes o contentos. Hoy, un hombre no termina una relación con una mujer –o a la inversa—en la intimidad de un pequeño restaurante: hoy lo sabe el mundo entero. La velocidad con que la tecnología cambió al mundo y con ello a las personas, también envolvió el ritmo de vida multiplicando el estrés de diario vivir. Todo debe ser más inmediato. Más urgente. Más efectivo. Más individual.
Y es ese culto al individualismo –cultivado por la postmodernidad y su delirante tecnología, han hecho que el hombre caiga en ese abismo sin fondo que el sociólogo polaco Zygmunt Bauman bautizó como “Modernidad líquida”, ese estado al que llegamos cuando el individualismo se apodera de nuestra relaciones y las vuelve transitorias, precarias y volátiles. Hoy no existe el “otro” como interlocutor válido y respetable. Ese “otro” es un extraño que amenaza mi bienestar, un peligro potencial contra el que debo competir e imponerme.


Y según Bauman –y lo ratifica día a día la cotidianidad de los diarios—los “extraños” irritan, desagradan, desconciertan por esa misma fragilidad que existen hoy entre los vínculos humanos. Cuando se acercan al “yo” individual, la trepidante modernidad que nos embriaga, hace que reaccionemos permeados por lo que fomenta el mundo de hoy lleno de redes de amigos sin cara, de relaciones de mentiras, donde se insulta visible, pero escondidos, dueños de una moralidad acomodada donde, incluso, la deshonestidad se mide en grados de permisibilidad. ¿Hasta dónde puede ser correcto ser deshonesto o inmoral? ¿Hay niveles de aceptación de la corrupción? ¿O esta depende del estrato?
Y el amor –ese sentimiento indescriptible que parece cada vez más ambiguo, abstracto y extraño en la medida que nos envuelve la modernidad tecnológica y sin corazón—también se ve permeado en el nuevo tipo de sociedad que cohabitamos. Es un amor sin responsabilidades, gaseoso, lejano y cada vez más negado a un vínculo estrecho y duradero. Un amor que hoy no se busca en el alma de las personas, sino en las páginas web o en un rincón del facebook.
Para terminar de agobiar al hombre postmoderno, este ya no cuenta con un Estado protector que le ofrece bienestar. Los Estados-Nación no existen y han sido sustituidos por empresas en las que solo eres un número, una cifra, un código, un indicador y a las cuales, a pesar de no obtener lo que quieres, debes pagar. Bauman enfatiza que la sociedad de hoy es fría e insolidaria, aunque, algunas veces, y casi siempre para ser registrado con complacencia en algunas redes que circundan nuestro planeta, posamos de solidarios. Y lo hacemos, porque en el fondo perseguimos con ello un bienestar particular.
La ciudad de la modernidad no es ese pedazo de pastel que nos gusta y conocemos. Cada día más, afirma el sociólogo, sobrevivimos en las “metrópolis del miedo”. Ciudades que, a pesar de ser resguardada por autoridades, se convierten en una fuente de peligros: “ciudadanos adictos a la seguridad, pero siempre inseguros en ella”.

Es gracias a esta misma posmodernidad que las redes se han transformado en un enorme tinglado donde se escenifican luchas mitológicas. Luchas en las que se emplean armas sucias. La calumnia, la injuria, la mentira o las verdades a medias invaden el facebook y el twitter para golpear «al enemigo». Las redes no son escenarios de argumentación, sino de ofensas. Es esta degeneración de la posmodernidad, la que nos ha llevado a esta deplorable «pos verdad» que no es más que una caricatura de la verdad verdadera. Un estado en el que la realidad se distorsiona y se amolda a perversos intereses, muchas veces personales o, peor, mediáticos.

La modernidad tecnológica debería servir para comunicarnos más rápido, pero también mejor. Ahora, aunque parezca increíble, hay más acceso a la información…pero menos comunicación verdadera.
Y las redes sociales son, por desgracia, un reflejo de lo que es el país. Y por lo que leemos, vemos y escuchamos en los medios, parece que vivimos en un país con unos valores decadentes en los que cada vez los otros nos importan menos. Vivimos en el país del “estado de Facebook”, “del trino de Twitter (a ver cuál es más virulento) del chat, y del Instagram. Un país en el que cada vez nos vemos menos personalmente, y cada vez más nos escondemos en una muralla de fantasías, tal vez, para que no se den cuenta de que estamos locos: locos de ira.

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