31 de octubre de 2020

Hora en Punto

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La tenue línea entre la ficción y la realidad

Los personajes de la literatura, hijos de la imaginación de sus autores, no siempre se resignan a ser tan imaginarios como parecen.

Por Carlos A. Sourdis Pinedo, Especial para HORA EN PUNTO

La creación de personajes fuertes, convincentes, y no de meros maniquíes para adornar una trama, es uno de los retos que se plantea todo novelista.

En algunos casos, de la personalidad que se logre imprimir a estos personajes depende no sólo el éxito de su obra, sino que el escritor vuelva una y otra vez a sentarse a escribir hasta concluirla.

“Pasé meses en que huía del acecho de los personajes, que se volvieron una obsesión de día y de noche, o sea que haber terminado la novela ha sido para mí una suerte de exorcismo, porque desde entonces me olvidé de ellos, y ya me dejaron dormir en paz”, comentó el escritor y poeta salvadoreño Alfonso Quijada Urías, después de escribir su novela ‘Las tribulaciones del Pequeño Larrouse’ (2007).

Y existen en la historia de la literatura ejemplos de autores que han llegado a perder el control sobre las actuaciones de los protagonistas ficticios de sus obras. Balzac, por ejemplo, discutía en voz alta con ellos.

Se dice que sus vecinos le escuchaban en las noches parisinas cuando les gritaba a sus propios personajes, para refutarlos, contradecirlos y advertirles sobre las consecuencias que tendrían sus actos, como si él no tuviera, al fin y al cabo, el poder absoluto de escribir lo que quisiera y decidir el destino de los hijos de su propia imaginación.

Realidad y ficción: la magia de Macondo

García Márquez sostuvo que algunos de los personajes de sus novelas le sorprendieron en cuando toman rumbos imprevistos. La muerte del coronel Aureliano Buendía, el patriarca caribe de ‘Cien años de soledad’ (1967), le tomó por sorpresa, y le produjo tanta tristeza que no pudo seguir escribiendo ese día, como si hubiera muerto un pariente suyo.

Pero estas cosas pueden ir mucho más allá. El finlandés Mika Waltari, autor de ‘Sinuhé, el Egipcio’ (1945), contaba cómo Nefernefernefer, la fatal y hermosa cortesana causante de las desgracias del afligido Sinuhé, contribuyó a agravar los síntomas del desorden bipolar que el novelista danés sufría, apareciéndose a plena luz del día ante su mirada atónita y perturbada.

Una posible explicación

La posibilidad de que los hijos de la imaginación adquieran voluntad propia, convirtiéndose en entidades semicorpóreas capaces de ser vistas no sólo por sus creadores sino por terceras personas, encuentra cierta explicación en una ancestral práctica de los lamas tibetanos.

Se trata de la creación de ‘tulpas’, que son entidades formadas a través del intenso poder de concentración que estos místicos monjes cultivaban a través de rituales y procedimientos milenarios, al menos hasta antes de la invasión de la china comunista, en 1951.

“Se cree que basta la concentración del pensamiento para hacer “coagular” las imágenes creadas (por la imaginación), hasta hacer derivar en verdaderos fantasmas autónomos: los tulpa”, comenta el investigador de lo paranormal Leo Talamonti en su obra ‘Universo prohibido’  (1972).

La investigadora orientalista y escritora francesa Alexandra David- Neel (Voyage d’une Parisienne à Lhassa, 1927), seguidora de las enseñanzas de la ocultista madame Blavatsky y pionera europea en la exploración del Asia profunda a principios del siglo XX, relata que durante su aprendizaje trascendental en Lasha, la capital tibetana, ella aprendió esta técnica, logrando que un personaje fruto de su imaginación y concentración se volviera visible no sólo para ella misma, sino para algunos de los integrantes de su expedición por la China, la India y el Tíbet.

Hadas fotografiadas por Sir Arthur Conan Doyle

A pesar de que al comienzo se sintió satisfecha por el progreso que esto suponía dentro de su camino hacia el aprendizaje esotérico, la experiencia tuvo su lado oscuro.

El personaje al que ella dio forma –a quién imaginó y ‘configuró’ como un monje regordete y bonachón–, comenzó a cambiar con el tiempo, adoptando una expresión “vagamente burlona y perversa” que terminó por perturbar seriamente la paz mental de la escritora.

Escribe que su monje imaginario se materializaba no sólo cuando ella lo invocaba, sino a su libre albedrío, en los momentos en que ella menos lo esperaba. Sólo después de varios meses pudo disolver su propia creación, hacerla desaparecer, y librarse de su incómoda presencia .

Este tipo de experiencias son corroboradas por relatos de otros observadores occidentales, como Amaury de Riencourt (‘The soul of India’, 1957), uno de los últimos occidentales a los que se le permitió al entrada al mundo místico que encerraba la ciudad prohibida de Lahsa, antes de que China invadiera el Tíbet y aplastara los ancestrales cultos budistas.

Ángeles soldados

Un caso conocido en los círculos de literatura esotérica es el de Arthur Machen, autor de Los ángeles de Mons (1914).

Machen –más conocido por su obra esotérica ‘The Great God Pan’ (1890)– describe cómo una legión de ángeles arqueros baja del cielo para defender a un regimiento de soldados ingleses contra las fuerzas alemanas.

Pues bien, años más tarde, después de la Primera Guerra Mundial, el autor tuvo que recibir, algo incómodo, las agradecidas y emocionadas declaraciones de veteranos británicos que tomaron parte en una batalla que, efectivamente, se produjo entre ingleses desembarcados en costas francesas contra los alemanes.

Mario Vargas Llosa

Estos soldados le aseguraban que, tal como Machen lo describe en su libro, la intervención de misteriosos seres alados, como ángeles, inclinó en el momento decisivo la balanza a favor de los ingleses durante aquella batalla, cuando ya la derrota ante las fuerzas del Káiser parecía inminente.

Igualmente curioso resulta el caso planteado por el escritor Sir Arthur Conan Doyle, el padre del legendario detective Sherlock Holmes. Conan Doyle aseguró a principios del siglo XX haber conseguido fotografiar a las hadas. Estos encantadores personajes del folclor europeo que aparecen en muchos libros de cuentos infantiles populares, como los de los hermanos Grinn, habrían escapado de su mundo fantástico- literario gracias a la capacidad de proyectarlas en el plano de ‘la realidad’ que tuvieron dos primas inglesas, Elsie Wright, de 16 años entonces, y Frances Griffiths, de 10. Esto fue en 1917.

Se dice que cuando las jóvenes caían en una especie de trance o ensueño lograban que las hadas se materializaran ante ellas, como una emanación de ectoplasma en una sesión mediúmnica, y que otras personas podían ver estas apariciones también. Hasta fotografiarlas, como supuestamente lo hizo Conan Doyle.

Personajes inmortales

En otras ocasiones, es la tenacidad y la imaginación de los lectores aficionados la que se encarga de darles sustancia a personajes que nacieron como fruto de la imaginación de sus autores. Conan Doyle lo descubrió con su personaje Sherlock Holmes, célebre no sólo debido a su sagacidad deductiva, sino también por su tenaz resistencia a morir.

El autor, ya cansado del flemático detective, planeó y relató en la navidad de 1893 su muerte en ‘The final problem’ (1893). Con esta obra pretendía poner final a la serie de relatos que componen la zaga de Holmes, pero descubrió que liquidarlo no era un asunto tan fácil como pensaba.

El relato del fallecimiento de Holmes a manos de su archienemigo el Doctor Moriarty causó tanta tristeza entre sus fieles lectores que muchos, en señal de luto, usaron durante varios días bandas negras en sus brazos, y unas 20 mil personas cancelaron sus suscripciones a The Strand, la revista que publicó originalmente la serie, en protesta por el ‘asesinato’ de su héroe.

Hoy, más de un siglo después, existen más de cuatrocientas asociaciones ‘sherlockianas’ alrededor del mundo que se encarga de mantener viva la tradición del famoso detective, entre las que se dan excentricidades como que algunas solo estén compuestas por dermatólogos, otras únicamente por personas que hayan sufrido aneurisma de aorta, y hay otra que sólo acepta entre sus miembros a propietarios de gatos.

Estos activos aficionados no sólo consumen una y otra vez el conjunto de las obras de Conan Doyle –lo que los ‘sherlockianos’ llaman ‘el canon’–, sino que leen y producen abundantes tramas e historias en las que el protagonista sigue siendo Sherlock Holmes, sin que parezca importarles que éste ya tendría 160 años en caso de que siguiera vivo.

No falta el alucinado que ha terminado por declarar a Sherlock Holmes tan real como el autor que le dio vida, de manera que existen ‘biografías’ del personaje que aseguran que éste continuó su carrera contra el crimen hasta 1903, retirándose de la vida pública ese  año para emprender un misterioso periplo que incluyó destinos como el Tíbet y La Meca.

Los más entusiastas fijan la muerte definitiva de Holmes en 1957, a sus 102 años de edad.

Una delgada raya

Las trasposiciones entre lo imaginario y lo auténtico se pueden producir, entonces, en dos sentidos: se da el caso de personas que son atraídas y absorbidas por la magia particular que para ellos encierran los escenarios y los personajes de tramas literarias, y, por otro lado, el de personajes ficticios que consiguen manifestarse en el mundo de lo real para importunar a los autores que los crearon.

Mario Vargas Llosa, en la introducción a una de las ediciones de ‘Pantaleón y las visitadoras’ (1973), explica que un oficial retirado del ejército peruano le llamó un día a París para preguntarle cómo había hecho el escritor para enterarse de los detalles del argumento de su novela.

Honoré de Balzac

Según aquel interlocutor, estos detalles surgidos de la imaginación de Vargas Llosa son verídicos en muchos casos. El ex militar sostuvo que él mismo había sido el oficial encargado de crear y organizar en las fuerzas armadas de su país el servicio de prostitutas en beneficio de los urgidos soldados peruanos, para aliviarles la soledad causada por prestar el servicio a la patria en las agrestes e inhóspitas selvas amazónicas.

“Veámonos para que usted me explique cómo conoció mi historia”, le dijo el hombre a Vargas Llosa, cuya respuesta puede servir como consejo para hacer frente a estos curiosos casos.

“Me negué a verlo, fiel a mi creencia de que los personajes de la ficción no deben entrometerse en la vida real”,  dice el autor peruano.

Pero a veces es difícil mantenerlos a raya.

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