31 de octubre de 2020

Hora en Punto

No es la noticia: es la forma de contarla

Juancho Rois: el espíritu que se pasea por los recuerdos del vallenato

*Un homenaje al gran acordeonero, a los 25 años de su trágica muerte

(PRIMERA PARTE)

Por JAIME DE LA HOZ SIMANCA, Especial para Hora en Punto

   A comienzos de la década del noventa, la agrupación vallenata que comandaban Diomedes Díaz y Juancho Rois alcanzó una inusitada fama en Colombia y el exterior. Diomedes era un ídolo del folclor colombiano y Juancho Rois, además de ídolo, comenzó a ser considerado el mejor acordeonero de la música vallenata. Era, en otras palabras, la pareja musical de moda.

   Octubre y noviembre de 1994 fueron muy activos para el popular grupo, pues abundaron las presentaciones en varios centros musicales de Estados Unidos y después en la ciudad de Valencia, Venezuela. Al día siguiente del último toque, todos viajaron en bus hacia Caracas con la intención de regresar a Colombia y cumplir una extensa agenda de giras.

   En el hotel Las Américas, donde se alojó la mayoría de los integrantes del conjunto, Juancho Rois habló de un compromiso adquirido con el teniente José Gutiérrez, ex integrante de la Guardia Nacional, con quien lo unían estrechos lazos de amistad. Gutiérrez quería celebrar su cumpleaños con la animación del grupo vallenato que se conformó, horas antes del viaje, con el acordeonero Rois, el bajista Rangel Torres, el guacharaquero Jesualdo Ustáriz, el cajero Tito Castilla y el técnico de acordeones Eudes Granados. A las 5:30 de la tarde de aquel 21 de noviembre, los cinco músicos abordaron, en el aeropuerto de Maiquetía de la capital venezolana, la avioneta Cessna Piper YV-628P, rumbo a la localidad de El Tigre, estado de Anzoátegui, donde los esperaban el teniente Gutiérrez, los invitados y el cantante Enaldo Barrera, Diomedito, quien iba a reemplazar a Diomedes Díaz, quien decidió permanecer en el hotel Caracas Hilton.

   Había mal tiempo y estaba lloviendo. Las luces del aeropuerto estaban apagadas y parece que había sobrepeso. No se sabía dónde aterrizar, todo estaba a oscuras. El piloto intentó tomar la carretera, pero la avioneta se estrelló contra una torre eléctrica. Juancho alcanzó a gritar: “¡No me dejen morir!”.

   Las versiones de la tragedia, cinco lustros después de que ocurriera, son las mismas que se conocieron desde la madrugada del 22 de noviembre de 1994. Familiares de José Gutiérrez aseguraron que no era cierto que hubiera mal tiempo y que la causa del accidente fue el infarto del miocardio que le sobrevino al piloto Monsalve, quien falleció instantáneamente junto a Eudes Granados.

   Los testigos, directos e indirectos, coinciden en afirmar que la avioneta chocó por el costado izquierdo con una antena de transmisión y luego cayó en un descampado, entre árboles y hierba de poca altura. Aún es un misterio si el piloto, al observar el cierre del aeropuerto de Santomé, de El Tigre, se había orientado hacia Ciudad Bolívar, ubicada a setenta kilómetros del sitio trágico.

   Juancho Rois y Rangel Torres fallecieron minutos después del accidente, cuando eran atendidos en el hospital Zambrano, ubicado en la población de Barcelona. Se salvaron Jesualdo Ustáriz y Tito Castilla, quienes han repetido infinidad de veces los pormenores de la tragedia. Eran las 7:30 de la noche y minutos después Dalia Zúñiga, la mamá del acordeonero, entraría en un estado de desesperación que siempre recordará con llanto.

La avioneta, luego de chocar contra una torre de energía y caer al suelo.

   En el cementerio de San Juan del Cesar, la tumba de Juancho Rois está ubicada en la parte inferior de un mausoleo rectangular, adornada con un acordeón blanco de cemento y rosas rosadas y margaritas. Debajo de su nombre está inscrita la siguiente leyenda: “Lloramos tu ausencia, pero conservamos tus gratos recuerdos porque fuiste muy bueno. En nuestro corazón perdura tu sonrisa, tu bondad y tu nobleza. Recuerdo de tu esposa e hijo. Dic. 25 de 1958-Nov. 21 de 1994”. No hay nadie. Ya no asisten los peregrinos de otros tiempos que lo visitaban para recordar sus canciones y pedirle ayuda para aliviar los males. Sólo sus familiares más entrañables se acercan para limpiar el lugar y depositar nuevas rosas. La tumba es ahora un sitio que obliga a evocar el multitudinario sepelio que se llevó a cabo el 23 de noviembre, transcurridos dos días del fallecimiento.

   Después de que se adelantaron los trámites exigidos para traer los cuerpos a La Guajira y El Cesar, una caravana de vehículos, acompañada de carros funerarios, partió de la región de Barcelona y llegó a Caracas. De la capital venezolana inició una travesía de más de quince horas que concentró a miles de personas en los distintos municipios, corregimientos y veredas que se extienden a lo largo de un recorrido por avenidas, caminos a medio abrir y carreteras sin pavimentar. El desfile, lento y triste, debió atravesar Sinamaica, Paraguaipoa y Paraguachón, en Venezuela, y adentrarse luego en territorio colombiano a través del municipio de Maicao, donde se observaron las primeras manifestaciones de un acontecimiento sin precedentes protagonizado por un gentío expectante que despedía al ídolo con pañuelos blancos. Así ocurrió en Carraipía, Barrancas y Fonseca, tierras del vallenato en las que Juancho Rois había interpretado su acordeón en las fiestas patronales o en las casas de amigos.

Dalia, la madre del acordeonero, colgando en su casa uno de sus retratos.

   Fonseca, la tierra de cantores, fue la antesala al arribo a San Juan del Cesar, el municipio donde Juancho Rois había nacido 36 años atrás. El cortejo llegó cerca de las ocho de la mañana, pero los cuerpos de Eudes Granados y Rangel Torres fueron conducidos directamente a Valledupar. En la Plaza Alfonso López se les tributó un homenaje cálido y multitudinario, y luego una despedida que habría de recordarse por mucho tiempo. Entretanto, la población de San Juan del Cesar, aumentada por los visitantes que llegaron de todas partes, se había volcado a la Plaza Luna Sanjuanera para velar los restos del famoso acordeonero. En ese lugar, que después se llamaría Plaza Juancho Rois, se escucharon los acordeones con las notas de canciones conocidas y las frases de incrédulos testigos de un hecho que parecía un sueño.

   Al filo de las seis de la tarde, el féretro que contenía el cuerpo de Juancho Rois fue depositado en la bóveda ubicada en la parte baja de un panteón rectangular en medio del eco de Por qué razón, la canción interpretada a coro por la multitud adolorida:

   Por qué razón, por qué razón/ te quieren separar de mí por qué razón, por qué razón/ si tú conmigo eres feliz./ Por qué razón, por qué razón, por qué razón, por qué mi amor. A ti te pido disculpas/ si alguna vez te falté yo sé que a nadie le gusta/ que intraten a una mujer/ yo estoy dispuesto a brindarte/ mi vida y mi corazón y eso es para demostrarte/ lo que te quiero mi amor./ Que Dios me quite la vida…

(Continuará la próxima semana)

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