27 de octubre de 2020

Hora en Punto

No es la noticia: es la forma de contarla

El vallenato y la muerte: una historia de dolor hecha canción

¿Cuál es el sino trágico que desde sus inicios ha arrastrado la música vallenata? ¿Cuáles han sido sus tragedias que de alguna manera han fusionado la realidad con la ficción? Al igual que la miseria, el abandono, la pobreza y el olvido, la muerte está presente.

Por ANUAR SAAD

La música vallenata es el género musical más querido por los colombianos. El ritmo de caja, guacharaca y acordeón, vio la luz a finales del siglo XIX en medio del canto de jornaleros del campo que cantaban sus pesares y esperanzas, pero con  influencia de la inmigración europea: el acordeón fue traído por pobladores alemanes a Riohacha, en La Guajira, a finales del siglo XIX, y tanto la organización de sus estrofas como la métrica, son derivados de la tradición española.

Es la misma música vallenata que el 29 de noviembre de 2013 fue declarada Patrimonio Cultural Inmaterial de la Nación por el Consejo Nacional de Patrimonio del Ministerio de Cultura y el 1 de diciembre de 2015 incluido en la lista de Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad, en la lista de salvaguardia urgente por la Unesco.

La “colonización” del vallenato a la “otra Colombia”, esa que se extiende más allá del departamento del Cesar, aquella donde moran a los que los costeños llamamos sin distingos como “cachacos”, no fue una tarea fácil.

En las décadas de los sesenta y setenta y parte de los 80, a todo el que escuchaban cantando a capela alguna estrofa de los vallenatos de la época, allá en la paramuna Bogotá, esa misma que entonces siempre se vestía de gris, era mirado como un bicho raro. –Un corroncho- murmuraban, mientras trataban de descifrar qué carajo significaba ¡Ay Ombe! ¡Juépaje!, ¡Apa! O se devanaban los sesos averiguando quiénes eran “Los tres monitos” y qué tenía de especial “La vieja Sara”.

Pero el fenómeno siguió creciendo. A finales de los setenta, a la lista de los consagrados de entonces –“Hermanos Zuleta”, Jorge Oñate y Silvio Brito– se fueron agregando nuevas figuras que, con el paso de los años, se convirtieron en hitos, mitos y leyendas: El Binomio de Oro, agrupación fundada por el acordeonista Israel Romero y que invitó como vocalista al inolvidable Rafael Orozco y la revolución que estaba causando un muchachito mal vestido, de mirada extraviada pero con un no sé qué que aún nadie se explica y que se hacía llamar “El Cacique de la Junta”, hicieron que el fenómeno del vallenato se tomara literalmente a todo el país.

Muchos años antes Juancho Polo Valencia, Bovea y sus Vallenatos, Rafael Escalona y Alejandro Durán, había empezado a abrir el camino a la gloria de esta música que hoy es identitaria de todos los colombianos. En los años 90, la grabación de la serie “Escalona” producida por el Canal Caracol, sería la cereza del pastel. El nacimiento de la agrupación de Carlos Vives y La Provincia, que gracias a la inclusión de nuevas sonoridades, instrumentos, y fusiones de ritmos caribeños, literalmente logró universalizar el vallenato: ese ritmo autóctono y provinciano se empezó a escuchar sin distingo en el palacio del Rey de España, en una Asamblea del BID  o en los escenarios más remotos del planeta. Eso, por supuesto, abrió la puerta para que una nueva generación de cantantes vallenatos emergiera, terminando de volver más universal aún –a costa tal vez de sus mismas raíces—la música de Francisco El Hombre.

¿Pero cuál es el sino trágico que desde sus inicios ha arrastrado la música vallenata? ¿Cuáles han sido sus tragedias que de alguna manera han fusionado la realidad con la ficción? Sin duda, la muerte sorpresiva, ilógica, prematura, súbita y dolorosa, es el fantasma que ha rondado al vallenato desde sus tiempos inmemoriales y, muchas de ellas están ahí, inmortalizadas en canciones. Al igual que la miseria, el abandono, la pobreza y el olvido.

En el folclor de la tierra de Francisco El Hombre parece existir una extraña relación entre la gloria y la fama con el fantasma de la muerte. Muchos de los grandes representantes de este  género musical perdieron la vida en circunstancias trágicas, violentas y misteriosas. En otros, sus canciones han sido producto de la inspiración de una tragedia vivida. Es el vallenato, un género musical con que se disfruta en Colombia y otros países, pero que esconde en sus letras y en sus intérpretes, inexplicables tragedias llenas de dolor y muerte.

Pero para hablar de la primera leyenda de la música vallenata, la primera que grabó temas vallenatos que se convirtieron en éxitos, es necesario hablar de Guillermo Buitrago.

Guillermo Buitrago, la primera leyenda

A sus 26 años este cienaguero de nacimiento había ganado experiencia en radio desde sus comienzos musicales en su pueblo natal. Desde los 18 años ya trabajaba como guitarrista de planta en los concursos del programa La hora infantil de la emisora Ecos del Córdoba, en el cual niños de todas las poblaciones aledañas cantaban y concursaban por un premio.

Años más tarde probó suerte en Radio Magdalena, en Santa Marta, donde terminó de ganar la experiencia suficiente para desenvolverse bien en su nuevo trabajo en Barranquilla donde a principios de 1947 ya estaría viviendo.

Guillermo Buitrago y sus otros dos guitarristas.

Muy pronto llegaron el éxito y la fama. «Se presentaban en radio, en fiestas privadas, en fiestas populares, serenatas, cocteles y demás. A mediados de 1947, Toño Fuentes, fundador de Discos Fuentes y pionero de la industria discográfica en Colombia, llegó a Barranquilla buscándolos para llevarlos a grabar a su estudio en Cartagena», anota Mauricio Gatiyo en un artículo publicado en el portal de la Radio Nacional de Colombia.

‘Compae Heliodoro’ fue tal vez la canción más sonada de Buitrago y el sello Odeón, en Argentina, lo contactó y reproducía algunas grabaciones que tuvieron mucha acogida en ese país, tanto, que se pensó en una gira por el sur del continente. 

«Para las navidades de 1947 grabaron para Discos Fuentes la canción ‘La víspera de año nuevo’ del compositor vallenato Tobías Enrique Pumarejo. Buitrago había conocido al compositor en una correría que había hecho por Valledupar y sus alrededores. Allí se familiarizó con las canciones no solo de Pumarejo, sino también de Rafael Escalona y de Emiliano Zuleta Baquero, llevando, en su vuelta a Barranquilla, todas estas canciones que convertiría en éxitos y que abriría el campo para que estos compositores se dieran a conocer», narra Gatiyo en su artículo sobre el cantautor.

«Después de dos años de éxito y presentaciones por doquier, Guillermo Buitrago se despertó en enero de 1949 enfermo y trasnochado. Me lo imagino yendo hacia la cocina, recién levantado, a servirse un vaso con agua pa’ matar la seca. Al principio pensó que tanto concierto lo tenía agotado, pero con el paso de las semanas se fue dando cuenta que tenía una enfermedad que amenazaba con volverse crónica. Dicen que la voz la tenía disminuida y que su rostro de guapo joven lucía como el de un espectro de ojeras palpitantes.

Guillermo Buitrago falleció el 19 de abril de 1949 a la edad de 29 años. Como todo músico que se vuelve leyenda, hablar de su muerte es hablar de un misterio sin resolver. Las malas lenguas decían que a Buitrago lo habían envenenado. Sostenían que el autor del envenenamiento era Luis Enrique Martínez, más conocido como el Pollo Vallenato, y quien fue uno de los primeros, junto a Abel Antonio Villa, en grabar la música de acordeón. Pocos meses antes de la muerte de Buitrago, Luis Enrique Martínez le había compuesto unos versos amenazantes a este alegando que le había robado una canción. La gente lo interpretó como una sentencia«, se lee en la crónica en la que Gatiyo recrea la vida y obra del cantante cienaguero.

Pero era apenas el inicio de una serie de tragedias que marcarían para siempre la música de Francisco El Hombre.

¿Será que el destino de muchos juglares vallenatos es vivir de manera intensa para morir trágicamente? La lista, es grande.

La Alicia Adorada de Juancho Polo Valencia

Se murió mi compañera que tristeza
Alicia mi compañera que dolor
Alicia mi compañera que tristeza
Alicia mi compañera que dolor
Y solamente a Valencia, ay hombe
El guayabo le dejo
Y solamente a Valencia, ay hombe
El guayabo le dejo

Pobre mi Alicia, Alicia adorada
Yo te recuerdo en todas mis parrandas
Pobre mi Alicia, Alicia querida
Yo te recordaré toda la vida

Cuenta la historia que Juancho Polo Valencia vivía en Flores de María con Alicia Cantillo. Ya en 1942, el joven de rasgos indígenas, había desposado a Alicia Cantillo en la parroquia del Cerro de San Antonio, ubicada en el corregimiento de Flores de María, a donde se fueron a vivir, según cuenta Luis Daniel Vega en un artículo publicado sobre el cantautor vallenato en la página de la Radio Nacional de Colombia. 

Juancho Polo y Alicia, su musa.

Dos años más tarde, Alicia quedaría embarazada y  mientras él celebraba con amigos en una juerga monumental en Pivijay, le llegó la noticia de que su esposa yacía enferma, presa de una letal hemorragia.

“Obligado a emprender el regreso a casa, Juancho Polo llegó a Piñuela donde le avisaron que Alicia necesitaba medicamentos. Se devolvió a Pivijay donde continuó de parranda y no salió del trance etílico sino hasta unos días más tarde cuando, al arribar a Flores de María supo que su musa estaba muerta. A las cuatro y media de la tarde, en el cementerio, frente a la tumba de su amada, soltó el lastimero canto que inmortalizó tiempo después Alejo Durán, el primero en grabarla”, recrea Vega en su artículo.

La canción, literalmente, nació sobre la tumba de Alicia, su esposa. Mientras yacía derribado sobre la sepultura de su amada Alicia, duró tres días tomando ron, llorando y lamentándose siempre pie de su sepultura. Y ahí, en esa tumba fría donde moraba el cuerpo de la mujer que había amado, sus lamentos se transformaron en canción. En esa canción que todavía resuena en todos los corazones y se tararea hace ya más de sesenta años.

La muerte de Lisímaco Peralta: ¿premonición fatal?

Hernando Marín, prolífico compositor, escribiría para Lisímaco Peralta la canción “Lluvia de Verano” la que interpretaría Diomedes Díaz convirtiéndose, hasta hoy, en uno de los más grande éxitos del vallenato.

La canción contiene un verso picante, burlesco, duro y claro:

Al que le duela/

que le duela/

si se queja/

es porque le duele/

Era un verso el cual no caía muy bien en los enemigos de Peralta quien de ser un campesino de escasa educación, se convertiría en un hombre poderoso y temible gracias a la “bonanza marimbera” que convirtió como por arte de magia en nuevos ricos a muchos campesinos de la región.

Y fue el 6 de agosto de 1978, donde se iba celebrar en Las Flores, Guajira, el éxito que tuvo ‘Lluvia de Verano’. Era un cumpleaños al que habían invitado a Lisímaco Peralta y al que iba a cantar el mismo Diomedes Díaz acompañado de Juancho Rois. Pedro Lisímaco tenía un presentimiento así de grande que no lo dejaba en paz. Algo le decía dentro de él,m que no fuera a esa fiesta. Pero su hermana le insistió a que fuera «así sea un ratico»

Un artículo publicado en el portal web vallenatoyma.com relata que Lisímaco se fue para la fiesta que se celebraba en una casa de eventos llamada ‘Sal sin puedes’, pero solo pretendía bailar su disco  ‘Lluvia de Verano’, y se regresaría enseguida, porque el presentimiento se le hacía cada vez más fuerte.

Diomedes Díaz y Lisímaco Peralta, el que «iba a cambiar de comedero…»

Pero en el momento que bailaba la canción, y justo después del verso picante que dice que «… al que le duela que le duela, si se queja es porque le duele», le propinaron 11 disparos que acabaron con su vida.

Diomedes Díaz y Juancho Rois, salieron como alma que lleva el diablo en medio de los disparos; saltaron paredillas y terminaron escondidos debajo de la cama de una casa vecina. “Nunca más volveré a este pueblo”, juró entonces Diomedes sin saber que esta era solo una de las ocasiones que él iba a burlar a la muerte.

Lo más sobrecogedor de esta historia es que sus protagonistas murieron, casi todos violentamente.

Como si se diera cumplimiento a una premonición fatal, la misma que Lisímaco Peralta tuviera décadas atrás en esa casa de eventos donde se celebraba el cumpleaños y en donde encontraría la muerte, todos los protagonistas de esa historia fallecieron en forma trágica: Lisímaco asesinado; Juancho Rois en un accidente de aviación; Hernando Marín (compositor también del inmortal disco La Creciente) en un accidente de tránsito y Diomedes Diaz en su cama, víctima de un infarto producto de todos sus excesos.

Martín Mestre y Martín Elías: el sino de una tragedia

 
Martín Maestre era el tío y  padrino musical de Diomedes Díaz. A su honor, el Cacique de la Junta bautizaría a su hijo Martín Elías que, por esas cosas trágicas e inexplicables del destino, moriría décadas después casi en las mismas circunstancias.

Martin Maestre, la persona más influyente en la vida musical de Diomedes Díaz, murió en un trágico accidente el 1 de agosto de 1979, cuando se estrelló en una camioneta Ford en la que se transportaba junto a su sobrino Diomedes Díaz, que era quien conducía.

El irónico destino otra vez mostró su cara: Martín Elías, el hijo a quien Diomedes bautizara con el mismo nombre en honor a su tío muerto prematuramente en un accidente, y justo cuando abrazaba una gloria que se presumía tan grande como la de su desaparecido padre, moriría también en las mismas condiciones cuando su camioneta se volteara luego de un concierto en las carreteras de Sucre, al desplazarse en exceso de velocidad después de terminar en la madrugada uno de sus conciertos.

Estado en que quedó la camioneta en la que Martín Elías Díaz perdió la vida.

La muerte del joven cantante, que dejó una esposa y dos pequeños hijos, ha terminado en líos judiciales al acusarse al conductor de la camioneta de homicidio culposo.

Muchos creen que con la súbita y tempranera muerte de Martín Elías se termina el legado musical de Diomedes ya que se veía en él, en Martín, la prolongación musical de su padre.

Freddy Molina: un adiós prematuro

No volverán/
Los tiempos de la cometa/
Cuando yo niño/
Brisas pedía a san Lorenzo/
Mariposa en la malena/
Sus casimbas son recuerdos/
Y el profesor que me pega/
Por llegar tarde al colegio/

El juglar patillalero Freddy Molina se convirtió en una de las figuras más relevantes de la música vallenata.

Nació en el corregimiento de Patillal, el 4 de agosto de 1945 y desde muy pequeño mostró sus excelsas cualidades para componer versos, que luego se transformarían, en inmortales cantos.

Freddy Molina, el genio que se fue prematuramente.

Narró en sus canciones los paisajes de los lugares bañados por el Río Guatapurí y recreó con su dotada pluma  la magistral belleza paisajes de su Cesar natal y de la Sierra Nevada. Rememoró las épocas de la niñez, las costumbres perdidas y los amores a la orilla del río.

El genial juglar Murió el 14 de octubre de 1972, antes de cumplir los 28 cuando su hermano, supuestamente en forma accidental,  le disparó durante un episodio de sonambulismo que relata así Campo E. Romero Fuemayor en el portal Elvallenato.com:

«Había luna llena. Freddy golpeteó en la puerta de la casa de su hermano. Pausa. Otra vez, tocó alarmoso, y, de pronto la puerta se espernancó de súbito, se oyó un disparo en el silencio del ocaso, y Freddy comenzó a sangrar a torrentes con una bala en la yugular.

“Trescientas rosas morenas lleva mi pechera blanca, pero yo ya no soy yo, ni mi casa es ya mi casa… predijo Lorca. No era su casa.

¿Y qué paso? Lo de siempre. Aldo Molina, sonámbulo desde niño, todo el mundo lo sabía, en la duermevela crepuscular soñó que alguien maltrataba la puerta de su casa. y, para defenderla, mató al intruso, de un disparo en la garganta.

Ese mismo año se había encumbrado en el mundo vallenato con dos icónicas composiciones: “Amor sensible” y “Tiempos de cometa”que grabaría Jorge Oñate, pero que sería inmortal en la voz de Alfredo Gutiérrez.

Octavio Daza, un hombre hecho verso

Era un hombre hecho canción.

Sus composiciones siguen siendo referente de la música vallenata en el país y han sido interpretadas por decenas de artistas.

Su trágica muerte fracturó el  folclor vallenato porque sus canciones tenían la esencia del imaginario vallenato, como bien dice Juan Rincón Vanegas en un escrito publicado en el diario El Pilón de Valledupar: “las letras daban vueltas por los caudalosos ríos del amor, el pueblo nunca cambió con su cerro lleno de tristeza, y hasta las palomas mostraban el camino. Es más, una mariposa detuvo el vuelo y se convirtió en flor…”

Octavio de Jesús Daza Daza, nacióen San Juan del Cesar, La Guajira, el 15 de abril de 1948, y fue asesinado en Barranquilla, el 12 de enero de 1980.

En Patillal, su segunda tierra, donde llegó a los seis años, comenzó a escribir su propia historia teniendo una guitarra como compañera. Desde esa tierra bendita puso a trabajar la inspiración logrando muchas obras memorables que nunca han dejado de escucharse.

Juliana Vargas, en un artículo publicado en el diario El Espectador define a Octavio Daza como “… un  verso largo que comienza en San Juan del Cesar y termina en cada una de las gotas de rocío que caen en este país. Es un himno a nuestra cultura. Sus canciones son música de alas, tal como aquella noche en la que ardieron en la sombra nupcial y húmeda, las luciérnagas fantásticas. Las composiciones de Octavio Daza son una sola sombra larga, ¡una sola sombra larga! Y él es la voz del exilio y de un pozo cegado, es una voz huérfana y una gran voz que se levanta por detrás del telón gracias los hermanos Zuleta, Claudia de Colombia, Diomedes Díaz, Nicolás Mendoza y Daniel Celedón.”

«Nido de amor» interpretado por Jorge Oñate con el acordeón del Chiche Maestre.

Este mágico compositor, autor de canciones inmortales que todos seguimos cantando emocionándonos hasta las lágrimas, murió absurdamente asesinado el 12 de enero de 1980, cuando aún repetíamos:

Amor de mi vida no te vayas pa’l colegio/

di que estás enferma y quedate un rato conmigo/

Mira pa’l cielo que se están formando negros nubarrones/

y están cayendo las primeras gotas de un fuerte aguacero/

y tú bien sabes que cuando llueve/

nunca hay clase en el colegio /

O cuando tratábamos de responder a las preguntas que se le hacía a ese compañero enjaulado en un rato de melancolía:

“Dime, pajarito,/

 ¿por qué hoy estás triste?/

No escucho en tu canto/

 la misma alegría/.

Adaníes Díaz y Héctor Zuleta: ¿la maldición de “Marianita”?

El cantante vallenato Adaníes Díaz fue pareja musical  del acordeonero Héctor Zuleta (hermano de Poncho y Emiliano). Falleció también en carretera, el 9 de febrero de 1983 junto con su madre y una de sus hijas. Su esposa, se salvó de milagro. Meses antes había muerto en extrañas circunstancias Héctor Zuleta, el menor de la dinastía de los Zuleta Díaz.

El periodista Jaime De la Hoz Simanca, en una crónica escrita en el diario El Espectador, relata que “…el sino trágico del vallenato pareció haber comenzado el 9 de febrero de 1983, día en el que falleció Adaníes Díaz, un cantante que ganó fama y alabanzas hasta que su acordeonero Héctor Zuleta —hermano de Poncho y Emiliano—, considerado como el mejor de esa dinastía, fue asesinado el 8 de agosto de 1982 por varios escopetazos de los que aún se ignora de donde surgieron. Seis meses después moriría Adaníes, al lado de su madre y una de sus hijas, cuando se dirigía a Riohacha, proveniente del municipio de Barrancas, al timón de su camioneta inseparable”.

La muerte de ambos artistas fue vinculada supersticiosamente al éxito de “Marianita”, una canción que hablaba de una infidelidad y en la que el despechado terminaría asesinando al amante de su esposa: uno en el cementerio, y otro en prisión, rezaban los versos.

 En  este caso, la maldición de Marianita terminaría con los dos, prematuramente, en el cementerio.

Rafael Orozco: la muerte del ídolo

En el historial de muertes trágicas de los exponentes de la música vallenata el caso de  Rafael Orozco Maestre, la voz líder del Binomio de Oro, es tal vez el más impactante y recordado de todos. En parte, porque se le atribuye a Orozco y a su conjunto vallenato transformar el género con letras más sentimentales, con nueva instrumentación, con coreografías y vestuarios impecables.

En pocas palabras, con el Binomio de Oro parecía que la música vallenata había tomado un rumbo más universal, penetrando con más facilidad no solo en el interior del país, sino en el resto del mundo.

Pero la noche del 11 de junio de 1992 un atentado en su casa en Barranquilla, acabó con su vida. En esos momentos el artista había triunfado en escenarios nacionales e internacionales y empezaba a mostrar su faceta de compositor gracias a la canción que le compuso a su esposa Clara Elena Cabello, titulada Sólo para ti, lo consagró ante su público:

Yo siento que te he querido/

y te quiero más…/

es algo que necesito para vivir/

mi vida no sería vida si tú no estás/

todo lo veo más bonito solo por ti/

El asesinato de Rafael Orozco, el ídolo de todos, fue vinculado a diversos móviles: desde la venganza por un amor despechado, hasta nexos oscuros con carteles de la droga. Versiones todas, que jamás pudieron ser comprobadas y que de ninguna manera opacaron lo grande que significó Rafael Orozco para la música vallenata.

 “El sino trágico en el caso de Orozco continuó después de su muerte y alcanzó a otros. Ocho personas que tuvieron algo que ver con el expediente por el crimen del cantautor (procesados, testigos e investigadores) perdieron la vida en forma violenta o se encuentran desaparecidos. Sobre el fin de este juglar se tejieron diversas versiones, desde móviles pasionales hasta vínculos con personajes oscuros de la mafia”, dice el periodista Carlos Pulgarín en un artículo publicado en el diario El Tiempo.

Lo cierto es que con Rafael Orozco el vallenato se nutrió de una clase que lo hizo internacional. Empezó a tener una nueva sonoridad al incorporar nuevos instrumentos que no eran habituales en los conjuntos vallenatos. El carisma de Rafael Orozco era tan grande, que el día de su sepelio en Barranquilla, miles compraban estampitas con su imagen, como si se tratara de una esquelita del Divino Niño. Recuerdo la romería por la avenida Olaya Herrera en Barranquilla y los gritos desconsolados de hombres, mujeres y niños que lloraban de verdad a su ídolo asesinado.

Juancho Rois: el accidente que apagó su acordeón

Dicen los que saben de vallenato que una de las duplas más exitosas en la historia de la música de acordeón fue la de Diomedes Díaz y Juancho Rois. Sus giras eran monumentales y las presentaciones desataban la locura.

En una de esas, en Venezuela, se apagarían para siempre las notas del acordeón del talentoso músico vallenato.

El periodista Jaime De la Hoz Simanca, en una crónica publicada en Hora en Punto, relata que “…Había mal tiempo y estaba lloviendo. Las luces del aeropuerto estaban apagadas y parece que había sobrepeso. No se sabía dónde aterrizar, todo estaba a oscuras. El piloto intentó tomar la carretera, pero la avioneta se estrelló contra una torre eléctrica. Juancho alcanzó a gritar: “¡No me dejen morir!”.

   Las versiones de la tragedia, cinco lustros después de que ocurriera, son las mismas que se conocieron desde la madrugada del 22 de noviembre de 1994. Familiares de José Gutiérrez aseguraron que no era cierto que hubiera mal tiempo y que la causa del accidente fue el infarto del miocardio que le sobrevino al piloto Monsalve, quien falleció instantáneamente junto a Eudes Granados.

      Juancho Rois y Rangel Torres fallecieron minutos después del accidente, cuando eran atendidos en el hospital Zambrano, ubicado en la población de Barcelona. Se salvaron Jesualdo Ustáriz y Tito Castilla, quienes han repetido infinidad de veces los pormenores de la tragedia. Eran las 7:30 de la noche y minutos después Dalia Zúñiga, la mamá del acordeonero, entraría en un estado de desesperación que siempre recordará con llanto”.

Otra vez, el vallenato estaba de luto.

Y solo unos meses más tarde, otra trágica noticia sacudiría los cimientos de la música vallenata: la Diosa, se había ido para siempre.

Patricia Teherán, la “diosa” que ascendió a los cielos

La Diosa del Vallenato seguirá siendo recordada como la voz femenina más importante de la historia del género. Era solo una adolescente cuando dio sus primeros pasos en la música vallenata y muy pronto se convertiría en una artista exitosa. Durante un trayecto en carretera, una llanta de su vehículo explotó cuando viajaba a Cartagena, el 19 de enero de 1995. Tenía 25 años.

Su canción ‘Tarde lo conocí’, compuesta por Omar Geles, la llevó a la cima de la fama. Patricia Teherán quedó grabada en las mentes y corazones de los colombianos. Esta cartagenera que nació el 10 de junio de 1969 fue reconocida por ser la primera mujer, junto a sus compañeras del conjunto ‘Las diosas del vallenato’, en tener éxito interpretando el género de ‘Francisco el hombre’ en Colombia y el exterior.

Aunque un accidente de tránsito acabó con la vida de la artista, el 19 de enero de 1995 cuando tenía 25 años, su voz sigue sonando en las emisoras, mientras es recordada como la ‘Diosa del vallenato’. 

Sobre su muerte se han tejido las más truculentas hipótesis que hablan de un amor despechado, infidelidades y venganzas que han alimentado durante décadas la imaginación de los amantes del vallenato.

Kaleth Morales: el que nos dejó “en el limbo”

“Te veo y me siento como aquel que está muriendo de la dicha porque tiene al lado a la mujer que ama“, dice ‘Vivo en el limbo’, una de las canciones que catapultó a Morales a la fama y a partir de ahí todo lo que lanzaba se volvía tendencia.

El heredero de la dinastía de los Morales era conocido como  El Rey de la Nueva Ola y se encontraba en la cumbre del éxito. Su carrera artística comenzó animado por su padre, cuando apenas era un niño. Ese año, 2005, justo cuando estaba en la cima de la fama, encontró la muerte en un accidente de tránsito, en la carretera que comunica Cartagena con Valledupar. Tenía solo 21 años de edad.

Kaleth Morales

Kaleth iba en compañía de su hermano Keiner cuando perdió el control del carro por un hueco en la vía entre Ariguaní y Plato en Magdalena, terminando volcados y muy heridos.

Pese a las oraciones de sus fanáticos que esperaban a las fueras del centro asistencial un milagro, el intérprete de ‘Vivo en el limbo’ dijo adiós el 24 de agosto de 2005, dejando tristeza, dolor y muchas lágrimas entre sus familiares, amigos y fans.

Ese día, me encontraba dictando mi clase de Periodismo en la Universidad Tecnológica de Bolívar ante 30 estudiantes y en un momento, cuando alcé la vista, noté con estupor que muchos estaban llorando y otros, más dolidos, recogían sus útiles y abandonaban el salón,

–¿Qué diablos está pasando? -Recuerdo que pregunté.

¿No ha visto el internet profesor? – me respondió una estudiante entre pucheros -¡Murió Kaleth Morales!

Entre una nube de pesar y una lágrima furtiva que se me escapaba ante la escena de muchachos adoloridos, terminó la clase. Todos habíamos quedado en el limbo.

Doris Niño y Diomedes

Doris Adriana Niño, una fanática con que Diomedes Díaz tenía relación, fue llamada el 14 de mayo de 1997 con insistencia para verse con el cantante.  Los escoltas de Diomedes recogen a Doris Niño en  Soacha y es trasladada al edificio Plaza de Navarra, en la diagonal 109 No. 51-21 del norte de Bogotá. Vestía un ‘jean’ azul, una blusa y un ‘blazer’ y zapatos negros.

Según una nota publicada por el diario El Tiempo, al amanecer del 15 de mayo, aún en la oscuridad, unos campesinos ven detenerse un carro blanco en la carretera que lleva de Tunja a Cómbita (Boyacá) y en un paraje glacial de la vereda San Onofre arrojan un cuerpo.

El cadáver es el de Doris Adriana quien después sería vinculada con el cantautor vallenato, condenado años después por su muerte. Esto, representaría a la larga el principio del fin para el cacique de la junta.

Final de tragedia

 En la obra Vallenatos inmortales de Rafael Oñate Rivero, se hace una especie de homenaje póstumo a 22 de los mejores juglares cuya vida estuvo marcada por la miseria, la violencia y la tragedia.

Aparte de las muetes trágicas relatadas en esta crónica, muchos de los que hiciweron grande la música de Francisco El Hombre y que, incluso, se erigieron como reyes vallenatos y fueron reconocidos en todo el país y más allá de sus fronteras, terminaron en la miseria absoluta.

 Según el historiador vallenato Oñate Rivero murieron en la pobreza y el abandono Chico Bolaños, Miguel Yanet Díaz, Juancho Polo Valencia, Esteban Montaño Polo, Carlos Huertas Gómez, Alberto Pacheco Balmaceda, Luis Enrique Martínez y Julio Enrique de la Ossa. En sucesos trágicos murieron, entre otros, Freddy Molina Daza, César Arturo Molina, Héctor Arturo Zuleta, Octavio Daza Daza, Rafael Orozco Maestre, Patricia Teherán, Juan Humberto Rois Zúñiga y Julio Díaz Martínez.

Queda claro que más allá de la alegría, la ternura, la amistad y el amor que parece brotar en cada verso vallenato; más allá de la nota contagiosa y dicharachera de un acordeón; más allá de los aplausos y vítores en los conciertos y detrás de los elogios de la prensa, los exponentes del género musical más popular de Colombia, parecen caminar sobre una delgada cuerda que, si se rompe, podrían caer en menos de lo que dura la nota de un acordeón, de la gloria al infierno. El vallenato: historias que marcan generaciones. Historias de dolor, hechas canción.

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