28 de octubre de 2020

Hora en Punto

No es la noticia: es la forma de contarla

El maní en tiempos de pandemia

Un recuerdo del popular pregón-son para disfrutar y bailar en medio de la crisis.

c r ó n i c a.

Por JAIME DE LA HOZ SIMANCA, Especial para Hora en Punto

El manisero es una leyenda musical. Aún hoy, subyacen distorsiones propias de la imaginería popular que siempre rondan aquello que se convierte en mito: que Moisés Simmons compuso El manisero para conquistar el amor de Rita Montaner, intérprete de Siboney y una de las voces de mayor exquisitez en la canción cubana; que quien primero interpretó El manisero no fue Rita Montaner, que lo grabó en 1928, sino El trío Matamoros, grupo que lo cantaba desde 1926, pero, cuya grabación realizaría en 1929; que el mejor Manisero, por la voz desgarrada y triste que evoca la nostalgia, es el de Ignacio Villa, Bola de Nieve, catalogado como genio cubano de la música y quien solo se hizo acompañar del piano para entonar los principales versos del popular son; que no, que el verdadero autor fue Antonio Machín, otro cubano, casanova de entonces al que perseguían las mulatas después de ver la sabrosura de sus movimientos y el efluvio de su voz, y quien demoró dos años para grabarlo, pues su versión apareció en 1930; en fin…

Si te quieres por el pico divertir,

Cómete un cucuruchito de maní…

El sonido original del Trío Matamoros, entonando El Manisero en 1930

Las investigaciones más serias permiten concluir que en 1928 el popular pregón-son cubano fue compuesto por Simmons. Desde entonces, el tema inició un vuelo que atravesó fronteras y se clavó en el corazón de la literatura, la pintura, el cine y otras artes. Pese a constituir una canción popular, El manisero fue interpretado por orquestas sinfónicas, filarmónicas y bandas afamadas de jazz y de rock, como The Beatles, los encantadores escarabajos londinenses que lo grabaron en 1969 –¿No lo sabía?– momentos previos al nacimiento sin cesárea de Let It Be, ese canto a la libertad que pide a coro ‘dejar ser’ para evitar la multiplicación de los corazones rotos.

Que calentico y rico está

Ya no se puede pedir más

Ay, caserita no me dejes ir

Porque después te vas a arrepentir

Y va a ser muy tarde ya…

Contaba con frecuencia el alucinado escritor Reinaldo Arenas, autor de la dramática autobiografía Antes que anochezca, que en sus tiempos de niño se repetía en los tertuliaderos de La Habana que el autor de El manisero no había sido Moisés Simmons ni Gonzalo de Mello, a quienes se les atribuye la letra, sino un zambo sin nombre ni apellidos que todas las tardes rompía el silencio de la tarde con un vozarrón de trueno que anunciaba a lo largo y ancho de las calles de La Habana la hora de divertirse, pues llegaron, señoras y señores, los cucuruchitos de maní.

Tan famosa fue la composición, que pasó a ser parte de las estampillas de correo .
Partitura de El manisero

Según aquella versión, el susodicho zambo era un juglar auténtico que promocionaba su mercancía mediante versos frustrados en la rima; pero ricos en narración y ritmo. Era, según los contertulios de ocasión, la época de mediados de los años 20 del siglo pasado. Así, los cacahuetes, como también se llama a la frutilla, alcanzaron una fama inusitada, pues el empalagoso sabor se acompañaba con un canto que se hizo popular hasta el punto que, años después, apareció envuelto en partituras que originaron el son.

Pero los historiadores son más contundentes y, si bien sobresalen las versiones orales del instante mágico de la creación, la verdad verdadera la contó con detalles el cronista cubano Eduardo Robreño, autor de un bello texto en el que describe el debut de Rita Montaner después de haberla visto en el legendario Teatro Payret de La Habana.

Robreño afirma que en una de sus tantas noches de bohemia en la esquina donde confluían las calles San José y Amistad, Simmons vio a un vendedor ambulante que paseaba con su maní tostado, y lo anunciaba con una especie de enrevesado pregón. “En una servilleta escribió un esbozo de lo que llegaría a ser su obra más popular. Luego la trasladó al piano. Era el año 1928, mismo en el que lo grabó Rita Montaner en La Habana”, remató.

El escritor cubano Alejo Carpentier, autor de Los pasos perdidos y El siglo de las luces, es, también, un referente obligado al momento de hablar de El manisero, pues asistió a su nacimiento y vivió los primeros momentos de una gloria que atravesó el océano y apareció luego como un huracán rumbero en París. Desde esa capital europea escribió Carpentier, en 1931:

“¡Todo el mundo tiene un disco de nuestro ‘Manisero’ nacional! Los pick-up de los boulevards lo repiten sin cesar; Mistinguette lo canta en el Casino de París; ha invadido Berlín, Bélgica, la Costa de Azur… Se escucha en Palestina, junto al Muro de las Lamentaciones; se ejecuta en Constantinopla, en los cabarés de princesas rusas, víctimas de la revolución; sus maracas suenan junto a los puestos de fritura que hacen toser a la gran esfinge de Egipto…”.

El eco de El manisero saltó de París a Madrid y llegó hasta los oídos del escritor español Francisco Umbral, quien, en su novela, Si hubiéramos sabido que el amor era eso, pareciera describir, mediante una prosa poética y dulce, una escena romántica protagonizada en una de las esquinas cercanas a La Troja de Barranquilla:

“En los altavoces de aquel sótano en penumbra sonaba ‘El manisero’ y el camarero que movía las maracas junto a la barra tenía un suave balanceo y una sonrisa indefinida que abarcaba a todos los clientes, y de pronto, ella se encontró con la cabeza apoyada en el hombro de él, y a él se le escapó una frase que no supo si estaba bien o mal…”.

No obstante, en el campo literario, una referencia que no podría soslayarse es la de Jorge Luis Borges, quien menciona El manisero de una manera muy particular, pues muestra su aversión al tema de la misma manera como la revelaba contra el fútbol, al que le dedicó frases magistrales.

En 1935, el escritor argentino publicó la primera edición de Historia Universal de la infamia, siete relatos de intrincados misterios que delatan la magnitud de las atrocidades. Una de las infamias está presente en el relato que abre el libro: El atroz redentor Lazarus Morell, traficante y asesino de negros del sur de los Estados Unidos. La historia transcurre en la década del 30 de los años 1800, y la nota introductoria del cuento, escrita también por Borges, dice así:

“En 1517 el P. Bartolomé de las Casas tuvo mucha lástima de los indios que se extenuaban en los laboriosos infiernos de las minas de oro antillanas, y propuso al emperador Carlos V la importación de negros que se extenuaran en los laboriosos infiernos de las minas de oro antillanas. A esa curiosa variación de un filántropo debemos infinitos hechos: los blues de Handy, el éxito logrado en París por el pintor doctor oriental D. Pedro Figari, la buena prosa cimarrona del también oriental D. Vicente Rossi, el tamaño mitológico de Abraham Lincoln, los quinientos mil muertos de la Guerra de Secesión, los tres mil trescientos millones gastados en pensiones militares, la estatua del imaginario Falucho, la admisión del verbo linchar en la décimotercera edición del Diccionario de la Academia, el impetuoso film ‘Aleluya’, la fornida carga a la bayoneta llevada por Soler al frente de sus Pardos y Morenos en el Cerrito, la gracia de la señorita de Tal, el moreno que asesinó Martín Fierro, la deplorable rumba El Manisero…”.

Cuando la calle sola está

Acera de mi corazón

El maní se le entona a su pregón

Y si la noche escucha su cantar

Llama desde su balcón…

Una rumba –como la llamó Borges–, un pregón, un son o un pregón-son. Originalmente El manisero fue eso… también más que eso: mambo, como el de Pérez Prado; jazz, como la versión de Duke Ellington y la de Louis Armstrong; descarga, como la de Areíto Orchestra. Pero, todo comenzó en 1930, año de la popularización de El manisero, gracias a Antonio Machín, un bolerista cubano que lo grabó, acompañado de la orquesta de José Ángel Aspiazu, en los estudios de la internacional RCA Víctor en Nueva York.

Después continuaron lloviendo distintos y extraños ritmos, sin olvidar el inolvidable tarareo del pregón, y sin que pasara inadvertido en lo más alejado de nuestro mundo Caribe. Incluso, al corazón japonés llegó en 1952, entonado por la voz de Hibari Misora, considerada la mejor cantante de la historia musical de ese país.

¿Por qué la fama de El manisero? ¿Cómo explicar que también haya versiones del jazzista estadounidense Stan Kenton, del contrabajista John Kirby, del músico español Xavier Cugat, del trompetista Chocolate Armenteros, y de Gonzalo Rubalcaba, entre miles y miles? ¿De qué manera explicar que hasta la atormentada actriz Judy Garland, la misma que inmortalizara El mago de Oz, haya entonado El manisero en su otro famoso filme Nace una Estrella? En fin…

Dame de tu maní

Dame de tu maní

Que esta noche no voy a poder dormir

Sin comerme un cucurucho de maní

Me voooooooooyyyyy…

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