28 de octubre de 2020

Hora en Punto

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El Che o el rostro de la ira

Hace 60 años se tomó la fotografía más reproducida de la historia. Crónica.

Por JAIME DE LA HOZ SIMANCA
Especial para Hora en Punto

El rostro más imponente de Ernesto , Che, está esculpido en vidrio fundido, negro, y aparece en el edificio del Ministerio del Interior construido en la Plaza de la Revolución de La Habana, años después de la entrada triunfal del ejército rebelde, el primero de enero de 1959. Lo vi una vez más hace un par de años cuando asistí a la Isla para presentar en la Universidad de La Habana los tres libros de la Biblioteca Moderna de Periodismo que escribí junto al colega Anuar Saad. Y lo veo ahora, meses después de cumplirse 60 años de haberse tomado.
El escultor cubano Enrique Ávila realizó la silueta en la que destaca el rostro y la boina del famoso guerrillero argentino. La figura pareciera acaparar la pared entera de la edificación, en cuya parte inferior está grabada la frase que inmortalizara el Che: “¡Hasta la victoria siempre!”. Los turistas van y vienen, buscando los mejores ángulos para que el recuerdo se perpetúe con aquel rostro que se repite como espejos en el mundo entero.


En los sitios históricos y emblemáticos de La Habana se observa también ese mismo rostro en libros, postales y revistas. Y en los lugares donde se venden hermosos lienzos con arte abstracto y disímiles temáticas, sobresale más esa imagen plasmada entre pequeñas montañas y valles, inscrita en botellas gigantes, envuelta en trazos al estilo Picasso o delineada por ladrillos en construcción. En ocasiones, la boina asume la forma de una cruz roja, pero es la misma expresión, la que después de la famosa instantánea habría de convertirse en la reproducción más infinita de la fotografía.
La imagen se convirtió en símbolo de la rebeldía y la protesta revolucionaria; pero, con el paso rápido de los años, se transformó en una apetecida mercancía que terminó representando el vulgar consumismo de un mundo que se ahoga entre la oferta y la demanda. El pasado 5 de marzo de 2020 esa misma imagen revivió, pues 60 años atrás Korda la captó en La Habana con su cámara Leica, mientras Fidel Castro lanzaba por primera vez su grito de combate: ¡Patria o muerte… venceremos!
El Che luce altivo, pétreo, con la rabia volcada en los ojos y en los labios, y con una boina que cubre su cabeza prisionera entre la melena que se abre a lado y lado sin confundirse con la incipiente barba. Esa es la foto original: un primer plano embellecido por el blanco y negro, tenue, reforzado por el alcance de un lente de 90 milímetros y una distancia de ocho metros frente al objeto deseado. Después de la muerte del Che en Bolivia, la foto fue seleccionada para ilustrar la portada del diario del mítico guerrillero que editó Radio Habana Cuba, y cuya presentación no es más que un librillo alargado y frágil, engrosado con hojas de papel cebolla. Después, todo fue reputación y gloria.
Hace largos años entrevisté al periodista Jon Lee Anderson, autor de la más completa biografía del Che Guevara, y recuerdo su entusiasmo al momento de hablar de la famosa estampa que él comparó con la del Che cadáver, tendido en un mesón improvisado en la población de Higueras, Bolivia, en cuyas montañas cayó abatido en octubre de 1967. Anderson dijo que aquel rostro, en el que sobresalen los ojos con mirada muerta, la melena caótica y la barba desaliñada, ha sido comparado con el de Cristo crucificado. Pero la fama la alcanzó la foto que Korda encontró sin buscar, pues sólo quería hacer prisioneros de su cámara a Jean Paul Sartre y Simone de Beauvoir, la pareja de filósofos y novelistas franceses que se encontraban también en aquella protesta multitudinaria contra el atentado criminal a un barco de bandera francesa dinamitado en el puerto de La Habana.
En el libro de gran formato Che Guevara por los fotógrafos de la revolución cubana, de Ediciones Aurelia, Cuba, 2003, aparecen innumerables instantes del ya legendario personaje tomados por el mismo Korda que, tal vez, contengan un mayor valor estético y representen una situación más universal. Pero también están las de los fotógrafos René Burri, Raúl Corrales, Chinolope, Alberto Figueroa, Liborio Noval, Roger Pic, Perfecto Romero, Osvaldo y Roberto Salas. Y, entonces, aparece el Che alzando con sus manos a un niño de meses de nacido; montado a caballo entre la selva; aspirando su tabaco en medio de bocanadas de humo en contraluz; sentado, con botas alargadas, el dedo índice izquierdo sobre la punta de la nariz, la boina y una mirada hacia el cielo. Y centenares de fotos más…


Sin embargo, la del Che de Korda —un tanto retocada, pues fueron eliminadas las palmeras del lado derecho, y borrado un perfil, del izquierdo— se convirtió en la más famosa. Incluso, más que la millones de veces degustada y “voyeurizada” foto de Marilyn Monroe, incómoda encima de una rejilla del metro de Nueva York, después de que un viento fuerte levanta su falda blanca y deja ver el encanto de sus piernas. Como se sabe, la imagen corresponde a una escena de la película La tentación vive arriba, del director Billy Wilder.
Tres cruces de destinos o azares que confluyeron en el mismo punto inmortalizaron la foto del llamado revolucionario heroico. Uno: la foto había sido entregada por Korda, tres meses antes de la muerte del Che, al editor Giangiacomo Feltrinelli, quien alcanzó alguna celebridad después de haber publicado en el mismo año de la revolución cubana la prohibida, inédita y póstuma novela El Gatopardo, de Giusseppe Lampedusa. Dos: la muerte del Che, asimismo, aguijoneó a Feltrinelli para reproducir la foto por millares, con lo cual aquel rostro comenzó a calar entre la juventud europea. Tres: algunos meses después estalló la revuelta de mayo del 68, y en medio de las frases en las paredes (“Dios: sospecho que eres un intelectual de izquierda”, “Prohibido prohibir”, “La vida está más allá”, “Desabrochen el cerebro tan a menudo como la bragueta”, entre otros) y de las manifestaciones estudiantiles y los besos de adolescentes entre la multitud y los intentos de alcanzar el poder mediante la imaginación, estaba la efigie del Che Guevara, más retocada aun, pero con la misma fuerza en la mirada, convertida en un enigma.
Después sobrevendría más fama porque el rey del pop art, Andy Warhol, andrógino y provocador, decidió colorear la foto del Che con amarillos, azules, verdes, negros, blancos y rosados, y multiplicarla, a su estilo, en nueve rectángulos verticales. Fue, en realidad, una ligera variación de la pintura “repetida” de Marilyn Monroe —¡otra vez!— y la de Mao Tse Tung, el gran conductor de la revolución china.
En fin, el Che quedó congelado en el tiempo a través de una foto que sigue repitiéndose infinitamente. No sabe uno si el mito Guevara obedeció a su activismo revolucionario al lado de Fidel Castro, a su muerte en la Quebrada del Yuro, o a una efigie que el mercantilismo de nuestros tiempos engrandeció y envileció aun en los países que se proclaman socialistas. El revolucionario argentino no alcanzó a mirarse en aquel espejo de papel, pero Korda sí disfrutó de la fama que le cayó encima y con la que convivió hasta su muerte en París.
Alberto Korda, el autor
Korda corresponde al nombre de Alberto Díaz Gutiérrez, quien nació en La Habana el 14 de septiembre de 1928 y murió el 25 de mayo de 2001 en París. Estudió en el famoso Candler College de La Habana y luego trabajó en los diarios Revolución y Granma, al igual que en el departamento de fotografía de la Unión de Escritores y Artistas de Cuba (Uneac).
Asimismo, fue fotógrafo en el Departamento de Investigaciones Submarinas de la Academia de Ciencias de Cuba y director de la revista fotográfica Opina. Después de que alcanzara la fama con la fotografía del Che mirando absorto el cortejo fúnebre de las víctimas del atentado de 1960, Korda se convirtió en un fotógrafo polémico de quien muchos dudaban de que fuera el autor de otras fotografías del Che que aparecen en el libro Che Guevara por los fotógrafos de la revolución cubana. Según sus críticos, las robaba y hacía aparecer como suyas.
Korda refiere así el instante mágico: “Después de haber tirado las fotos de Dorticós y de Fidel se produce un vacío. No levanto la cabeza, sólo muevo mi Leica con un objetivo de 90 milímetros. Entonces aparece el rostro severo, terrible, acusador del Che. Su expresión es tan impresionante que tuve una reacción de retroceso y, en la misma fracción de segundo, apreté el botón… Esa es la foto”.
Korda murió de un infarto fulminante mientras dormía su acostumbrada siesta. Sus biógrafos cuentan que a sus 73 años padecía de alcoholismo, al cual llegó perseguido por una fama inconmensurable. A su lado fue encontrada una botella de Havana Club 3 años. Días después de su fallecimiento sus restos fueron sepultados en Cuba.

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