27 de octubre de 2020

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El asesinato de Cielo, la modista

Por ANUAR SAAD

Ni la muerte a manos de agentes de la Policía Nacional del abogado Javier Ordoñez ocurrida en un CAI de la ciudad de Bogotá y las violentas manifestaciones de rechazo que el horrendo crimen desató en todas las ciudades del país –incluyendo Barranquilla- que dejó una estela de muertes y destrucción, pudo opacar el abominable crimen del que fue víctima mortal Cielo Payares Pava.

Cielo tenía 65 años. Era modista y vendía entre sus amistades productos de catálogo de revista. Iba y venía con frecuencia de Barranquilla al municipio vecino de Galapa, donde ella tenía un predio al que siempre “le iba a dar vueltas”.

Como muchos de los colombianos, Cielo también se reinventó por la pandemia: en vez de confeccionar blusas, pantalones y trajes, que ya nadie quería usar por lo del confinamiento obligatorio, se dedicó entonces a fabricar tapabocas que uno de sus hijos llevaba hasta la ciudad para venderlos.

Pero en la noche del lunes 14 de septiembre, un balazo de escopeta, a quemarropa, acabó con su vida. La única culpa de esta mujer a la que hoy lloran sus hijos y sus nietos, que siempre esperaban ansiosos la visita de su abuela, fue estar sentada en un bus al que Marco Andrés Fontalvo Arrieta, alias ‘Marquito’, atracó la noche de ese fatídico lunes.

Pero Marco no es un atracador: es un asesino. Y no uno cualquiera: “Marquitos” es de esos asesinos que parece ser sacado de la más sórdida película de televisión, o de las páginas de una novela negra. Un asesino con la sangre fría suficiente para dispararle a una señora indefensa, que iba sentada en un bus, con un celular barato apretado entre sus manos esperando tal vez la llamada de una de sus sobrinas, y nueve mil pesos en su cartera.

El accionar del asesino de la modista no es un hecho fortuito en su terrífica vida: es uno más en su terrible prontuario delictivo que pone a pensar en cómo es posible que un criminal violento y reincidente pudiera estar, como si nada, deambulando por las calles, asaltando,  hurtando y, peor, asesinando a una modista indefensa, que estaba sentada al lado de la ventanilla de un bus pensando, tal vez,  en cuántos tapabocas iba a fabricar para la próxima semana.

La escena recreada repetidamente gracias a que quedó grabada en la cámara de seguridad del bus en que ella se transportaba, me hizo recordar el momento en que Dick y Perry, los célebres asesinos de la inmortal obra de Truman Capote A sangre fría, le disparan, uno a uno, con escopeta y a quemarropa, a los miembros de la familia Clutter a los que, finalmente, solo les robaron la irrisoria suma de diez dólares.

En A sangre fría, Dick y Perry terminaron ahorcados, declarados culpables por el jurado de sus atroces crímenes. En Barranquilla, en audiencia virtual, el confeso asesino “pidió perdón” a los familiares de la mujer que seguían consternados el evento judicial: “Pido perdón, cometí un error”, dijo “Marquitos” sin poder convencer a nadie, seguramente sabiendo que la Fiscalía le rebajará (como a muchos de los delincuentes peligrosos en este país) su condena que debería ser de 35 años, a tan solo 17, porque no fue “capturado en flagrancia”, es decir, cometiendo el delito. Al confesar y aceptar cargos, se hace acreedor de la generosa rebaja de la mitad de su condena.

El accionar del asesino de la modista no es un hecho fortuito en su terrífica vida: es uno más en su terrible prontuario delictivo que pone a pensar en cómo es posible que un criminal violento y reincidente pudiera estar, como si nada, deambulando por las calles, asaltando,  hurtando y, peor, asesinando a una modista indefensa, que estaba sentada al lado de la ventanilla de un bus pensando, tal vez,  en cuántos tapabocas iba a fabricar para la próxima semana.

“Cualquiera comete un error”, llegó a decir Marco en medio de la audiencia, como si en vez de asesinar con una bala de escopeta y a quemarropa a Cielo, la hubiera tropezado sin culpa en una escalera. Segar la vida de un semejante en tales condiciones no es , ni será jamás, “un error”. Es un cruel asesinato por el que deberá ser sentenciado.

Lo más preocupante es que este hecho criminal no es uno aislado. Es uno más de una larga lista de crímenes que tienen azotada a Barranquilla y muchas otras ciudades de la Costa Atlántica y del país. La pandemia, esa misma por la que muchos dijeron esperanzados  que “nos volvería mejores personas”, parece estar sacando lo peor de cada uno. Y está dejando, además, una estela de sangre, dolor y luto, como si la muerte que nos azota a causa del virus maldito, no fuera suficiente.

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