27 de octubre de 2020

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De cachacos y costeños: el «meme» de una tragedia

Soy costeño. Hablo fuerte, digo malas palabras, carezco de diplomacia y suelo meterme en problemas por decir lo que siento. Una etapa de mi vida la viví en Bogotá, y a pesar de las afugias en esa jungla de cemento, debo decir que logré sobrevivir gracias a la generosidad de los cachacos que me tendieron la mano.

Es imposible pretender que costeños y cachacos no se mamen gallo. ¿Acaso ha visto usted algo más gracioso que un hombre en pantaloneta, sin camisa y con medias y zapatitos deportivos caminando en la playa a pleno mediodía creyendo que diez mil barras son veinte mil pesos? ¿O a un costeño de camisa floreada gritando a las nueve de la noche desde la acera y a pleno pulmón a su amigo que está en Cedritos, en el cuarto piso, para que le abra la puerta?

Hay una delgada línea que divide lo que es hacer humor sobre el estereotipo de las regiones (cachachos, costeños, paisas, pastusos, vallunos, chocoanos, en fin) y el insulto burdo, la discriminación, el racismo y -que me perdonen los lectores-, la hijueputez.

La ridiculización, burla, indolencia y discriminación con que centenares de desadaptados postearon y replicaron mensajes burlándose de la tragedia ajena, nos dan una idea muy cercana a la clase de sociedad que tenemos.

No vi a ningún costeño haciendo chistes cuando un alud de lodo arrasó a Armero y sepultó a veinte mil personas. Ni cuando estallaban centros comerciales en Medellín o Bogotá en la época del narcoterror. Nadie hizo chistes sobre las violaciones de Garavito o la dolorosa tragedia de los Samboní. Más allá de desear que Millonarios y Santafé siempre pierdan ante el Junior, un costeño no le desea el mal a nadie, a pesar de un centralismo asfixiante e inequitativo que ha tenido relegado durante décadas a una región que aún le toca pelear a diario contra la pobreza y el olvido.

Lo que significa ser costeño

Bien lo definió hace unos años el maestro Juan Gossaín en un artículo publicado en »El Heraldo’ el 29 de octubre de 2014 titulado ¿Qué es ser costeño? donde el renombrado periodista y escritor afirmó que “…costeño no es el que más grita, ni el que mejor baila, ni el que se pone la camisa más estrepitosa y escandalosa del mundo. El ser costeño no se lleva por fuera sino por dentro. Es una actitud ante la vida, una forma de ser». En resumen, para él un verdadero costeño se define por su alegría ante la vida y su actitud ante la desgracia.

La tragedia ocurrida hace casi tres meses en el corregimiento de Tasajera, en Pueblo Viejo, Magdalena, donde un camión que transportaba gasolina se volteó y moradores del sector corrieron con pimpinas para hurtar gasolina sin ser conscientes del peligro, lo que a la postre cobró más de nueve vidas y tiene a medio centenar en cuidaos intensivos, desató en las redes sociales una aberrante reacción de burla de grupos de “cachacos” contra los habitantes de la región caribe.

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La ridiculización, burla, indolencia y discriminación con que centenares de desadaptados postearon y replicaron mensajes burlándose de la tragedia ajena, nos dan una idea muy cercana a la clase de sociedad que tenemos.

¿Sabe acaso ese que se burla, que vive encaramado en el páramo, muy cercano al poder central desayunando a cuerpo de rey en la mañana, picoteando “medias onces”, saboreando el almuerzo y degustando una cena caliente qué es Tasajera? Y si lo sabe, ¿sabe acaso también las reales condiciones socio-económicas en que se debate el corregimiento donde desde los tres años tienes que enfrentarte a un agua infectada, crecer sin servicios públicos y luchar en plena carretera bajo un sol de cuarenta grados para poner un pedazo de pan en tu plato y en el de tus hijos?

La tragedia es el olvido

Tasajera es un pueblo en el que morirse de hambre no es una figura literaria, sino una realidad. Uno donde ni las autoridades del departamento, y mucho menos el Gobierno Nacional que los considera como “la mosca en leche” en la vía que comunica a Barranquilla con Santa Marta, y que jamás han destinado un peso para impulsar su desarrollo.

Pueblo Viejo en Magdalena, como muchos otros sectores en Sucre, La Guajira, Chocó,  y Caquetá, son, literalmente, la tierra del olvido. Una que no solo le toca lidiar con sus pequeñas y grandes tragedias, sino soportar la indolencia, la displicencia y la burla, a causa de esa tragedia que vienen cargando desde hace muchísimos años.

No hay justificación para cometer un delito, en eso podemos estar de acuerdo todos. Pero acaso se ha puesto a pensar, ese que postea la imagen de un hombre quemado, con una leyenda de cruel burla hacia las víctimas… ¿que esos hombres no estaban viendo un camión de gasolina que podía explotar si no la oportunidad de llevar, ese día, un plato de comida caliente a su mesa?

Parece que vivimos en un país en el que ni la muerte de  más de cuatro mil personas en los últimos noventa días y el contagio de 120 mil por el letal covid 19; ni la ruina de los pequeños empresarios; ni el hambre que pasan los sectores más vulnerables que viven del día a día y que ni el hecho de que en que las unidades de cuidados intensivos no den abasto para atender a todos, ha logrado siquiera sensibilizarnos un poco como sociedad.

Esto no es una lucha, por ejemplo, para ver quién pone más muertos. Si los costeños o los cachacos. Esto debe ser una lucha en que unidos como país, podamos hacer frente a la adversidad.

Pero esa lección, aún no hemos sido capaces de aprenderla.

Porque la verdadera tragedia en Colombia, es que la tragedia del otro se comparte indolente en las redes sociales como si fuera un chiste. Como si la vida misma fuera un estúpido “meme”.

¿O será que “el meme” somos nosotros como sociedad?

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