29 de octubre de 2020

Hora en Punto

No es la noticia: es la forma de contarla

¿Cuento macondiano?cuando la noticia real, supera la ficción

Por ANUAR SAAD, Especial para Hora En Punto

Si queda alguna duda de que Macondo puede ser Barranquilla, Cartagena, Sincelejo, Montería, Valledupar o Santa Marta –solo por nombrar algunas ciudades—basta con leer lo que la prensa ha reseñado en sus páginas en los últimos años. Hechos que, aunque reales, parecen pertenecer más al imaginario Macondo.

A más de 50 años de haberse publicado “Cien años de soledad”, Gabriel García Márquez sigue –y seguirá—en el recuerdo de todos. La legendaria “Macondo”, que cobró vida en cada una de las casi 400 páginas de la obra del Nobel, también sigue vigente. Y no solo por los recuerdos de “Cien años”, sino en la cotidianidad de cualquier pueblo colombiano, especialmente, los de nuestro Caribe.

Pero más allá de la obra a la que el mundo le celebró su medio siglo de ver la luz, está Macondo. Ese pueblo que pareciera sacado de la inagotable imaginación de un escritor febril y mágico pero que, en resumen, es cualquier localidad, pueblo o vereda de nuestra tierra colombiana. Si queda alguna duda de que Macondo puede ser Barranquilla, Cartagena, Sincelejo, Montería, Valledupar o Santa Marta –solo por nombrar algunas ciudades—basta con leer lo que la prensa ha reseñado en sus páginas en los últimos años. Hechos que, aunque reales, parecen pertenecer más al imaginario Macondo.

Todavía se comenta el hecho que sucedió en el barrio Manga, en Cartagena, hace más de 30 años. Un ladronzuelo, que sabía que en esa casona vivía una anciana sola, creía que el robo iba a ser cosa de niños. El hampón entró a la casa a la una de la madrugada, tomó todas las cosas de valor y las guardó en un saco, y antes de irse, sintió hambre: abrió la nevera y arrasó con lo que encontró, incluyendo una fina botella de vino de la cosecha de 1981. Al filo de las cuatro de la madrugada la adorable anciana iba camino al baño, cuando vio a un hombre dormido sobre su sofá, con un saco con sus pertenencias. La dulce mujer, arropó al bandido, lo acomodó en el sofá, y diligente, llamó a la policía que cuando llegó, encontró aún al malhechor profundamente dormido.

Un año nuevo en calzoncillos

Un 1 de enero, después de la lluvia de luces y estallidos en el cielo,  un huésped de un elegante hotel en Barranquilla vestido solo con sus calzoncillos, bajó el ascensor, recorrió el lobby, salió a la acera y corrió semi empeloto casi una cuadra, gritando desconsolado y entre lágrimas el nombre de su pareja que se alejaba en un taxi  por toda la populosa calle 84 y con quien acababa de tener un altercado. ¡Fanny, Fanny, Fanny!”, aullaba el despechado hombre rompiendo el silencio del amanecer del año nuevo, jadeante y semidesnudo sobre el populoso sector.

El hecho le dio la vuelta al mundo inmortalizando, además, al amante frustrado en calzoncillos.

Las protestas por los altos costos del servicio de luz en muchas ciudades del país, son ya recurrentes. Pero lo que hicieron los vecinos de un barrio de Barranquilla, parece sacado de un pasaje de Cien años de Soledad.

Hace un par de años, la prensa anunció en titulares –entre preocupada y divertida—que un contratista que se aprestaba a repartir las facturas del servicio de luz en un barrio al suroriente de la ciudad, fue detenido por los vecinos que lo sentaron en una silla y  lo amarraron a un poste, para después proceder a quemar los recibos de un servicio que –según los moradores—no corresponden al deficiente servicio que la empresa presta.

En Florencia, en medio de la celebración de sus tradicionales fiestas ganaderas, los alegres participantes se sintieron –y no es redundante- más alegres que nunca. Todos sonreían, saltaban felices y se sentían presos de un estado de sopor que muchos de ellos no habían tenido jamás.

Cerca del lugar de la celebración, el Ejército de Colombia estaba quemando un enorme cargamento de marihuana que había decomisado a las bandas narcotraficantes y la brisa había llevado el humo por todos los rincones, “trabando” literalmente a media ciudad. No faltó los que afirmaron que, por primera vez, no tuvieron que pagarle a un jíbaro, para tener el alucinógeno.

Hace más de un año, un agente de la policía que recién había reportado su cédula como extraviada, se llevó la sorpresa de su vida: Jhon Harold Puello, el agente de la institución armada y que estaba de guardia en un puesto de control entre Baranoa y Sabanalarga, descubrió aterrado que uno de los hombres a los que él le realizaba una requisa de rutina, se identificó con su mismo nombre y apellidos y, además, tenía el mismo número de cédula que la del policía: había descubierto sin querer al que le robó su documento de identidad.

 A mitad del 2018, un Fiscal de la ciudad de Barranquilla atendió el caso de un hombre buen mozo y bien vestido que había asaltado una casa en el norte de la ciudad. -Hombre señor Fiscal, yo debo estar preso pero por salao- dicen que dijo el hombre en plena audiencia. El apuesto delincuente después de cometer el atraco a una residencia, salió como si nada por la puerta principal llevando en un saco el fruto de su fechoría. Tomó un taxi a pocos metros del lugar y dos minutos después el taxista recibió una llamada de su esposa informándole, aterrada, que la acababan de robar. “Es un tipo alto, simpático, vestido de azul y con gorra de beisbolista”, le dijo la señora. El espejo retrovisor del taxista le devolvió esa imagen: el ratero que atracó a su esposa, acababa de tomar su  taxi. El conductor, sin perder la calma, llevó al ratero hasta la estación de Policía.

Dorys Pardo, la boxeadora que noqueó al ladrón.

Otro atracador de mala suerte, muy a lo “Pedro Navaja”, escogió mal a su víctima. Y cuando se dispuso a abordarla en un populoso barrio del sur de Barranquilla, recibió la paliza de su vida: de las muchas personas en el sector, intentó  atracar a Darys Pardo, excampeona de boxeo, quien no se dejó atemorizar y le destrozó la cara al aterrado asaltante. Al hombre le terminaron dando –una mujer—la paliza de su vida. Quienes vieron el hecho dicen que el apabullado ladronzuelo, le suplicaba a la policía que se lo llevaran detenido con tal de librarse d elos puños de la boxeadora.

En Albania, en medio de plena contienda política por la Alcaldía de ese municipio, un burro fue usado como ‘valla móvil’. El animal  apareció con un aviso del candidato Pablo Parra, invitando a los electores a que votaran por él. 

En Cartagena, donde suele pasar hasta lo inimaginable, hace un par de años un hombre montado a caballo, atracaba a plena luz del día a todos los transeúntes de un concurrido sector, lanzando alaridos muy al estilo del llanero solitario. Aunque trataron de detenerlo, el diestro jinete azotó al animal quien a gran velocidad desapareció en el horizonte.

La gastronomía no ha sido ajena a las macondianas situaciones. En Distracción, un corregimiento de La Guajira, hay un puesto de fritos muy concurrido que lo atiende una señora de 70 años quien relevó a su madre (que tiene 96) de ese arduo oficio. El aviso con que se promocionan las empanadas es ramplón, áspero, pero llamativo. “Empanadas de mondá”, reza el cartel. “Todos los días pasan centenares de carros por la vía. Todos paran y preguntan ¿De qué son las empanadas? Y cuando les digo que de carne…me preguntaban ¿y no hay de pollo? Para quitarme ese San Benito, resolví la cuestión bautizándolas así. Ahora ya saben de qué son las empanadas”, explicó paciente la fritanguera en medio de una estrepitosa carcajada.

Ahora… ¿todavía cree usted que Macondo solo existe en Cien años de soledad? 

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